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En una operación militar desarrollada en 2025 en el municipio de Yondó, Antioquia, Sansón hizo lo que había aprendido durante años de entrenamiento: detectar un artefacto explosivo antes de que fuera demasiado tarde. El perro localizó el explosivo y se sentó muy cerca del punto para indicar el peligro a su guía, como parte del protocolo. Segundos después ocurrió la detonación.
Aunque fue evacuado y recibió atención veterinaria, las heridas fueron demasiado graves. El canino murió, pero su sacrificio evitó una tragedia mayor.
“Gracias a la valentía, la lealtad y el compromiso institucional de Sansón, se salvó la vida de aproximadamente 36 soldados que integraban esa unidad”, recordó el mayor Harold Ortiz Aguirre, del Centro Nacional contra Artefactos Explosivos y Minas del Ejército Nacional, en entrevista con El Espectador.
Historias como la de Sansón son menos conocidas que la de Wilson, el perro que recorrió la selva durante más de un mes tras el accidente aéreo en Guaviare, pero representan el trabajo cotidiano de cientos de caninos que acompañan las operaciones militares y humanitarias en Colombia.
Actualmente, el Ejército Nacional cuenta con 1.976 perros en servicio, entrenados para distintas especialidades que van desde la detección de explosivos y narcóticos hasta la búsqueda y rescate de personas, la seguridad de instalaciones militares y el apoyo emocional a uniformados víctimas de minas antipersonal.
Así se forman los binomios caninos
Detrás de cada perro hay un proceso de formación que puede extenderse por más de un año y que, según el Ejército, comienza incluso antes de que el animal tenga seis meses de edad.
El mayor Ortiz explica que el proceso inicia en los centros de reproducción canina ubicados en Tolemaida y Chiquinquirá. Allí los cachorros comienzan una etapa de estimulación temprana para identificar sus capacidades naturales y determinar hacia qué especialidad pueden orientarse.
Después son trasladados al Centro de Transferencia Canina, donde empiezan a fortalecer habilidades específicas antes de ingresar a los centros de entrenamiento y reentrenamiento. Durante esta etapa, cada perro es asignado a un soldado con quien conformará un binomio inseparable.
“El guía inicia el curso junto con el perro y permanecen todo el entrenamiento juntos para generar confianza, camaradería y un vínculo que será fundamental durante las operaciones”, explica Ortiz.
Para ilustrar el proceso, el oficial hace una comparación con la formación de una persona. Los primeros meses equivalen al jardín infantil, donde el cachorro juega y descubre el mundo; la siguiente fase sería el colegio, cuando identifica sus fortalezas; el entrenamiento especializado corresponde a la universidad y, finalmente, las operaciones representan la vida laboral.
Dependiendo de sus aptitudes, los caninos pueden desempeñarse en detección de explosivos, antinarcóticos, desminado humanitario, rastreo e intervención, seguridad de instalaciones, búsqueda y rescate o apoyo emocional.
Esta última especialidad, una de las más recientes, está dirigida al acompañamiento de integrantes de las Fuerzas Militares que han sufrido amputaciones u otras secuelas por causa de artefactos explosivos.
Además del entrenamiento, el Ejército asegura que los perros reciben atención veterinaria permanente, alimentación especializada, controles médicos y actividades diarias de estimulación física y mental.
Según Ortiz, veterinarios permanecen disponibles las 24 horas del día, mientras que los guías continúan reforzando mediante el juego las habilidades que cada animal desarrolló durante su formación.
Cuando termina su tiempo de servicio, la prioridad es que el perro permanezca con el guía con quien trabajó durante toda su carrera. Si esto no es posible, la institución abre un proceso de adopción en el que evalúa a los posibles adoptantes y realiza seguimiento posterior para garantizar el bienestar del animal.
Un olfato que ninguna tecnología ha logrado reemplazar
Aunque la tecnología ha transformado buena parte de las operaciones militares, el Ejército asegura que el olfato de los perros sigue siendo una herramienta insustituible.
En Colombia, donde persiste la amenaza de minas antipersonal y otros artefactos explosivos improvisados, los binomios caninos son una de las principales líneas de prevención para proteger tanto a militares como a civiles.
De acuerdo con cifras entregadas por el Centro Nacional contra Artefactos Explosivos y Minas, gracias al trabajo de estos perros se han realizado más de 6.700 neutralizaciones de artefactos explosivos, acciones que, según la institución, han permitido salvar más de 28.000 vidas.
Su labor también ha trascendido las operaciones militares. Los perros especializados en búsqueda y rescate han participado en emergencias ocasionadas por sismos y desastres naturales, incluso apoyando misiones internacionales para localizar personas atrapadas entre los escombros.
Para el mayor Ortiz, su importancia va mucho más allá de las capacidades operativas. “Los caninos no son simples instrumentos. Son soldados de cuatro patas que tienen nombre, historia y vocación de servicio. Debemos reconocerlos como héroes y honrar su sacrificio y su trabajo”, afirma.
Desde el Ejército también destacan que existe un imaginario equivocado sobre el bienestar de estos animales. Según explican, los perros cuentan con atención veterinaria permanente, alimentación premium y el cuidado constante tanto de sus guías como del resto de la tropa, que los considera parte fundamental del equipo.
Más allá de las cifras, las especialidades o los procedimientos de entrenamiento, historias como la de Sansón recuerdan que detrás de cada operativo exitoso también hay animales que arriesgan su vida todos los días para proteger la de otros.
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