Por: Columna del lector

Camillas o tumbas

Mi abuela tiene 96 años de vida, prácticamente sigue enterita, salvo una que otra afectación en la piel, en su tensión y en sus pulmones puede caminar todavía, se baña sola, no necesita pañal, prepara su comida y la de sus hijas, le encanta salir de paseo en el carro de su hijo menor e ir al supermercado para escoger ella misma las mejores frutas y verduras.

Conserva aún mucha energía, su risa es sonora, pegajosa, maravillosa y siempre repite: “Estoy feliz de estar viva, muy feliz”.

En cambio las EPS en Colombia siempre han estado enfermas, deterioradas, faltas de ánimo, acongojadas, oxidadas, olvidadas y algunas hasta necesitadas. De hecho tras de llevarse todo el dinero de la red pública hospitalaria no han sabido manejar esos inmensos recursos y han dejado de hacer lo que deberían: Salvar vidas, ayudar personas, cuidarlas, sanarlas, interesarse por ellas, por su dolor y de una u otra forma cambiarles la vida para hacérselas más amable y no para convertírselas en un infierno.

Creo firmemente que no ha existido alguna presidencia a lo largo de la historia que en verdad se ponga la mano en el corazón y ayude a reparar los daños producidos en millones de colombianos por las crisis de la salud que se han presentado, paseos de la muerte, negación de servicios indispensables que les cuestan la vida a las personas, entidades que parecen comerciar con mercancías dispuestas únicamente a lucrarse a costa de la enfermedad de todos, integradas para su propio beneficio, cobrándole al estado exuberantes sumas de dinero por prestaciones de salud que no ofrecen en realidad. Qué triste vivir en una nación donde el dinero, -efímero como la gota de rocío; banal, corriente e inútil como preocuparse por el qué dirán-, importe más que la vida, única, irrepetible y en verdad valiosa.

El sistema de salud y mi abuela María Esther se tuvieron que encontrar a mediados del mes de diciembre del pasado año, a raíz de una complicación respiratoria, ocasionada por una posible filtración de agua en el pulmón derecho, probablemente por haber cocinado con leña durante muchos años de su vida.

El problema empezó desde que llegó a la EPS, en donde los médicos no tenían certeza de lo que tenía: le diagnosticaron pulmonía, neumonía, tuberculosis e incluso cáncer. Yo no sé qué es lo que sucede con los médicos de este país, pero cambian a cada rato de diagnóstico y lo único que consiguen es agravar la situación del cliente, perdón del paciente, al parecer como si no se tomaran en serio la profesión y supusieran todo el tiempo.

Antes de todos estos horripilantes diagnósticos, a mí abuela le abrieron el costado de su espalda para introducirle una manguera con la cual le iban a drenar el agua de sus pulmones, luego la llenaron de medicamentos, la torturaron con posiciones incómodas impuestas por las enfermeras y la purgaron tras del hecho. Aun no comprendo como un cuerpo con casi un siglo de existir en la tierra pudo soportar tal crueldad, pero lo logró.

Lamentablemente el problema no se solucionó, el agua volvió a brotar y tocaba operar de nuevo, ella no resistió tal infamia y dio su último suspiro el siete de enero de 2014, dejando un hermoso legado lleno de amor, ternura, verraquera y comprensión a sus diez hijos.

Me pregunto si en los hospitales hay camillas donde la gente lucha por vivir o tumbas donde se resignan a morir. 

Camilo Andrés Beltrán Córdoba  *

 

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