Por: Columna del lector

Gabo íntimo

Aquella mañana del nobel a García Márquez yo estaba en un pequeño cuarto de alquiler en Cali. La noche anterior había leído a Kafka en una edición pirata que se conseguía en el parque Caicedo.

 La metamorfosis y las Cartas a Milena las llevaba en una mochila junto a Platón, Bertrand Russell y los positivistas del siglo XX: Carnap, Neurath, el marxista y el antimarxista, Frege. No estaba García Márquez. Aquella mañana el país celebraba su ingreso a la cumbre de las letras universales en Estocolmo. Yo no había leído Cien años de soledad. Me sentí molesto conmigo.

Molesto, pero no culpable. Como los adolescentes pobres en barrios pobres de Cali o Palmira, nosotros habíamos leído literatura en periódicos. De modo que yo sí conocía la obra de García Márquez en las entregas semanales de El Espectador. Fui vendedor de prensa y su lector hasta que llegué a la universidad, cuando pude comprar mis primeros libros. Desde mis 16 años, sin padre y cuidando como padre una familia de siete hermanos, no tuve otra forma de conseguir cultura. No al menos esa cultura que dan los libros en las novelas, los ensayos y la poesía. La cultura que hizo universal a García Márquez.
Desde luego, mi generación había leído Los funerales de la mamá grande, y yo me había tragado cada domingo a García Márquez en todos sus cuentos.

Recortaba con cuidado cada narración y la llevaba conmigo, la repasaba en las esquinas del barrio, en los salones de juego, en medio de la penumbra del cuarto en donde vivía con 17 cristianos en una casa del barrio San Pedro en Palmira. No era la época de García Márquez, porque los adolescentes que leíamos podíamos tener otros amores: Albert Camus, Sartre o Heidegger, aunque resulte extraño, eran más famosos en nuestros barrios que el mismo alcalde.
De García Márquez pasaba a Balzac y Proust. Y me quedaba sin García Márquez. Luego, años más tarde en la biblioteca central de la Universidad del Valle, el encuentro con las teorías de Newton, Galileo, Mach, Einstein y Adam Smith, Marx, Weber, Keynes y los filósofos analíticos. Había tiempo para la literatura desde luego, pero me seguía resistiendo a escritores nombrados en la prensa nacional, con excepción, claro, de García Márquez, uno de mis autores en los duros años como vendedor de periódicos.

En un seminario con Alfonso Rodríguez leímos algunos pasajes de El otoño del patriarca. Contábamos con herramientas dialécticas: Vigilar y castigar de Foucault, Mil mesetas de Derrida y la Tesis sobre Spinoza escrita por Gilles Deleuze. ¿Leer a García Márquez desde los posestructuralistas franceses?, ¡qué locuras! Debo confesar que nunca fui capaz de mantenerme en pie. Pero sentía que el mundo de las letras contenía la fascinación del asombro. Y eso era suficiente.

Más tarde leí toda la obra de Milán Kundera, mientras elaboraba unos ensayos sobre el dinero y la crisis financiera en las novelas de Èmile Zola. En aquellos tiempos, durante una noche podía leer los Proverbios de la Biblia, Jacques El Fatalista de Diderot y Los sonámbulos de Hermann Broch. Esa misma noche mi cabeza podía estar en Praga, Jerusalén o Berlín. Conocí todo París en el Libro de los pasajes de Walter Benjamin. De hecho, conozco Budapest de la mano de Elías Canetti, tanto como Könisberg de la mano de Emmanuel Kant.

¿Por qué me resistí a Cien años de soledad? Después de tres décadas creo saberlo. Cuando en 1982 Gabo recibía el Nobel, ese año todos se hicieron expertos en literatura; todos novelistas, todos contaban cuentos, todos se transformaron en garciamarquianos.

Es tiempo para experimentar de nuevo. Llevando el camino de regreso que marcan, no Cien años de soledad, sino cincuenta años de vida.

Fernando Estrada

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