Por: Columna del lector

“James vs James”

La historia no miente. La fama perturba y anula muchas veces. Se cuentan por docenas los casos de futbolistas colombianos que la han alcanzado, resquebrajándose por completo en su intento por manejarla y mantenerla.

Lóbregos episodios que tiñen de vergüenza el devenir de nuestras glorias deportivas. La fama es como una incrustación parasitaria que carcome la virtud de quien la porta. No en todos los casos seguramente; pero a nivel mundial y no solo acá, por supuesto, abundan los ejemplos que dejan muy mal parados a deportistas que obnubilados por la fama echan por la borda años de sacrificio, deshonrando con creces el arduo proceso evolutivo a partir de modestas cunas y entornos tan humildes como dignos.

A muchos nos inquieta que a “nuestro” invaluable, tan consentido y adorado James Rodríguez, la fama le vaya a arrebatar lo mejor que él y cualquier ser humano puede llegar a tener: la humildad y... la serenidad. Los dos baluartes y quizá los activos más meritorios con los que ser racional alguno puede llegar a contar, a partir de los cuales, con certeza, debería empezar a medirse su verdadera grandeza.

“La fama es un efluvio, la popularidad un accidente, las riquezas efímeras; solo una cosa perdura: el carácter” (exquisita frase de Horace Greely, periodista americano, 1811-1872).

La crítica marcha al pie de la sombra del “crack”, aferrada a su silueta y al acecho de cualquier anomalía digna del más mínimo reproche. Lo tacharon de “modelo” porque “llegó a Europa a posar en calzoncillos antes de empezar a jugar”, porque “miró mal” a “Y”, porque fue desatento con “X”, porque se fue de “farra” estando incapacitado y luego de que el Real Madrid fuera apabullado por el Atlético, etc. Muchos empiezan (y empezamos ya) a ver cómo a partir de hechos quizá no tan insignificantes y sensiblemente evidentes, nuestra noble estrella muy seguramente está empezando a mutar… (¿Será prematuro advertirlo así? ¿Será una ilusión solamente?... “Amanecerá y...”).

Me pregunto si tendrá James la “inteligencia emocional” suficiente para aferrar con vigor las riendas de su destino durante su trasegar por el “Olimpo” futbolístico. ¿Tendrá la virtud de llevar con sapiencia el éxito y conseguir domar la tan fascinante como urticante fama? Posiblemente.

Intuyo que James Rodríguez es del tipo de seres dotados de la “doble inteligencia” a la que alude Thorndike (afamado psicólogo nacido en el siglo XIX), aquella abstracta habilidad para manejar ideas y la “inteligencia mecánica”, habilidad para entender y manejar… objetos.

Todos abogamos y no ahorramos esfuerzos clamando para que la gloria que a James abraza, perdure, se afiance y madure. Anhelamos que su capacidad de automotivación profesional no cese, la perseverancia no abdique y el autocontrol, probablemente la virtud más trascendental del hombre, no se debilite. Ojalá su cultura deportiva, de la mano con los sólidos cimientos educativos que desde su natal Cúcuta lo abrigan, no abandonen jamás al “niño prodigio de Colombia”, adiestrando sus emociones, sopesando sus prioridades, enalteciendo su origen, minimizando sus desaciertos, multiplicando sus cualidades y exagerando sus destrezas.

El ídolo magnánimo e ideal para cualquiera, es aquel que sabe corresponder su disciplina, habilidad y aptitud (en la cancha), con el orden, el equilibrio y su ejemplar conducta, en cualquier otro ámbito existencial… fuera del campo de juego.

“La conciencia de un hombre recto se ríe de los engaños de la fama”, decía el gran Ovidio.

“La popularidad es la gloria en calderilla”, afirmaba Victor Hugo.

Y, sin temor a equivocarme, sabrá James honrar a Cervantes, que tanto exaltó su poderosa frase aquella de: “Una onza de buena fama vale más que una libra de perlas”.

* Fernando Alberto Carrillo Virgüez

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