Por: Columna del lector

Perdimos

No importa quién gane la segunda vuelta electoral.

No importa, pues ya todos los colombianos perdimos las elecciones hace rato, pues esta campaña ha dejado un muy amargo sabor a país. Estamos lejos de sentir que nuestro sabor nacional es el suave café que tanto nos representa adentro y afuera, y estamos cada vez más cerca de un sabor a ceniza mezclada con bilis.

¿Por qué perdimos las elecciones? Porque estas campañas nefastas nos han permitido vernos al espejo, pues los candidatos de cierta manera (¿vale la pena decir, “tristemente”?) nos representan: somos sus reflejos, no importa que el espejo este roto. El problema fue que cuando todos hablaron de paz, los dos candidatos ganadores en la primera vuelta electoral, el presidente-candidato Juan Manuel Santos y la sombra-candidato Óscar Iván Zuluaga, solo se empeñaron en hacer la guerra, una tan sucia como la que nos ha desangrado las últimas décadas.

Johan Galtung, considerado el padre de la teoría del conflicto, establece que hay ciertos tipos de violencia, y creo que esta campaña osciló entre dos de ellas. La primera es la “directa”: matar a alguien de un tiro, que un niño pierda su pierna al pisar una mina, el secuestro, las bombas. Esa es la violencia sobre la que los candidatos centraron su postura frente al tema de la paz, pues parece que el conflicto se reduce a eso: si se firma o no el acuerdo de paz en La Habana. Si se silencian los fusiles por lado y lado, si nos dejamos de matar.

La otra es la que me parece más relevante, y la que nos deja ver nuestra cara: la violencia cultural. ¿Cómo es posible estar hablando de paz, de reconciliación, de perdón, cuando dos de los candidatos se enfrascaron en enlodar al otro hasta intentar eliminarlo como interlocutor? Pareciera que nos hubieran dicho: mire, ese otro, no yo, es un puerco, pues recibió dinero del narcotráfico, es amigo de un oscuro hacker, es un mentiroso. El mensaje nos lleva a la resignación: no votemos por ideas, propuestas, soluciones; votemos por el que se encuentre en un círculo del infierno menos grave.

A Galtung le preocupaba mucho la violencia cultural, pues era la muestra de que la violencia directa se había logrado colar en la vida cotidiana, las costumbres y el actuar de una determinada sociedad. Es cierto: cuando manejamos enfurecidos, cuando nos empujamos a muerte en Transmilenio, cuando eliminamos al otro por ser diferente, ¿no somos un eco cercano a los gritos desmedidos y encolerizados de un expresidente de Colombia (nada más ni nada menos) diciéndole al otro mentiroso, mentiroso, mentiroso? Nuestra cultura se reduce a un par de gritos que retumban y ensordecen.

No creo que la manera sea esa. Me niego a creer que el debate termina ahí, donde la violencia comienza. No acepto que la situación llegue al odio visceral entre primos y se presente en forma de comerciales de televisión. Pareciéramos vivir en medio de esa obsesión borgiana del mito cíclico, interminable, de Caín y Abel: seguimos siendo un hermano que mata al otro.

Ojalá, en algún momento, decidamos dejar de perder.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columna del lector

El derecho a narrar la propia vida

A Francia no le importa la igualdad

Una anómala audiencia

La soledad de los centroamericanos