Por: Columna del lector

"Yo quiero ser profesor"

Aunque revela una realidad que la sociedad colombiana no ignora, el informe “¿Qué deprime a un maestro en Colombia?”, publicado el pasado 21 de junio en este medio, facilita la masificación de la información de una problemática avasalladora: enfermedades múltiples afectan a los docentes que educan a nuestros niños, las cuales van desde molestias vocales hasta afecciones mentales.

Días antes de este informe, durante el último debate presidencial, el entonces presidente-candidato Juan Manuel Santos afirmó: “Yo quiero ser profesor”. No considero que haya sido la suya una aserción electorera, dirigida a ganarse el respaldo de los docentes que, afiliados a Fecode, han presentado sus exigencias ante las mesas de negociación efectuadas durante su gobierno: el respaldo de esa minoría lo obtuvo Santos desde que la Dra. López dejó la contienda al finalizar la primera vuelta presidencial y señaló su respaldo hacia la construcción de la paz.

No faltará quién señale que insinúo mi deseo de que el presidente enferme; tampoco faltará quién recuerde que la formación de vida nos hace buenos maestros en diferentes disciplinas, aun en las más ruines como el engaño o la traición. Ignoran quienes así piensan que el sustantivo “profesor” sólo aplica a quien enseña una ciencia o arte específica, lo cual difiere de aquello a lo que el extremista pretende señalar. ¡Cuán bello resulta padecer el síndrome del “Yo quiero ser profesor” cuando se es consciente de lo mucho que podemos aportar en la construcción de sociedad. Pese a que domina la temática, un profesor reconoce que no posee la verdad, que el caleidoscopio revela matices y formas basadas en la diversidad. Reconocer este hecho permite la construcción eficaz de un modelo de sociedad justa, nótese que no digo de sociedad, sino del arquetipo que podemos erigir basado en metas realistas e inclusivas.

Los profesores de Colombia creen que el presidente Santos puede quitar las ataduras para establecer, por fin, un decreto único que regule la profesión docente, establezca sanciones concretas contra los irrespetuosos de la vida y la salud de este gremio y, finalmente, dignifique su calidad de vida, permitiéndoles capacitarse en estudios de posgrado y otorgando garantías reales en el tema del ascenso y la reasignación salarial. Son tres las principales peticiones de los docentes, y éstas no resultan desproporcionadas. Puesto que con el mandatario puede dialogarse desde la diferencia, asumo que atenderá atento y responderá con hechos a las peticiones de los maestros. La base de la paz que nuestra sociedad anhela necesita profesores que reescriban, enseñen y difundan una nueva historia para las generaciones nacidas en el marco de la guerra.

Me gusta imaginar, a la manera del mejor Cortázar, que dándole un toquecito con el hombro al recodo de la acera podamos estar en una situación diferente, en una realidad otra, tan coherente e inclusiva como la que soñamos la mayoría de los ciudadanos que formamos en valores. Inicialmente no será tan factible, lo sabemos, pero el ideal del escritor latinoamericano nos remite desde ya a la búsqueda, la misma que hemos iniciado.

 

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