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hace 4 horas
Un modelo sostenible que se puede replicar

La mujer que pasó de buscar en la basura a procesar más de 700 toneladas de reciclaje

Esta es la historia de Cristina Lescano, quien creó una cooperativa que ya cuenta con 220 trabajadores encargados de recolectar el material aprovechable en Buenos Aires, Argentina. Un ejemplo que le puede servir a Bogotá.

Cristina Lescano lidera la cooperativa El Ceibo, en Buenos Aires, Argentina. Fue invitada por la Cámara de Comercio de Bogotá al foro Ágora Bogotá. / Cortesía CCB

Cristina Lescano es de pocas palabras y muchas acciones. Así se escucha al otro lado del teléfono, cuando en una llamada mañanera, en medio de la crisis económica que vive Argentina, se alista para contar su historia exitosa de emprendimiento sin muchas vueltas y directo al punto. Interrumpe para lanzar un par de órdenes y se conecta nuevamente a la conversación. Va rápido. Tiene un discurso claro y sin una maestría en negocios entre sus haberes, habla mejor que muchos cargados de títulos, pero sin calle, como le dice ella a su experiencia.

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De aquí para allá revolviendo las bolsas de basura buscaba qué llevar a la zona de reciclaje. Sin formación en estrategia, pero con las ganas de salir adelante, empezó a educar a los vecinos del barrio Palermo, en Buenos Aires, para que hicieran algo que se llamaba separación en origen. Sabía que ahí estaba todo. “Trabajaba como hormiguita, porque cuando uno quiere hacer las cosas bien, hay que trabajar así”. Los vecinos atendieron en aquel 2001, y así comenzó la historia de emprendimiento. “Hoy contamos con vehículos que pasan recogiendo y desarrollamos zonas logísticas para atender a las grandes empresas. Llegan al centro verde (la bodega de operaciones), donde están las máquinas, procesamos y embalamos. Se vuelve a vender a las empresas que lo reinsertan en la sociedad por medio de un producto terminado”.

Hoy se catalogan como una empresa social, una cooperativa, en la que se aprende cada día. Pero la clave está en educar. Si no se educa a las personas para incluirlos en la sociedad no hay nada que funcione, repite una y otra vez. Se refiere al trabajo de educar a los vecinos, claro, pero también a sus compañeros de trabajo. “Hoy les estamos enseñando cómo se usa una tarjeta débito y una crédito, cómo ahorrar para viajar, cómo controlar gastos. No porque éramos pobres teníamos que andar sucios y abandonados. La lástima no lleva a nada. Me vienen a pedir trabajo y les digo: la lástima conmigo no va. Decime: quiero trabajar porque quiero progresar. Y ya está”.

Lo que vino entonces fue fantástico: la gente que no hace la tarea dentro de la cooperativa es cuestionada por sus mismos compañeros: “¿por qué tiene que ganar lo mismo que gano yo cuando no hace nada?” Así que los que no están comprometidos, se van. Solo los mejores están allí. “Unos educan a los otros”. Luego se dieron cuenta que estaban causando una revolución ambiental. “Los vecinos lo notaron de inmediato. El Gobierno tardó más. Hace ya 10 años tenemos convenios con el Gobierno, pero cuando aprendimos todo esto de la oferta y la demanda nos dimos cuenta de que teníamos un tesoro muy grande con estos materiales reciclables. Mi gente empezó a ir bien vestida, con logística adecuada, ya los conocían y todo se empezó a basar en la confianza. Ya no tenemos gente revolviendo bolsas”.

La cooperativa reúne y procesa, con las 220 personas que la componen, 24 toneladas diarias, más de 700 al mes. Y aquí viene otra lección de sostenibilidad: “Las empresas vienen a nosotros, no cambiamos de comprador y tampoco estamos buscando el que nos paga una monedita de más. Tenemos un tope, sabemos que esas empresas nos pagan, pero aquí no solo lo que importa es plata, lo que más importa es la confianza, y ahí es donde está todo el valor agregado”.

Cristina es “el mejor ejemplo de cómo una mujer recicladora tiene en el emprendimiento social la posibilidad de dar respuesta a los problemas ambientales de las ciudades y de cómo atender las necesidades de empleo de esta población”, cuenta Patricia González, vicepresidenta de Articulación Público Privada de la Cámara de Comercio de Bogotá, organizadores del primer foro Ágora Bogotá, donde se debaten los retos y desafíos de las grandes ciudades y quienes la trajeron al país.

Por eso, la empresaria social tiene claro el mensaje que trae no solo para los capitalinos sino para los colombianos: “Primero la educación, luego juntarse para salir adelante y saber qué es lo que uno quiere hacer, que se entiendan como una empresa, una empresa social y así debe manejarse y funcionar. Salimos de la nada, no teníamos nada y ahora vamos por todo, vamos por más. De lo que nadie se da cuenta es de que en la basura está toda la riqueza. Por más cursos que hemos hecho, la propia necesidad y la misma experiencia de la calle es la que nos ha enseñado. Esa es la mejor academia”.

Su historia es ejemplar, sin duda. Y el impacto ambiental aún más. Justo antes de terminar la llamada, toma un nuevo aire al recordar que “nosotros creemos que somos los mejores en lo que hacemos, pero si no trabajamos, no comemos. Hoy mi gente puede planificar su vida, habla de crédito, tiene seguro. Nunca había tenido nada. Hablamos de dólar, opinamos con propiedad de lo que pasa en Argentina. Todos trabajamos para seguir adelante. Nos ven como trabajadores y somos el ejemplo de muchos”. Cristina, ya comprobado, sí que es una mujer de pocas palabras y muchas acciones. Ejemplo digno de replicar.

 

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Edwin Bohórquez Aya - @EdwinBohorquezA

Sostenibilidad

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