Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Mentir para escribir

Empecé a escribir y a mentir antes de aprenderme el alfabeto y mucho antes de que supiera que había libros y cuadernos. Escribía cuando observaba, mientras observaba. Escribía en las tardes de los domingos, más allá de las letras y los signos de puntuación, observando a los hijos de los jornaleros de una finca subirse a los palos de coco y bajarlos después, siempre sonrientes, siempre triunfantes, y escribía sin escribir en las noches, escuchando a los mayores contar historias de caballos sin cabeza y de duendes de colores fluorescentes, que si sabía verlos, hallarlos, me podrían cumplir el deseo que les pidiera.

Escribí, entonces, sin manuales de gramática ni diccionarios, y seguí escribiendo toda la vida, tratando de dejar a un lado aquellos manuales y diccionarios. Observar fue escribir. Recordar fue escribir. Vivir fue escribir. Escribí casi todos los momentos que viví, pues si no los escribía era como si no hubieran existido. Algunos, los adorné. Otros, los exageré, y más de uno me lo inventé. Mentí, pues escribir en el fondo era mentir, siempre fue mentir, dijeran lo que dijeran los críticos y los moralistas. Y mentí porque lo importante, lo que iba a quedar en la vida, era precisamente lo que escribiera: la obra.

Fui héroe y fui villano. Le salvé la vida a una mujer inolvidable y luego le fui infiel. Al final, me fui sin mirar atrás, “serena la mirada, firme la voz”, como en la canción de Serrat. Tomé prestado algún poema de Oliverio Girondo, se lo regalé al más soñado e inconcluso de mis amores, y después le cambié algunas palabras para que fuera más mío y se lo regalé a otro amor, en un gran gesto de venganza cuyas razones y protagonistas solo existían en mis papeles. Fui un escritor arruinado y un periodista arrutanado. Fui mendigo, fui pirata, fui ladrón y farsante. Fui músico y actor de teatro, títere y titiritero.

Fui lo que quise ser, y si me aburría siendo uno, me cambiaba por otro. Hice parte de las reuniones de los dioses del humo y de las bacanales de los demonios del fuego. Perdí mucho más de lo que gané, pues la derrota siempre me pareció más literaria que la vulgar victoria, y caminé más de lo que llegué, porque fue en el camino donde más observé, y fue “al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa”, como cantaba Fito Páez, donde imaginé las historias y personajes y mentiras que luego escribí.

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2019-06-22T18:39:45-05:00

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