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El Hilo l El lujo de ser auténticos

¿Qué entendemos por auténtico? El término está cargado de matices y, como cualquier otro, puede escrutarse. En lo que atañe al diseño de moda del país, no se agota en una formulación abstracta ni en una categoría de análisis político: tiene una expresión concreta en su trayectoria y en sus prácticas.

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William Cruz Bermeo*
30 de julio de 2026 - 02:04 p. m.
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«Uniqueness is the new luxury» —la singularidad es el nuevo lujo—, dice el lema de Colombiamoda 2026. En tiempos de producción a gran escala —de moda rápida, estilos, imágenes y discursos estandarizados, repetitivos y simbólicamente desgastados—, el camino que queda para hacer oír una voz propia es expresarse con naturalidad, desde las profundidades de lo que se tiene y de lo que se es. Sin embargo, reducir la frase a un lema sería injusto: se trata, más bien, de una declaración que expresa una conciencia creciente y plantea una pregunta por el lugar que ocupa, en el mercado global y regional, el diseño creado y producido desde este lado del mundo que llamamos Latinoamérica. Ante el desgaste gradual de categorías como el lujo tradicional y la moda rápida, se abre entre ambas un espacio en el cual ganar relevancia económica y simbólica. Allí, la singularidad —entendida como una expresión de autenticidad— adquiere valor para estilos de vida orientados al consumo consciente, la trazabilidad de los productos y las historias que hay detrás de los procesos de diseño.

Pero ¿qué entendemos por auténtico? El término está cargado de matices y, como cualquier otro, puede escrutarse. En lo que atañe al diseño de moda del país, no se agota en una formulación abstracta ni en una categoría de análisis político: tiene una expresión concreta en su trayectoria y en sus prácticas. Hoy podría entenderse como el resultado de un largo proceso de aprendizaje que ha llevado a sus creadores a distanciarse de cualquier noción de colombianidad basada en una bandera amarilla, azul y roja para hablar, en cambio, de la diversidad de lo que somos. Desde hace un par de décadas, los saberes artesanales se han venido vinculando al diseño contemporáneo, proyectando la idea de unos conocimientos locales cuya belleza plástica les confiere alcance global y un aura propia. Las estrategias para conseguirlo han sido diversas: las más tempranas estuvieron marcadas por un espíritu rescatista y salvador de la tradición; las más recientes se orientan hacia el diseño colaborativo y la creación conjunta con comunidades artesanales diversas, al tiempo que procuran generar un impacto social, ambiental y económico positivo.

Esa búsqueda, sin embargo, no reside únicamente en los objetos. De allí que el diseño nacional también haya aprendido a dotarlos de narrativas, por lo general emparentadas con historias regionales: con las memorias del Caribe, el Pacífico, los Andes y los Llanos que nos constituyen como nación, y con los oficios que se han desarrollado tradicionalmente en esos territorios. Siguiendo a Anthony D. Smith, son las costumbres, las tradiciones, los estilos y las formas de actuar y sentir compartidos por los miembros de una comunidad los que conforman una cultura histórica y confieren autenticidad a sus expresiones. Al observar el panorama reciente, encontramos que el campo, los héroes y las heroínas populares, los estilos arquitectónicos, las artes y los oficios, e incluso los códigos militares, han formado parte de sus narrativas de estilo.

Con todo, nada de esto supone homogeneidad ni un vínculo esencial con la tradición. Lo auténtico se construye a partir de múltiples signos, adopta configuraciones diversas y evoluciona de manera constante. En ese movimiento aparecen otras categorías: nuestra moda urbana y su conexión con la música, el diseño de ropa interior y de prendas de control, el universo del denim y los modos de hacer que sostienen estas expresiones. Todas ellas integran también ese repertorio de singularidades. ¿Por qué, entonces, todo esto es un lujo?

Para responder, conviene recordar que la propia noción de lujo se ha reconfigurado con el tiempo. Durante años, en Francia corrieron ríos de tinta para sostener que era una forma de exclusividad que solo podía producirse dentro de sus fronteras. El llamado «lujo tradicional» hacía reposar su legitimidad en el producto; después vino uno «moderno», cuyo valor descansaba en el nombre del gran diseñador y en el esplendor de su logo; y, más adelante, uno «contemporáneo», en el que el márquetin pasó a determinar qué podía considerarse lujoso. Así, vimos multitudes haciendo largas filas ante Louis Vuitton para comprar un pequeño accesorio de cientos de euros —recuerdo a una profesora en Milán que, ya en 2012, nos preguntaba: «¿Qué tiene eso de lujoso?»—.

La pregunta invita a mirar más atrás. Como sostiene Gilles Lipovetsky, antes de convertirse en un atributo de la cultura material, el lujo surgió como una disposición hacia el gasto: una actitud mental que expresaba la capacidad del ser humano para ir más allá de sus necesidades y afirmar su condición social. Solo más tarde quedó vinculado a la fabricación, la posesión y la acumulación de objetos excepcionales. Visto así, puede entenderse como una actitud ante el consumo y, a la vez, como una postura frente a sus implicaciones.

Hoy esa actitud adquiere un sentido distinto, ante el desgaste de las condiciones productivas y simbólicas de las formas de exclusividad defendidas desde Europa y ante el hecho incontestable de que el sueño de democratizar la moda, promovido por la moda rápida, terminó por convertirse en una pesadilla ambiental y social. Una conciencia renovada del consumo abre así un espacio intermedio, alejado tanto de los oropeles ya vaciados de sentido del lujo versallesco como de la fugacidad de las prendas desechables. En ese espacio, el valor se desplaza hacia productos con historias únicas e identidades sólidas, cuyo precio no tiene que alcanzar las cifras desproporcionadas de las categorías tradicionales. Ese es el camino que señala Colombiamoda 2026: una propuesta que trasciende el lema y condensa una lectura certera del momento que atraviesa la industria de la moda.

* Investigador de la moda y el vestir, de la Universidad Pontificia Bolivariana, en Medellín Colombia.

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Por William Cruz Bermeo*

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