A propósito de la versión 51 de IFLS y la 33 de EICI, evento que se realiza hasta este viernes 6 de febrero de 2026 en Corferias, en Bogotá, y del conversatorio inaugural sobre el cuero y la moda (moderado por la periodista Pilar Castaño), William Cruz Bermeo, investigador de la moda y el vestir, de la Universidad Pontificia Bolivariana, en Medellín Colombia, profundiza en dicha relación.
Las pieles y el cuero. Aquí conviene hacer precisiones terminológicas: con lo primero nos referimos a la epidermis animal que, si bien está curtida, conserva el pelo, ya sea corto, medio o largo. Con lo segundo, nos referimos a la epidermis curtida, ya sea rasurada o naturalmente carente de pelo.
Históricamente, ambas pasan de ser tecnologías de supervivencia a convertirse en símbolos y, luego, en campo de batalla moral y político.
Como tecnología de supervivencia, antropólogos, arqueólogos e historiadores del vestido ubican las pieles en el origen mismo de la vestimenta, por sus cualidades térmicas y protectoras. Todavía hoy existen culturas donde las pieles guardan relación con el territorio, con la vida y con la herencia. Por ejemplo, en el Ártico, para los pueblos inuit las pieles no son un capricho: son un saber hacer transmitido entre generaciones, una cultura material afinada para habitar temperaturas extremas.
Sin embargo, cuando el relato de las pieles se desplaza a Occidente, estas se vuelven metáfora del poder. En la mitología grecorromana, vestir la piel del león vencido funciona como transferencia simbólica de fuerza; en las amazonas, las pieles felinas se cargan de una idea de dominación que luego será reciclada por la cultura visual moderna: la “mujer fatal” de Hollywood, la celebridad, la caricatura pop. Ahí, incluso cuando la piel deja de ser auténtica y se convierte en estampado, la lógica se mantiene: importa lo que significa, no solo lo que es. Una caricatura pop —como, por ejemplo, la Tigresa del Oriente— recurre precisamente a esa noción de poder que evocan las pieles felinas.
En paralelo, ciertas pieles —como el armiño— operan como insignia de jerarquía, donde el mito y el protocolo pueden pesar más que el valor material. Y, ya en la modernidad capitalista, las pieles se vuelven una forma visible de capital y de prestigio adquirido: la burguesía primero y las celebridades después las usan como prueba pública de éxito.
Pero desde los años setenta ese “lenguaje” entra en crisis: la conciencia ecológica, el activismo y la regulación internacional reubican las pieles en el terreno de la condena, impulsando alternativas sintéticas y un nuevo mercado “verde”. Hay ahí un giro clave: el debate no se cierra, sino que se complejiza con estrategias como el reciclaje de pieles y con disputas sobre apropiación cultural; por ejemplo, cuando la moda toma motivos inuit para “corregirse” simbólicamente, tal como lo hizo Jean Paul Gaultier en algún momento de su carrera.
Luego está el cuero. Quizás por su relación más próxima a lo utilitario que a los valores simbólicos antes mencionados, el cuero se percibe como civilizado y noble. Está presente en innumerables aplicaciones más allá de la vestimenta. En esta última, el cuero se percibe como un material protector y, a la vez, rudo, erótico y hasta fetichista. Por ejemplo, el cuero negro: la rudeza del motero de los años cincuenta y de las subculturas que lo han empleado en chaquetas; el cuero charolado rojo, asociado a indumentarias del juego erótico; o las prendas de cuero negro usadas en prácticas sadomasoquistas. Sin embargo, su sentido no debe confinarse a eso: la nobleza del cuero hace que las prendas confeccionadas con él se vuelvan una segunda piel, resistente y protectora, que arropa al yo dándole seguridad y confianza. Hay cierto poder en eso de vestir prendas de cuero.
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