En 1895, Tomás Carrasquilla viajó por primera vez a Bogotá desde Medellín. Su literatura, por tanto, no fue ajena a las modas bogotanas del cambio de siglo. Las observó con una mirada aguda, atenta al contraste entre la elegancia urbana y cierta austeridad monótona, marcada por el predominio de los tonos oscuros, la rigidez de las costumbres sociales y la centralidad del traje formal. En uno de sus pasajes, al describir el contenido de un equipaje proveniente de Bogotá, enumera los signos de la elegancia capitalina: sombrero de copa, guantes negros y blancos, puños, cuellos, corbatas en abundancia y “vestidos nuevos con olor a sastrería”.
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Hoy, algo de esa idea de elegancia clásica persiste en la impresión de quienes visitan Bogotá de manera esporádica. Solemos explicar el predominio del negro, el gris y las prendas superpuestas por razones climáticas: el frío, la lluvia y la necesidad de cubrirse. Sin duda, hay algo de cierto en ello. El clima bogotano favorece las capas, los abrigos, las chaquetas, los tonos sobríos y cierto ocultamiento del cuerpo, pero esa explicación resulta insuficiente. Las nociones de elegancia se han transformado radicalmente y, junto con esa austeridad heredada, Bogotá ha dado paso a múltiples expresiones vestimentarias que la convierten en un crisol de estilos individuales, híbridos e inesperados.
Quizás esto se deba, en parte, a que Bogotá es una ciudad donde la experiencia urbana se vive bajo el signo del anonimato. Como en toda gran urbe moderna, sus habitantes atraviesan diariamente miles de encuentros fugaces con personas que probablemente no volverán a ver. Esa condición atenúa, al menos parcialmente, el peso del juicio social inmediato y abre un margen para experimentar con la imagen, con el cuerpo y con la apariencia. La moda —entendida aquí como la experiencia cotidiana del vestir— florece con especial rapidez en aquellos ambientes donde la individualidad encuentra espacio para ensayarse.
Además, Bogotá, como centro urbano de casi ocho millones de habitantes y una de las principales puertas de entrada al continente suramericano, recibe de manera constante corrientes musicales, hábitos de consumo, referencias visuales e imaginarios cosmopolitas. Esa exposición permanente dinamiza la apariencia de sus habitantes y explica por qué muchas expresiones subculturales —usualmente ligadas a la música, la moda y las escenas juveniles globales— aparecen allí con rapidez. La ciudad no solo adopta tendencias: las mezcla, las adapta y las traduce a su propio clima, a sus desigualdades, a sus barrios y a sus ritmos cotidianos.
Por otra parte, Bogotá opera como vitrina de ascenso social, lo que implica la adhesión —a veces explícita, a veces tácita— a ciertas nociones de elegancia. La ciudad concentra una gran cantidad de instituciones públicas, embajadas y escenarios culturales; en ese contexto, vestirse bien puede funcionar como estrategia de legitimidad y profesionalización. A ello se suma su particular mezcla regional: Bogotá no responde a una única tradición vestimentaria, sino que se nutre de la migración interna constante. El resultado es una moda urbana hecha de acentos costeños, paisas, vallunos, santandereanos, llaneros, indígenas, populares y globales.
Ahora bien, si la posición económica también incide en la apariencia, hay otro elemento clave: la desigualdad como productora de estilos. En Bogotá, las marcas de lujo conviven con espacios como San Victorino, las ferias vintage, la ropa de segunda mano, el diseño independiente y la economía informal. Esa coexistencia no solo evidencia contrastes, sino que produce combinaciones visuales singulares, a menudo creativas e inesperadas.
Finalmente, la ciudad cuenta con una cultura universitaria y artística particularmente heterogénea, que alimenta escenas alternativas y convierte ciertos barrios en verdaderos laboratorios de imagen: Chapinero, Teusaquillo, La Candelaria, entre otros. En estos espacios la vestimenta es tanto exploración estética como forma de expresión. En síntesis, Bogotá se viste como se viste porque combina una herencia de sobriedad formal con las condiciones propias de una gran ciudad contemporánea: clima frío, anonimato urbano, movilidad social, mezcla regional, desigualdad productiva y exposición constante a imaginarios globales.
*Investigador de la moda y el vestir de la Universidad Pontificia Bolivariana, en Medellín, Colombia. X: @Weegecruz
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