A primera vista, uno se siente tentado a pensar que la fascinación actual por los años noventa está envuelta en un halo de nostalgia. Sin embargo, que una generación se enamore de los estilos de un pasado que no vivió es un fenómeno observado desde hace tiempo por la historia y la teoría de la moda. A esto suele llamársele ciclicidad, y de ahí ha surgido una afirmación que se repite con una certeza casi incuestionable: la moda es cíclica. Pero pocas veces se explica cuánto duran esos ciclos o por qué recuperamos la moda de un determinado período y no la de otro.
Uno de los observadores que intentaron comprender estos cambios fue James Laver, historiador inglés de la moda. En 1937, propuso una tabla sobre la manera en que nuestra percepción de un estilo vestimentario se transforma según la distancia temporal que nos separa de él. Para Laver, una moda podía parecernos indecente diez años antes de su tiempo; elegante en su propio presente; deslucida apenas un año después; horrible al cabo de diez años; ridícula después de veinte; divertida a los treinta y pintoresca a los cincuenta. Más que una ley capaz de predecir el retorno de las modas, esta secuencia ofrece una intuición sugerente: el paso del tiempo modifica nuestra valoración de unas mismas formas.
Durante los años noventa, por ejemplo, se produjo una intensa fascinación por los estilos de los sesenta y los setenta, cuando muchas de sus propuestas rondaban los treinta años de antigüedad: comenzaban a resultar divertidas, según los términos de Laver. El actual giro hacia los noventa parece ajustarse a un intervalo semejante, tanto en las siluetas como en la fascinación por lo analógico. Si algo resonó este 2026 en las pasarelas de Colombiamoda fue precisamente el uso de códigos estilísticos de aquella década, presentes en propuestas de Chevignon, GEF y Jorge Duque, por mencionar algunas. Sin embargo, contar los años transcurridos no basta para explicar por qué ese pasado vuelve a interesarnos.
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Mirar hacia el pasado puede ofrecer cierta seguridad a quien lo vivió y servirle de refugio nostálgico. A quien no lo vivió le permite romantizar una época ya decantada, cuyas formas han sido seleccionadas y elevadas a la condición de iconos. Lo que recuperamos es, por tanto, una versión del pasado, compuesta por aquello que el presente encuentra digno de recordar. Las generaciones actuales parecen reconocer en el eclecticismo estilístico de los noventa un periodo de productividad creativa y renovación del panorama internacional de la moda. Esa percepción tiene asidero histórico: durante aquella década se afianzó la proyección internacional de figuras como Alexander McQueen y John Galliano, cuyas propuestas ampliaron las posibilidades expresivas de la moda. Ambos recurrieron precisamente a la historia, no para reproducirla, sino para convertirla en materia de invención, dramatización y ruptura.
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Los años noventa se recuerdan también —quizá de manera idealizada— como un periodo culturalmente sin filtros, de una franqueza que podía ser sumamente cruel y políticamente incorrecta. En 1993, por ejemplo, la revista People llevó a Kate Moss a su portada bajo el titular “Skin & Bones”, en alusión a su extrema delgadez. Hoy, la reacción contra la autoridad cultural de lo considerado políticamente correcto encuentra en aquella época una referencia, pues para quienes perciben que las exigencias sobre lo que puede decirse han estrechado la discusión pública hasta propiciar la autocensura, los noventa pueden representar una libertad que sienten perdida. Esa imagen es selectiva, como lo muestra la crueldad del propio titular, pero ayuda a entender que el atractivo de una década puede exceder sus formas de vestir.
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¿Y esto qué tiene que ver con la moda? Que un período puede reaparecer porque, además de ofrecernos formas que vuelven a parecernos atractivas, encarna conflictos, deseos y ansiedades que resuenan en el presente. Esto no significa que quien vista al estilo de los noventa comparta las posiciones culturales asociadas a esa década. Significa que su recuperación ocurre en un contexto que le atribuye nuevos sentidos. La distancia temporal puede hacer que una silueta deje de parecernos ridícula; las inquietudes del presente ayudan a explicar por qué volvemos a elegirla.
*William Cruz Bermeo, investigador de la moda y el vestir, de la Universidad Pontificia Bolivariana, en Medellín.
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