7 Apr 2017 - 3:00 a. m.

Trump y Xi: duelo de titanes

Los arrebatos de Trump, que ha culpado a China de la crisis de EE. UU., son rentables en casa pero imposibles de aplicar en el dominio externo. Ambos países se necesitan.

Pío García

Trump y Xi: duelo de titanes
Foto: AFP - NICOLAS ASFOURI

A menos de tres meses de asumir la presidencia, Donald Trump recibe a Xi Jinping, su homólogo chino. Parece un gesto inaudito, pues China fue el país al que criticó en forma más ácida y constante en la competencia electoral, por “robar” el trabajo y “empobrecer” a los estadounidenses. De hecho, recién instalado en la Casa Blanca, el empresario convertido en político envió a su secretario de Defensa a reforzar la alianza con Japón y Corea, países vistos por Estados Unidos como barreras de contención del “expansionismo” chino. El secretario Mattis reiteró el proyecto de instalar un amplio sistema antimisiles en Corea del Sur, iniciativa que Pekín juzga de provocadora. Antes de eso, el asesor en estrategia, Stephen Bannon, había previsto una nueva guerra en el mar del Sur de China, en respuesta a la construcción china de instalaciones militares. En marzo, el secretario de Estado, Rex Tillerson, hizo su gira por la región, donde renovó la amistad con Japón y Corea del Sur y les criticó a los dirigentes chinos su apoyo a Corea del Norte, pero les concedió facilitar la reunión entre los dos mandatarios. ¿Cómo valorar el encuentro temprano entre dos reconocidos rivales estratégicos? ¿Se trata, más bien, de dos socios inquebrantables? ¿Qué puede pasar con Rusia, donde Tillerson —ex-CEO de Exxon Mobil— tiene tantos intereses petroleros y cuyo presidente es acusado de manipular la información que favoreció el triunfo de Trump?

Estados Unidos y China son los dos mayores socios económicos en la presente edad global. Su comercio comprende la tercera parte del intercambio mundial y supera el billón de dólares. China es el primer receptor de las inversiones estadounidenses, al tiempo que las importaciones de Estados Unidos son vitales para mantener firme la base industrial china. Además, el aparato administrativo estadounidense y su intenso gasto militar se paralizaría el día en que la banca china dejara de financiarlo mediante la adquisición masiva de bonos del Tesoro, que suman los US$3 billones, equivalentes al 20 % del PIB estadounidense. En términos prácticos, los dos operan la primera red material del planeta. Sin embargo, para decepción de los analistas liberales y neoliberales, esta interdependencia recia y compleja no hace más que alimentar la rivalidad geopolítica, que, por cierto, no es un imaginario o la simple idea de un enemigo —según explica el constructivismo—, pues moviliza recursos humanos, tecnológicos y financieros fabulosos.

La dinámica estratégica de la presente edad global tiene como protagonistas máximos precisamente a Estados Unidos y China, las cabezas de los nuevos bloques de poder. Los líderes de Pekín tuvieron que aceptar el reto que significó la implosión soviética, para contrarrestar los embates de Washington hacia el supuesto mundo unipolar. Tampoco se trata del fantasioso sistema multipolar, dado que las potencias nucleares europeas (Francia, Inglaterra) son subsidiarias de la geopolítica estadounidense a través de la OTAN. Rusia, por su parte, logra sostenerse en el pedestal elevado gracias a la relación económica, política y militar con China. Ambas son claves en las decisiones balanceadas del Consejo de Seguridad y evitan los desafueros de Estados Unidos y sus aliados, como fue el caso de la anhelada ocupación de Siria por parte de la OTAN en 2013, con vista a la cual François Hollande movió, sin éxito, cielo y tierra.

En este contexto, es sensato hablar de unas relaciones complejas y conflictivas entre Estados Unidos y China, sobre las cuales está anclado el sistema internacional. Como toda competencia estratégica, el movimiento de fondo se desplaza a largo plazo, estimulado por la cooperación y ciertos compromisos cotidianos. En la meta lejana se halla la conquista del liderazgo mundial, al cual China renunció mientras existió la URSS, pero del que no pudo marginarse una vez disuelto el bloque comunista. Asegurar la posición rectora aparece tan vital para la dirigencia de Pekín como para Washington, dada su identidad de potencias máximas; sin embargo, ambas partes difieren en la retórica y la táctica recientes hacia ese objetivo. Así, mientras el mandatario estadounidense insiste en resolver ciertos asuntos críticos, como el norcoreano, “por sus propios medios” —es decir, intervenir de manera unilateral sin contar con Naciones Unidas—, el presidente chino reitera “el ascenso pacífico” de su país, el respeto de la soberanía y la importancia de la solución multilateral de los conflictos internacionales.

Ahora bien, a diferencia del choque de los bloques capitalista y comunista hasta 1989, la rebipolaridad actual heredera de ese viejo orden geopolítico transcurre dentro de una interdependencia esencial. El ciclo lo inauguró Henry Kissinger, antisoviético acérrimo, quien abrió el mercado chino en 1972 con el ánimo de romper la alianza socialista, impulsar las operaciones de las transnacionales con trabajo dócil y masivo y acceder a más de mil millones de consumidores nuevos. En 1978, Deng Xiaoping asumió el desafío de levantar a una China pobre y aislada con la inyección capitalista. Tres décadas después, gracias al auge tecnológico, productivo y financiero, se constituyó en el segundo gran poder global. Sobre esa base económica formidable eleva su presupuesto militar entre 12 % y 15 % anual, su gasto total asciende a US$215.000 millones, moderniza sus fuerzas armadas y pronto inaugurará su segundo portaaviones; Estados Unidos mejora su tecnología letal, aunque el gasto total se contrajo en los últimos años, después de haber logrado el pico de US$650.000 millones en 2010.

Contra muchos de los pronósticos y de las amenazas de “golpear” a China, más allá de sus fanfarronadas, Trump ha entendido la dependencia de su país y la necesidad del encuentro y la negociación. Es probable que los negocios potenciales de su yerno Jared Kushner en finca raíz hayan inclinado la balanza a favor del diálogo; empero, no es menos cierto el influjo de los técnicos al advertir la importancia del trato con el principal acreedor externo. Impasibles a los duros ataques de campaña, los chinos persistieron en la aproximación diplomática al nuevo gobierno, con el cual logran un encuentro al comienzo del mandato, lo que no ocurrió con ninguna administración anterior. Los chinos buscarán en Florida acuerdos para conducir el problema de su superávit comercial cercano a los US$300.000 millones por medio de comités bilaterales especializados, descartando el anunciado impuesto de 45 % a sus exportaciones; criticarán el proyecto de antimisiles; tratarán de reanudar el mecanismo de Seis Bandas para resolver el conflicto coreano, junto con Japón y Rusia, además de las Coreas, y por esa misma vía invitarán a los estadounidenses a atender en rondas grupales o en el Consejo de Seguridad las guerras de Siria, Yemen y demás choques armados. Pero es poco probable que accedan a llevar a esas instancias la disputa en el mar del Sur de China, donde defienden la soberanía nacional.

Este entendimiento pragmático con China no le cierra a Washington las opciones de acuerdos económicos y políticos con Rusia. No obstante, un entendimiento extenso con Putin tiene enormes dificultades, a pesar del empeño que Tillerson pondrá en ello. Por un lado, la interdependencia económica con Estados Unidos es menor; por otro, el factor europeo tiene un peso mayor del que se le suele asignar. La presión del sector financiero inglés y alemán por mantener a Rusia a distancia a través de la OTAN reanudará la alianza estratégica transatlántica sin ambages. Además de ello, el acuerdo político y militar ruso-chino tiende a consolidarse por tres razones básicas: los intereses comerciales representados en energía y producción agrícola rusa a cambio de bienes industriales chinos, el ingreso ruso a la nueva red vial asiática —Nueva Ruta de la Seda— y la necesidad de garantizar la estabilidad de los gobiernos de Asia Central, con control de las fuerzas separatistas y libres de la injerencia europea o estadounidense.

Cansados del marasmo del establecimiento estadounidense, los votantes abrazaron las promesas de un empresario locuaz no contaminado con los vicios de la política. Tales arrebatos pueden ser rentables en el orden doméstico, pero son imposibles de aplicar en el dominio externo, donde los contrapesos son reales y efectivos. Hablar con China en vez de insultarla es la valiosa lección de política internacional que entra en la mente del mandatario de la Casa Blanca.

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