3 Aug 2015 - 2:00 a. m.

El frágil futuro de Sudán del Sur

Burocracia, corrupción y ansia de poder son las razones de una guerra que comenzó en 2013 y que enfrenta a las dos etnias del país: los dinkas y los nueres.

Juan David Torres Duarte

Salva Kiir, presidente de Sudán del Sur, y Riek Machar, su vicepresidente hasta julio de 2013, se dan la mano en una fotografía de febrero de este año: el primero, adusto, con un sombrero negro de ala ancha, y el otro con una sonrisa esbozada, diplomática. En el fondo, tres hombres los aplauden. Por entonces, reunidos en Adis Abeba (Etiopía), ambos concertaban un posible acuerdo de paz después de una guerra civil en la que fungían como comandantes en jefe de dos ejércitos: uno gobiernista y el otro rebelde. El apretón de manos sugería el comienzo, tras cuatro días de negociaciones, de un proceso longevo y fructífero después de que cuatro ceses al fuego, a lo largo de casi cuatro años, se rompieran sin duelo y sin siquiera fijar una posible cura. Se dijo por entonces que Machar volvería al Gobierno como vicepresidente y que las etnias dinka y nuer, las mayoritarias en Sudán del Sur y a las que pertenecen el uno y el otro, se repartirían el poder de manera equitativa. De ese modo, la guerra étnica —parte de la esencia del conflicto civil en este país— terminaría.

El 6 de marzo de este año los diálogos se rompieron y la guerra recomenzó. Aunque, en realidad, nunca se detuvo: los ejércitos armados del país tienen tanta debilidad institucional que sus líderes resultan apenas figuras de papel sin un mandato real. El cáliz de oro de Sudán del Sur es el poder, el poder bien vestido y siempre ansioso. Desde entonces, Sudán del Sur no se ha detenido en su división. Por eso, justo en Adis Abeba, el presidente Barack Obama pidió la semana pasada a representantes de los países de la región que intervinieran para disminuir el conflicto en este lugar, que el 9 de julio cumplió cinco años de independencia. Es la nación más joven del mundo. Y una de las más destrozadas.

El conflicto, si es posible convenir un punto de partida, comenzó en diciembre de 2013. Salva Kiir sospechaba que su antiguo vicepresidente, Riek Machar, planeaba un golpe de Estado en su contra. Para prevenir la adhesión de los militares a su causa inaudita, Kiir ordenó a los miembros dinkas del ejército —la etnia a la que él pertenece— que desarmaran a los nueres. En el intento hubo disparos y empujones y muertos. La guerra interna se trasladó a la calle: hombres y mujeres de entre los nueres y los dinkas murieron —y mueren— en masacres masivas. El quiebre de las relaciones entre ambas facciones escindió, a su vez, al resto de la sociedad, y ambos ejércitos —ha reportado la ONU— se dispusieron a reclutar a jóvenes y niños para combatir en uno u otro bando.

Muchos de ellos, en verdad, no saben a quién están combatiendo ni por qué: cerca de 1,5 millones de personas han sido desplazadas y más de dos millones de niños carecen de acceso a buenos alimentos. Las razones para unirse al ejército o a los rebeldes no son políticas ni ideológicas, como quisiera un rígido analista. Son simples: tienen hambre y podrían ser desterrados.

Sin embargo, el conflicto en Sudán del Sur tiene raíces algo más lejanas. Suele suceder, como escribía Lev Tolstói en Guerra y paz, que pocas razones históricas tienen la capacidad de explicar el destino de una guerra. El azar y la naturaleza móvil y maleable de quienes participan en ella determinan buena parte de su registro mortal. En el caso de Sudán del Sur, los primeros síntomas de su enfermedad actual podrían encontrarse en la formación del partido político que está en el poder: el Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán. Como proyecto político, sólo se determinó a principios de la primera década de este siglo, aunque había sido conformado como el ala diplomática de una guerrilla que sólo ansiaba el poder, el Ejército de Liberación de Sudán, a principios de los ochenta.

Ambas alas se confunden en el tiempo hasta el punto de que los proyectos de una están reflejados en la otra y hasta el punto de que los militares tienen una sugerente influencia en la presidencia, que es proyectada —de modo ideal— como un ente individual. La carencia de un programa político, dicen los analistas Alex de Waal y Abdul Mohammed en la revista Foreign Affairs, produjo una consciente debilidad en las instituciones de la nueva nación. Y aun cuando Sudán del Sur obtuvo su independencia en 2011, los analistas recuerdan que sus planes de desarrollo eran espurios y que carecían de sustento para la democracia, la educación o la salud. La labor humanitaria quedó en manos de organizaciones internacionales, mientras que —hasta hoy— las instituciones públicas fundadas en la nueva república son débiles, corruptas y están imbuidas en una atmósfera de burocracia que sólo les ha permitido la asfixia. “Es difícil eludir la conclusión —escriben— de que las élites que gobiernan en Sudán del Sur están más interesadas en el poder que en hacer el difícil trabajo de construir una nación”.

El fondo étnico de la guerra civil podría ser una razón esencial, aunque para Augustino Ting Mayai, director de investigación del Instituto Sudd, en Juba, capital de Sudán del Sur, es un cajón de pólvora bien utilizado. “El etnicismo no es necesariamente la causa, a pesar de que las divisiones entre los dinkas y los nueres han amplificado el conflicto —dice—. Los políticos, de ese modo, han explotado estas tensiones históricas en beneficio propio”. Las divisiones étnicas también han estado cruzadas, como explicó el periodista Jon Lee Anderson en la revista The New Yorker poco después de que comenzara la guerra civil, por los beneficios económicos que ha traído el petróleo.

Después de la independencia, Sudán del Sur quedó con numerosos yacimientos en su territorio, aunque las líneas de distribución atraviesan Sudán. El 98% de la economía sursudanesa está basada en el petróleo, y esta ventaja ha permitido la construcción de carreteras y centros hospitalarios en los puntos de producción. El petróleo, según Ting Mayai, es de nuevo un arma política. Y un arma de guerra: los políticos sursudaneses suelen confundir ambas esferas. “Aunque aquellos que fueron despedidos por el presidente (en 2013) se sintieron privados de sus derechos económicos, dado que participaron en el saqueo y la captura del Estado en la década anterior, existen pocas razones para sugerir que las reservas de petróleo son un soporte fundamental de la guerra —dice Ting Mayai—. De cualquier modo, la oposición ha buscado el cierre de los campos petroleros como una manera de privar al Gobierno de un importante ingreso”.

A pesar de la bonanza petrolera, Sudán del Sur carece de un alto nivel de empleo. Aunque no existen cifras explícitas sobre el tema, el 50% de la población joven del país —su fuerza de trabajo— es analfabeta o no ha tenido acceso adecuado a la educación. Las zonas rurales —que constituyen el 80% la población nacional— sobreviven gracias a la influencia de las ONG extranjeras que han fundado hogares de paso y proveen de alimentación y agua a la población. La vida en el campo es aún primitiva: existe un alto nivel de inseguridad, los sistemas de agricultura están retrasados y los jóvenes emigran con frecuencia hacia las ciudades.

Estos datos los expone Silvio Ding, líder juvenil de Sudán del Sur, en el Instituto de Paz de Estados Unidos. Ha trabajado con las comunidades de su país a través de proyectos artísticos y sociales que permiten reconocer nuevas salidas del conflicto más allá de la violencia. Ding enuncia, como una lista infernal, otras razones del conflicto: “Hay instituciones de gobierno débiles, carecemos de infraestructura, tenemos un sistema de salud pobre, un mal manejo de los recursos petroleros, corrupción rampante y poca confianza. Además, la violencia étnica ha producido reclamos por tierras para ganado y una competencia por los recursos. La insurgencia armada ha destruido las infraestructuras y existe un nivel pobre de educación, altos niveles de analfabetismo y un sistema judicial poco estructurado”. Y la lista continúa: tribalismo, nepotismo y etnocentrismo; violación de derechos humanos y falta de democracia; lazos diplomáticos frágiles y una ideología nacionalista que ha conducido a cualquier lugar menos al crecimiento nacional. Ting Mayai agrega un factor: “La actitud cleptocrática (poder basado en el robo de capital) de la élite sursudanesa está en el corazón del conflicto”.

Sudán del Sur es una nación que, además de carecer de un proyecto político específico, multiplica su conflicto étnico en la repartición desequilibrada del poder y da demasiado campo a su ejército, y donde la corrupción es la moneda de cambio entre sus políticos. Esas tres razones permiten prever que el conflicto perdurará. Ruanda, que después del genocidio de 1994 —fueron asesinados casi el 70% de los tutsis— parecía un Estado malogrado, ofrece un ejemplo brillante: a pesar de sus divisiones étnicas, los partidos políticos no están divididos con base en ellas y el país prosperó en materia económica. En su reciente visita a Kenia y Etiopía, la insistencia de Obama sobre el conflicto de Sudán del Sur reafirmó la importancia regional de que el proyecto de nación siga adelante. Sería, además, un descrédito para Estados Unidos, que fue uno de los impulsores de su independencia desde el gobierno de George Bush.

Para terminar la rebatiña, Obama propuso una serie de sanciones —entre ellas un embargo de armas— para que las facciones se sienten a dialogar. A pesar de ello, la historia reciente enseña que los ejércitos brutales de Sudán del Sur temen poco a las sanciones: ya en una ocasión, durante las negociaciones de febrero de este año, la Autoridad Intergubernamental sobre el Desarrollo de África Oriental (IGAD), que fungió como intermediaria, sugirió que habría sanciones si se rompían los diálogos. Los 10.000 muertos de esta etapa de la guerra civil fueron una razón menor para ansiar la paz.

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