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Fiebre de nacionalizaciones en América Latina

La historia ha demostrado que este tipo de medida no ha dado buenos resultados en la región. Sin embargo, los presidentes de Venezuela, Hugo Chávez, y de Bolivia, Evo Morales, la usan para justificar sus proyectos políticos.

Ibsen Martínez * / Especial para El Espectador

13 de mayo de 2008 - 03:42 p. m.
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La nacionalización en  América Latina es un rito de fertilidad y de abundancia. Una danza propiciatoria para hacer lluvia en tiempo de sequía. Equivale a la ceremonia con que los sioux de las praderas norteamericanas rogaban a sus deidades que sus partidas de caza hallaran nutridos rebaños de bisontes. O a las que los chamanes de nuestras etnias amazónicas recurrían para propiciar buena caza o buena pesca y que no se los comiera el tigre.

Es pensamiento “mágico-distributivo”, digamos, aplicado a la macroeconomía con vistas al desarrollo y la prosperidad de todos. Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones, la nacionalización está condenada al fracaso porque, tal como muestra la experiencia humana desde tiempo inmemorial, sólo la brujería decididamente maléfica logra salirse con la suya.

El 1º de mayo de 2006,  fecha en que Evo Morales nacionalizó “sorpresivamente” la industria de hidrocarburos boliviana, estuve encerrado en una habitación de un hotel de Cochabamba, abatido por una doble frustración. Un esquivo sindicalista “trotsko-cocalero” con quien concerté  una entrevista me había dejado plantado. La segunda frustración vino al encender la televisión y percatarme de que Evo Morales presidía en aquellos momentos una ceremonia de ocupación de un campo gasífero en Tarija. Yo habría debido estar allí y no en Cochabamba.

En realidad, lo único sorpresivo que cabía registrar era el adelanto de la fecha. Lo más llamativo del  ceremonial fue el despliegue militar en las instalaciones de una concesionaria extranjera, como si se tratara del asalto a una fortificación enemiga. Lo mismo ocurría con las inofensivas gasolineras de Petrobras: piquetes de soldados en traje de campaña y armados hasta los dientes custodiaban los surtidores. La oratoria reivindicativa de la soberanía de la nación boliviana respecto de la riqueza del subsuelo me hizo recordar el discurso de Carlos Andrés Pérez, 30 años atrás, cuando nacionalizó por primera vez la industria petrolera venezolana: las mismas invocaciones a Bolívar, las mismas consignas sobre el “patrimonio de todos”, las mismas admoniciones sobre la necesidad de “administrar la abundancia con criterio de escasez”.

La nacionalización boliviana se anunció como lo han hecho todas las nacionalizaciones  de la región: como el advenimiento de una nueva era, aunque en realidad no fuera más que un avatar del mito del eterno retorno. Con la de 2006, Bolivia nacionalizaba por tercera vez en menos de 70 años su riqueza fósil, para no hablar del estaño, nacionalizado medio siglo atrás.

Sólo unos cuantos meses más tarde, en los primeros días de enero de 2007, durante la ceremonia inaugural de su actual período presidencial, Hugo Chávez anunciaba nacionalizaciones que  describió como el comienzo del largo camino al “socialismo del siglo XXI”. Comenzó por “renacionalizar” empresas públicas  privatizadas en los años 90: la telefonía y las compañías de electricidad.


En el mismo acto se anunció el designio de lograr mayoría accionaria en la participación de la petrolera estatal venezolana en los grandes proyectos de la faja bituminosa del Orinoco, hasta entonces dominados por las estadounidenses ExxonMobil, Conoco-Phillips y Chevron, junto a la francesa Total, la inglesa BP y la noruega Statoil. Característicamente, Chávez ordenó la ocupación militar de las instalaciones arrebatadas a la codicia extranjera. La puesta en escena de la ceremonia incluyó el vuelo rasante, por sobre el complejo petrolero escogido para el acto, del dúo dinámico de cazas interceptores Sukhoi, de fabricación rusa y reciente adquisición.

¡Cuánta descaminadora carga simbólica, cuánta inconducente teatralidad compensatoria tiene  en nuestro continente este tipo de medida económica, a pesar de su largo y grueso historial de fracasos tan idealizados como ruidosos!

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El último Premio Internacional “Rómulo Gallegos” fue otorgado a la escritora mexicana Elena Poniatowska por una novela que exalta la vida de un abnegado sindicalista ferrocarrilero de su país. La ironía del caso es que  la red ferrocarrilera mexicana, que llegó a contarse entre  las más extensas del mundo —gracias a cuya puntualidad Pancho Villa tuvo éxito en sus campañas y nacionalizada por el régimen surgido de la Revolución Mexicana— debió liquidarse para su privatización, una vez saqueada durante décadas por el mismo régimen nacionalista por el que se batió el heroico sindicalista de la princesa Poniatowska.

En América Latina  puede hablarse ya de oleadas nacionalizadoras, tal como los expertos hablan de una primera, segunda  y tercera oleadas de populismo. La primera se asocia con la hora estelar del general Lázaro Cárdenas en México y es de aquella, sin duda, que la idea cobró su modélica calidad antiimperialista.

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Siete décadas más tarde, Chávez protagoniza la tercera, o quizá cuarta oleada de nacionalizaciones, luego de los fiascos mexicanos, argentinos, peruanos y bolivianos. El rasgo más prominente de la oleada chavista es su cariz exculpatorio de toda insuficiencia en la gestión del estado.  Chávez nacionaliza fundos pecuarios, cañaverales y silos para ocultar la colosal ineptitud de un petrogobierno que acusa, sin fundamento alguno, a las cementeras extranjeras del fracaso estruendoso de su plan de viviendas. A la realidad le gustan los sarcasmos: la tarde que en la monopartidista Asamblea Nacional se “discutía” la orden impartida por Chávez de expropiar Sidor (gran siderúrgica propiedad de un consorcio argentino-italiano), la energía eléctrica nacionalizada hace menos de 18 meses sufrió un mayúsculo apagón que dejó sin luz, sistema de sonido y aire acondicionado a los diputados chavistas. Y al 75 % de la población venezolana en 17 estados de la República.

Como acto de chamanismo económico, las nacionalizaciones no son buenas, hacen daño y acaban por rodar. Y al final, igual viene el tigre y te come.

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Una historia conocida

En los años 40 y 50, América Latina vivió un período de auge del nacionalismo y el populismo. Se desarrollaron las empresas públicas en energía, minería, telecomunicaciones, transporte y servicios públicos.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos define su política hacia la región y se  lanza a la conquista de las economías de América Latina. En los 60 comienzan los primeros intentos de desestatización de las empresas públicas. En los 70 y 80, varios países como Perú, Bolivia, Argentina y Venezuela vuelven a nacionalizar. Entre 1985 y 2000 las naciones latinoamericanas regresaron al modelo privado.

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(*) Escritor venezolano. Publica artículos en los diarios El Nacional, ‘The Washington Post’ y Foreing Policy, entre otros.


Reordenación del ‘proyecto socialista’ El presidente Hugo Chávez suscribió el decreto de nacionalización de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), con lo que terminó el último trámite que le posibilita al gobierno asumir el control de la mayor empresa del sector. El mandatario señaló que la nueva regulación le permitirá al Estado la “ordenación de todo el sector siderúrgico, desde las minas hasta las fábricas de acero. Todo eso lo vamos a reordenar en función del proyecto socialista”.

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Chávez precisó que para el 30 de junio debe estar transferida totalmente la empresa al “Estado socialista”. El gobierno acordó el cambio de nombre de Siderúrgica del Orinoco por el de Siderúrgica Socialista Alfredo Maneiro. Chávez ya nacionalizó la mexicana productora de cemento Cemex, la suiza Holcim y la francesa Lafarge. El año pasado fueron nacionalizadas la telefónica CANTV, la Electricidad de Caracas y los complejos de refinación de petróleo pesado.

Petróleo

Bolivia tomó el control de los hidrocarburos con la compra de la mayoría accionaria de la petrolera Andina, en la que la española-argentina Repsol-YPF tenía supremacía.

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Las empresas

Las industrias nacionalizadas son: Chaco (British Petroleum), Transredes (Ashmore) y CLHB. Así, Bolivia recuperó la mayoría accionaria en 18 campos petroleros.

Comunicaciones

La Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel), gerenciada por el consorcio  italiano Euro Telecom, también pasó a manos del gobierno boliviano.

Por Ibsen Martínez * / Especial para El Espectador

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