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Sankalpa de Swami Satyananda

Soy el niño invisible de los mil rostros del amor

El Espectador

12 de diciembre de 2009 - 03:58 p. m.
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Que flota sobre los torbellinos del mar de la vida

Rodeado de las praderas de los pastores alados

Donde el amor divino y la belleza

Impregnan la quietud de la cálida medianoche de verano

 

Con frecuencia la vida hiere mi cuerpo y mi mente

Y así se pueda ver mi sangre pasando

Y un grito pueda ser oído,

No se engañen con que ese pesar pueda morar en mi ser

O el sufrimiento en mi alma.

No habrá jamás tormenta alguna

Que pueda borrar el sendero a mis pies,

La dirección a mi corazón

La luz a mis ojos

O el propósito a esta vida.

 

Yo sé que soy intocable para las fuerzas

Mientras tenga una dirección, un anhelo, un objetivo:

Servir, amar y dar.

La fortaleza reposa en la exaltación de las secretas cualidades

De mi propia personalidad, mi propio carácter,

Y aunque soy sólo un mensajero

Yo soy yo.

Déjenme adornar muchos corazones

Y pintar mil caras con los colores de la inspiración

Y los suaves y silenciosos sonidos del valor.

Déjenme ser como un niño,

Correr descalzo por la selva

De personas risueñas y en llanto

Entregando flores de imaginación y asombro

Que Dios da sin cobrar.

¿Debo caer de rodillas

Y esperar que alguien me bendiga

Con la felicidad y una vida de dorados sueños?

 

No, yo correré en el desierto de la vida con mis brazos abiertos

Algunas veces cayendo, otras tropezando,

Pero siempre me pondré de pie,

Mil veces si es necesario,

Algunas veces feliz.

Con frecuencia la vida me quemará

Otras me acariciará con ternura

Y muchos de mis días los rondarán

las complicaciones y obstáculos,

Y existirán momentos tan bellos

Que mi alma llorará en éxtasis.

Yo seré un testigo

Pero jamás huiré

De la vida o de mí.

 

Jamás renunciaré a mi ser

O a las eternas enseñanzas que me he dictado

Ni dejaré que el valor de la inspiración divina y del ser se pierdan.

Mi burbuja de arco iris me llevará

Más allá del horizonte

Para por siempre servir, amar, vivir como Sanyasi.

Por El Espectador

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