Una comisión gubernamental, que analiza los hechos y trata de encontrar los restos de las víctimas, comenzó a revelar documentos que permanecían escondidos hasta ahora.
Las matanzas, que tenían por fin impedir que campesinos del sur apoyaran a los movimientos izquierdistas del norte, ocurrieron en pocas semanas y pasaron inadvertidas durante medio siglo. Este fue “el capítulo más trágico y más brutal de la guerra coreana”, según el historiador Kim Dong-choon, integrante de una comisión gubernamental que estudia el episodio desde hace dos años.
Según las investigaciones, muchos fueron arrojados al mar o tirados en minas abandonadas. Entre los muertos hubo mujeres y niños. Oficiales estadounidenses presenciaron algunas de estas ejecuciones.