Por: Cristo García Tapia

¡Navidad!

 Para mamá, Jesusita Tapia de García.

A veces creo que voy por las aceras de otro diciembre. Por los atardeceres pluviosos de agosto de crepúsculos rojizos como manchones de sangre en el ocaso, casi huérfano de la luz de los naranjos y tamarindos que matiza el patio de mamá, poblado de lluvias rojas y calagualas, y la lumbre de un fogón de leña que espabila agonizante.

Pero no.

Estoy en el patio de un diciembre por el que asoman en la levedad y limpidez de sus cielos, aquellas lunas derramándose como senos en las manos tibias de mis noches de otra edad; entre una niebla más gruesa y fría que las de otros diciembres, echando de menos el canto de antiguos y nuevos pájaros del norte helado, el estridor de las chicharras y el silbo de una salamandra confundida en la laberíntica noche de otros tiempos.

Con un dejo de incertidumbre ante las señales nunca reveladas de un cielo a medio hacer guareciéndose en el agujero negro, infinito de la noche, mamá se ocupa diligente del final de una tarde que cabalga desbocada hacia los bosques de las misteriosas criaturas que moran las sombras.

Como si quisiera, en el más largo de sus días de ciento dos años, pasar sin percatarse los arcanos de la rotación de esta tierra, no tan ancha pero ajena; arrasar con su memoria admirable el ataque del tiempo que se atrinchera en sus huesos.

Y sobrevivir en la solidez de su memoria, suficiente para rastrear atmosferas lejanas de otros diciembres, sus semejanzas con este que ya no es aquel luminoso y salvífico que se quedó en los anaqueles del corazón; en los sonidos titilantes de los pífanos y voladores de la niñería alborotada y risueña; en el olor a nochebuena que impregnaba nuestras casas y esparcía por las calles su aroma de estrellas y veladoras de queroseno.

Transparente y ondeando desde el alba en un alisio suave y los colores de sus atmosferas de gasa y levedad, diciembre saluda risueño con sus silbos y se adentra por los recovecos de bahareque y palma, abre puertas y ventanas, mira los retratos que cuelgan en las paredes y hace un guiño, como recordando el paso de algún diciembre de antes de la eternidad.

Asoma por el jardín de emperatriz centenaria de mamá, pasa por entre las azucenas y begonias, acaricia con su soplo de colores invisibles las astromelias y se enreda entre ilusiones y setos de lluvia roja y heliotropos azules.

Pero es otra vez diciembre, a prueba de tiempo y soledades, el que asoma y entra cargado de palabras de otra edad; del viento manso de la nostalgia enredado en las manos infantiles de mis nietos, en el color del aire y el sonido del tiempo.

Navegando en el aguamarina de los ojos de mamá; bañándonos, otra vez, en el río de una infancia que nos vuelve a encontrar en lo más alto, paradojal, de nuestras vidas.

* Poeta

@CristoGarciaTap

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