Por: Isabel Segovia

Ni tanto que queme a Santos…

Presidentes inspiradores, que hayan unificado al país, construido identidad nacional y logrado bienestar para todos los colombianos, no hemos tenido, por lo menos en los últimos 30 años. Todo tiempo pasado fue mejor, afirmación particularmente cierta por el momento que vivimos, y por eso muchos piensan que Juan Manuel Santos fue un gran presidente. Sin embargo, se equivocan. Si bien hizo algo extraordinario, firmar la paz con la guerrilla más grande y antigua del continente latinoamericano, eso solamente no lo hace un gran líder.

Cierto es que el embeleco por la paz, apostándole todo para alcanzarla, es probablemente la mayor contribución que ha hecho recientemente un gobernante a Colombia. No obstante, lograrlo tuvo costos considerables para las instituciones y la democracia. Justamente por ser incapaz de congregar, de unir en torno a la causa de la paz, Santos se vio obligado a realizar algunas concesiones políticas bastante cuestionables, como favorecer a controvertidos políticos (el apoyo a los ñoños es el mejor ejemplo) y esparcir “mermelada” por doquier. Muchos fueron los escándalos de corrupción de su administración, siendo la condena a cinco años de cárcel de su gerente de campaña, Roberto Prieto, una importante evidencia; y Odebrecht, el episodio más oscuro de su gobierno, además nos dejó a un personaje que, como fiscal, en su corto paso les hizo un daño considerable al sistema judicial y a las instituciones del país.

En lo social y técnico su desempeño tampoco fue bueno. Claro, a algunos sectores no les fue tan mal, pero otros, como la infraestructura, el medio ambiente, la educación, la justicia y hasta la economía, dejaron mucho que desear. Los efectos de las políticas económicas son más lentos y largos que los periodos de los gobernantes, así que el estancamiento al que se refiere el gerente del Banco de la República en buena parte se debe al manejo del gobierno anterior, aunque el actual poco ha hecho para contrarrestar la situación y, probablemente, la ha acentuado.

Por último, tal vez lo más grave de su desempeño fue su batalla con Uribe. Su popularidad siempre fue baja y no logró conectar con la gente, aspectos en los que su principal rival le competía fuertemente. La frustración que esto le causaba nos llevó a vivir en una permanente confrontación que terminó por fragmentar la sociedad. Él obviamente no fue el único responsable y, tal vez, si no se hubiera dejado retar, la historia hoy sería diferente. El plebiscito, totalmente innecesario, fue la batalla de esta guerra con las peores consecuencias. Liderados por Santos y alimentados por nuestra vanidad, los colombianos que estábamos a favor del Acuerdo de Paz perdimos, hecho que todavía nos está costando sudor y sangre como país.

Pero como todo es relativo, no sorprende que extrañemos tanto a Santos. Por lograr la paz la historia lo juzgará merecidamente bien y muchos le estaremos eternamente agradecidos. Aun así, ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre. Fue un gobernante sin carisma, que obtuvo pocos logros adicionales a la paz y, lo más grave, que contribuyó notablemente a la división política de nuestra sociedad. Duque y la aún vigencia de Uribe son el resultado. Santos, como lo viene demostrando, será mucho mejor expresidente que presidente.

 

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