Por: Cecilia Orozco Tascón

Realidad de locos

SI GARCÍA MÁRQUEZ SE PREOCUPAra por lo que reflejan sobre el país los sondeos electorales, pensaría que, a pesar de sus maravillosas descripciones sobre un Macondo mágico, se ha quedado corto ante la realidad colombiana.

La encuesta contratada por Semana y RCN y realizada por la firma Ipsos-Napoleón Franco, merece credibilidad por ser hecha por una de las poquísimas empresas responsables de este medio. Por eso, amerita una revisión.

Lo primero que hay que resaltar es que  esta es la única nación del planeta cuya prensa se ocupa de conocer un año antes la intención de voto que existe por 24 (!) presuntos aspirantes, de los cuales la mayoría no es candidata en estricto sentido, o no lo será en la contienda de 2010. Lo segundo, es que resulta insólito que Álvaro Uribe sea el ganador absoluto, aún cuando hoy sostiene la caña de que no sabe si se lanzará o no. Y no porque no sea verdad que lo prefieren, sino porque el 57% votaría por él estando seguro de que es capaz de mentir. Es más sorprendente que no lo castiguen por engañar y que, en vez de eso, lo premien con un cambio de Constitución: el 53% votaría en el referendo; que la mitad de los encuestados (55%) crea que la persecución del DAS a los supuestos opositores del Mandatario no tiene ninguna influencia en la opinión de los demás sobre el Presidente; o que el 53% suponga que los negocios multimillonarios de sus hijos le es indiferente a los gobernados, pero simultáneamente piense que el principal problema del país es el desempleo (70%). Y algo, al final, incongruente: que el 93% esté de acuerdo con que las autoridades “deben siempre respetar la ley”.

En este cuadro político resulta patético que los aspirantes favorecidos, si Uribe desaparece como contendor, hayan declarado que no tienen identidad propia: Juan Manuel Santos (19% de intención de voto) y Andrés Felipe Arias (12%) sólo se lanzarían si su jefe no es candidato; si lo hace, serían sus peones. Por tanto, son y no son al mismo tiempo y la gente les privilegia tan endeble condición. Por el lado opositor, la situación no es más cuerda. Los precandidatos —que no candidatos— del liberalismo están muy abajo en la escala. No importaría, pues falta un año. Lo angustioso es que a estas alturas del paseo los liberales no sepan si son gobierno u oposición: el 67% está de acuerdo con que haya un referendo reeleccionista y el 85% de esa cifra votaría a favor de que el Jefe de Estado pudiera ser candidato. En el Polo es menos grave el asunto pero, cosa rara, entre sus filas existen admiradores de Uribe: 19% está de acuerdo con el referendo y el 34% de ese porcentaje votaría a favor de tal candidatura presidencial. La confusión se le abona al señor Presidente, para ser sinceros, y al temor que genera, porque ningún aspirante —salvo Carlos Gaviria— se atreve a decir con la boca abierta que no es uribista y que no le gusta cómo se ha desarrollado la antidemocrática seguridad democrática.

Terminemos el cuadro psiquiátrico de la Colombia actual: Piedad Córdoba es la liberal que, habiendo declarado que no será candidata, recibiría más votos dentro de su partido. Y la odiada guerrilla —asómbrense— cuenta con la condescendencia de la mitad de la población: 49% de los encuestados estaría de acuerdo con que un grupo de subversivos armara un partido político dentro de la ley, y el 50% insistiría en el diálogo, contra un escaso 7% que ‘eliminaría’ a los guerrilleros. Sí, Gabo: éste es un Macondo uribista inimaginable, el de “la soledad del éxito, la terrible soledad del que se sabe solo entre una multitud que lo acosa y lo aclama”.

 

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