De rector a prófugo de la justicia

Víctor Hugo Hernández era el rector de la Universidad de Córdoba cuando citó en su casa a un reputado profesor, miembro del sindicato, quien allí fue asesinado. Por este crimen Hernández, quien está huyendo, fue llamado a juicio.

La investigación por el homicidio del veterano profesor de la Universidad de Córdoba Hugo Alfonso Iguarán, ocurrido en septiembre de 2000, le permitió a la justicia descubrir los nexos entre la ex directora del CTI de Montería Rosalba Negrete Flórez y los ejércitos privados de Salvatore Mancuso; el estrecho vínculo entre el dueño de una empresa de taxis, Carlos Eduardo Ochoa, que prestaba servicios a los paramilitares, y la responsabilidad del entonces rector de la Universidad de Córdoba, Víctor Hugo Hernández, como enlace y ficha de las Auc en el alma máter.

El día que el rector, hoy prófugo de la justicia, fue elegido por el Consejo Directivo del claustro académico, citó en su casa al reputado docente Iguarán, para la época dirigente de la Asociación Sindical de Profesores Universitarios de Córdoba. Una vez allí, en horas de la noche, seis hombres fuertemente armados le propinaron 11 disparos, que le provocaron la muerte. Aunque el rector se declaró consternado y una víctima más del aleve ataque de las autodefensas, e incluso declaró que le había ofrecido al profesor Iguarán ser su vicerrector académico, las autoridades pronto descubrieron la treta.

Salvatore Mancuso ordenó asesinar al profesor Iguarán y para consumar el crimen se valió del rector Hernández. El profesor, engañado, asistió a un encuentro en la casa del rector en el que jamás se ventiló la posibilidad de ofrecerle un cargo directivo. Todo lo contrario, se trató de un burdo ardid para quitarle la vida. Uno de los homicidas, Wálter José Mejía, le contó a la justicia que justo antes de perpetrar el asesinato, mediante una llamada que provino del interior de la casa de Hernández, se confirmó que el profesor Iguarán estaba allí.

Víctor Alfonso Rojas, alias Jawi, jefe urbano de las Auc, coordinó con funcionarios corruptos de la Fuerza Pública el homicidio, el desvío de la investigación y otro sinnúmero de anomalías conexas para corresponder a las órdenes impartidas por Salvatore Mancuso, quien en audiencia de Justicia y Paz reconoció el crimen y el imperio del horror que, a la sombra, edificó en la Universidad de Córdoba. Como presidente de Sintraunicol, el profesor Iguarán había levantado su voz contra las autodefensas, denunciado su mano negra y sus tentáculos corruptos para despilfarrar el presupuesto del alma máter hacia sus propósitos ilegales. Varios meses antes de su asesinato había sido objeto de un atentado, pero silenciarlo no tardó mucho.

Bladimir Rojas, alias Garrancho, un hermano de Víctor Rojas Valencia, conocido como La Vaca, junto con Champeta, El Jocho y un enlace de la Policía apodado El Principiante, fueron los autores materiales del homicidio. Según se supo, se pagaron cerca de $100 millones para acabar con la vida de Iguarán. Rosalba Negrete, como directora del CTI en la región, aportó información de inteligencia y se apalancó en recursos tecnológicos públicos para iniciar una cacería a expensas de las solicitudes de los ‘paras’. “(El rector) Hernández no ha sido víctimas de las Auc. Su llegada a la rectoría fue ilegítima. La emboscada de los ‘paras’ al profesor Iguarán fue conocida y cohonestada por él”, señaló la Fiscalía.

El ente acusador descubrió que valiéndose de su cargo como jefa del CTI en Montería, Rosalba Negrete facilitó escenarios para que la ola de violencia y pánico que se engendró en la Universidad de Córdoba no fuera investigada suficientemente y, lo que es peor, resultaran exonerados de sus responsabilidades Mancuso y sus ejércitos violentos. Asimismo, se descubrió que el dueño de una empresa de taxis, Carlos Eduardo Ochoa, recurrió a las Auc para asesinar a un gerente de taxis de nombre Armando Fuentes y cometer otra cantidad de crímenes más.

Esta historia recuerda el cuento La Universidad del Homicidio, de Giovanni Papini, que tenía un despiadado rector que no daba dos centavos por la piel de sus contertulios y que dirigía una tenebrosa escuela de altos estudios donde se graduaban sicarios profesionales.