Unasur sin Colombia

LA CUMBRE DE LA UNIÓN DE NACIOnes Suramericanas (Unasur) que se inicia hoy en Quito, se celebra —salvo alguna sorpresa de último momento— sin la presencia del país en torno del cual seguramente se centrarán las discusiones de los jefes de Estado de la región.

La ausencia de Colombia, explicable por la intención absurda de algunos de convertirlo en una especie de juicio público a los acuerdos de cooperación militar con Estados Unidos, será tal vez el hecho más destacado en esta reunión, que de otra manera habría sido simplemente una cumbre más.

Si bien la gira relámpago del presidente Uribe y el canciller Bermúdez por siete países  sirvió para explicar cara a cara detalles del acuerdo, la crisis no está aún desactivada. Y a  quienes piensan que Unasur o su derivado Consejo de Defensa Suramericano (CDS) son acuerdos de papel sin importancia práctica, la crisis  seguramente les mostrará su relevancia.

Cuando Brasil y Chile propusieron la creación del CDS, lo que estaban promoviendo era la creación de un instrumento para manejar entre los miembros de Unasur los temas de seguridad y defensa de manera concertada, es decir, lo que se conoce como una comunidad de seguridad. Sin ser una alianza militar con todas sus implicaciones, el CDS sí impone obligaciones a sus firmantes, asunto que parecería haberse ignorado en la negociación con Estados Unidos. Guardadas las proporciones, cualquier acuerdo que implique facilitar o aumentar la presencia en la región de fuerzas militares externas es como si un país de la OTAN estableciera, motu proprio, un acuerdo para acoger fuerzas rusas en su territorio. El resto de socios tendría razones (y derecho) para preguntar. Sobra agregar, eso sí, que en materia de presencia de fuerzas armadas y acuerdos con poderes externos, Colombia no es el único país que está debiendo explicaciones a Unasur.

En el manejo de esta crisis y otra serie de temas urgentes, Unasur y el CDS deberán demostrar si son instrumentos válidos y con futuro. En materia de seguridad, deberían avanzar de manera más clara hacia la concertación de políticas y acciones efectivas para enfrentar los serios problemas de seguridad que enfrenta la región. El propósito expresado en la Declaración de Santiago de marzo de 2009, de convertir a América del Sur en una zona de paz y cooperación, no podrá conseguirse si no se convierte en realidad el rechazo que en su momento se expresó hacia los grupos armados ilegales. En este frente Colombia tiene un gran espacio para ganar, pues así como está obligado a cumplir los compromisos, el resto de los países —y particularmente aquellos que se han mostrado tolerantes frente a los grupos armados ilegales— deberían honrar su palabra y cerrar todo espacio a los violentos.

La situación actual deja la diplomacia colombiana frente a uno de los desafíos más grandes de su historia, en un momento en el que el riesgo de aislamiento es creciente. En tanto el orden internacional está en proceso de reacomodamiento y países como Brasil y Venezuela ejercen políticas exteriores activistas para cimentar, en un caso, o ganar, en el otro, papeles preponderantes en la región, Colombia parecería seguir aferrado a la alianza con Estados Unidos. La gira del presidente Uribe puede haber servido para apagar un incendio que la propia actitud de Colombia había ayudado a encender. Pero los problemas están vigentes.

Pueda ser que la ausencia de Colombia en la reunión de Unasur no sea premonitoria, pues nada más peligroso que un escenario en el que las discusiones y decisiones sobre los temas más importantes que afectan a la región empiecen a tomarse sin considerar los intereses colombianos, o incluso en contra de ellos. La ausencia hoy en Quito es explicable por la retadora “citación” que la precedió, pero hacia el futuro no puede haber excusas, pues es mucho lo que está en juego.

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