“‘Rasguño’ me dijo: ‘usted es un pendejo’”

El único sentenciado por el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado cuenta sus verdades.

Tres lustros después del magnicidio del líder conservador Álvaro Gómez Hurtado, la investigación por fin parece moverse. La Fiscalía avanza en sus pesquisas con declaraciones de confesos narcotraficantes o el cruce de expedientes conexos, al tiempo que la Procuraduría evalúa con lupa los cabos sueltos con el propósito de desenterrar una verdad incómoda para muchos. En ese contexto cobran vigencia las revelaciones que le hizo a El Espectador el ex escolta Héctor Paúl Flórez, único condenado por este caso. Desde la cárcel de Palogordo, en Girón (Santander), así se despachó con este diario.

¿Cómo termina condenado por el magnicidio de Álvaro Gómez?

Me capturan en Sincelejo, en la casa de mis padres, por unos hechos que desconocía. Ese día estaba amanecido, la ‘tenía viva’. Me trataron de relacionar con personal de la Policía, el Ejército, bandas delincuenciales, paramilitarismo, pero no encontraron vínculos. Hombre, más peligroso un chocolate frío que yo. He pensado mucho que de saber que la cárcel iba a ser tan dura, yo no me hubiera dejado capturar, me hubiese hecho rellenar de plomo ahí mismo. Es duro acostarse todos estos años pensando “yo no lo maté, yo no lo maté”.

¿Y cómo explica su sentencia, ratificada por la Corte Suprema?

Nunca tuve una buena defensa, vine a la cárcel sin un peso, era un hombre iletrado. En estos 15 años me he preparado dentro de la cárcel buscando cómo defenderme. Hasta hoy no he encontrado quien revise el proceso. Ahí está la verdad.

¿Y cuál es esa verdad?

Que hubo policías, miembros del Ejército y la Fiscalía involucrados en la muerte de Álvaro Gómez. Nadie quiere meter el dedo en la llaga, porque todo el que lo hace resulta amenazado o comprado.

Pero la hipótesis de los militares ha sido fuerte todo el tiempo.

Sí, pero también la Policía participó.

¿Con basé en qué dice eso?

Con base en personal de la Policía que tuvo que ver con la captura de nosotros, quienes desde mucho tiempo atrás sabían que venían siguiendo al doctor Álvaro Gómez y no hicieron nada. En la reconstrucción de los hechos me di cuenta de que cerca de la Sergio Arboleda hay un CAI, y el día del asesinato la Policía recibió una llamada para que la gente que estaba ahí atendiera un caso lejos de la universidad. ¿Quién hizo esa llamada? Según la Fiscalía, un coronel.

¿Y eso está en el expediente?

Sí. Me condenaron con el testimonio de Guillermo Vélez Montenegro. Si ustedes lo van a buscar, lo van a encontrar en el Bronx o en el Cartucho, porque es un vicioso. Ése cuidaba los carros en la Sergio Arboleda. El señor Carlos Alberto Lugo prepara en la Dijín y en la Fiscalía, con el doctor Marroquín Grillo, que era el fiscal antiterrorista que llevaba el caso, a ese testigo, que dijo que yo había disparado. Y me capturan el 20 de noviembre de 1995, 18 días después de la muerte de Álvaro Gómez

¿Para esa época usted qué hacía?

Era escolta de seguridad privada. Yo le decía a la jueza: ¿Qué necesidad tenía de matar a Álvaro Gómez? Así me hubieran pagado toda la plata del mundo, ¿acaso era un ignorante que desconocía quién era Álvaro Gómez? Me enseñaron en la escuela que su papá, Laureano Gómez, tuvo que enfrentar una época violenta siendo presidente. Es ilógico meterme en esa vacaloca.

¿Se considera un chivo expiatorio?

Yo soy el chivo. Los medios hablan de impunidad, ¿y yo qué soy? ¿Un cero?

¿Cuando lo capturan a dónde lo llevan?

A La Modelo de Bogotá y después a El Barne (Boyacá), La Picota (Bogotá), El Bosque (Barranquilla), Ternera (Cartagena), Cómbita, en fin. De estos 15 años, estuve 10 sin poder hacer una defensa técnica porque cada vez que solicitaba la lectura del expediente, me trasladaban. Después de que fui al juicio pude leer el proceso.

¿Conoció antes del crimen a personas hoy involucradas en el caso?

A Rasguño lo vi en Cómbita. Él me dijo: “Usted no tiene que ver ahí, ¿usted de dónde es?”. Yo le dije que de Sincelejo y él me dijo: “Usted es un pobre pendejo”. Yo le conté, porque él dijo que sí sabía quién había asesinado a Álvaro Gómez.

¿Qué más le dijo ‘Rasguño’?

 Me dijo: “¿Tiene plata? ¿Tiene gente?”. Le dije que no. Me dijo: “No, entonces quédese callado, usted es un pobre pendejo que no tiene cómo enfrentar esa maquinaria”. También tengo el testimonio del jefe paramilitar que mataron, Miguel Arroyave, quien me contó que él fue tocado para participar en los hechos de Álvaro Gómez.

¿Qué le contó?

En el pabellón de alta seguridad de La Modelo, me dijo: “La gente que está involucrada en el caso de Álvaro Gómez es muy poderosa. Primero, políticos, pero segundo, gente del Estado a la que usted no tiene cómo hacerle la guerra. Esto que le estoy diciendo no se lo diga a nadie, porque si usted abre la jeta se lo tragan. En ese caso hay coroneles, gente de la Policía, generales, es que Álvaro Gómez se volvió el enemigo número uno de ellos desde que se planearon ciertos hechos”. Desconozco por qué se volvería su enemigo, pero él se volvió una piedra en el zapato para ellos.


¿Le contó algo sobre la participación de Carlos Castaño en el crimen?

Dijo que él también había sido tocado, que gente de la Fiscalía fue hasta allá al Nudo de Paramillo. Y como Héctor Paúl era de Sincelejo, zona de ingreso de paramilitares, entonces cuando me capturaron en 1995 era más fácil decir que Castaño me había mandado para Bogotá, pero yo no conocí nunca a Castaño.

¿Conoció el testimonio reciente de ‘Rasguño’?

Sí, mi papá me envió copias de la revista Semana. Si él tiene fundamentos, eso tiene algún encauce. Si tiene pruebas, grabaciones, cosas que comprometan al doctor Serpa o a otras personas. Si no, no tiene ninguna validez, porque es testigo de oídas.

Pero, por lo que ha relatado, usted también vendría siendo un testigo de oídas.

Por eso. Yo podría decir todo lo que me he enterado del caso de Álvaro Gómez, pero eso no tiene validez.

¿Entre lo que ha escuchado le han mencionado al coronel Danilo González?

Claro, me han dicho en todo lo que intervino él, que fue promotor directo. No puedo comprobar quién hizo la llamada ese día al CAI cerca de la Sergio Arboleda, pero estoy seguro de que quien quitó toda esa policía fue Danilo González.

¿Cuándo escuchó por primera vez el nombre del coronel en este proceso?

En el año 98. Yo estaba en La Picota. Por gente me enteré de que había militares, policías, mafiosos y políticos involucrados en el magnicidio. Cuando comenzó el proceso ocurrió esto: se ordena investigar un carro sospechoso que pasó por la Sergio Arboleda el día del crimen. Cuando se sabe que es de la Brigada XX, se pide que el carro sea sacado de la institución, desvalijado y su placa botada. Eso lo descubre la Fiscalía luego de una llamada anónima. ¿Por qué alteraron los registros de ese carro? ¿Qué tenían por esconder?

Cuando habló con Arroyave o ‘Rasguño’, ¿no les sugirió que testificaran a su favor?

Claro, pero Arroyave era un mafioso, un hombre que ponía a temblar La Modelo, la Policía Metropolitana le copiaba. Escuché conversaciones suyas con coroneles. El poder de la mafia es impresionante. Ángel Gaitán Mahecha también me dijo en la cárcel: “Mijo, pague eso, termine y se va para su casa tranquilo y no le va a pasar nada”.

Con tanta gente que se ha encontrado en las cárceles, ¿alguien le ha hecho mención de los asesinatos de Jesús Bejarano o del general Fernando Landazábal?

De Landazábal sí. Ese es el que estaba trotando, ¿verdad? A mí me dijeron que él supuestamente estuvo en la misma reunión en la que se encontraban los otros generales cuando estaban hablando del golpe al presidente Samper, cuando Álvaro Gómez dijo que él no participaba en eso. Entonces que Landazábal también se opuso y que eso le costó la muerte.

¿Quién le mencionó a Landazábal?

Arroyave. Él me dijo: “Mijo, si le pasó eso a un general, ¿qué le pasará a usted?”.

O sea, todos le recomendaban que se callara y ya.

Sí, porque no había de otra.

 ¿De qué otras irregularidades se ha percatado en este proceso?

Es que la hipótesis de los militares fue descartada, pero el caso mío sí fue tomado en cuenta. De los muchachos que capturaron hay tres inocentes: Ramiro de Jesús Tovar Bernal, Manuel Montero Pérez y Hernán Mauricio Cuervo, y todos caímos con las mismas pruebas. Yo fui el único al que dejaron.

¿Ellos tenían antecedentes penales?

Ninguno. El Estado tuvo que indemnizarlos. Y yo no puedo salir diciendo que tal o cual tuvo que ver en el asesinato de Álvaro Gómez. A mí me han ofrecido plata, que mi familia salga del país, rebaja de pena, pero el mal que me hicieron a mí no se lo puedo hacer a otro.

¿Le hicieron esas ofertas para qué?

Para que declare en contra de militares. Me propusieron declarar en contra de los generales Ricardo Cifuentes, Zúñiga o el coronel Bernardo Ruiz Silva. Yo dije que no quería para ellos lo que a mí me hicieron. Yo no los conozco. Segundo, no sé qué clase de culebras sean, porque no deben ser ningunos santos. Después de un tiempo en la cárcel, uno se empapa de lo que no quiere. Pero ¿cómo podría comprobar que ellos sí tuvieron que ver con el magnicidio?


¿Quién le hizo esa oferta?

Hace tres años, cuando llegué a la cárcel de El Barne, vino un fiscal de Bogotá. No me acuerdo de su nombre, fue el anterior al que está ahora.

¿Y usted denunció eso?

No, ¿para qué? Lo mandé por las mismas y le dije que no me ofreciera eso porque no tenía nada que darle. El pasado mes de agosto vino el fiscal delegado al caso, con el procurador (Gabriel) Jaimes Durán, y el doctor Enrique Gómez, sobrino del doctor Álvaro Gómez. Estuvimos hablando del caso y les dije lo mismo que estoy diciendo acá. Lo que a mí me ha mantenido vivo es el silencio. Lo que estoy diciendo aquí no se los digo a los internos. La gente sabe que yo estoy por lo de Álvaro Gómez, pero no más. Si yo hubiera hecho eso viviría como un rey, pero no puedo involucrar a nadie.

¿Qué les dijo usted a la Fiscalía y a la Procuraduría entonces?

Cuando vinieron el doctor Jaimes y el doctor Gómez yo les dije que fueran a entrevistar a Rasguño al Hombre Marlboro (Santander Lopesierra), que ellos dijeron, cuando se subieron al avión hacia Estados Unidos, que tenían pruebas sobre el caso de Álvaro Gómez. El sobrino de Álvaro Gómez me dijo: “Nosotros leímos todo el expediente y no encontramos prueba que lo vincule a usted con alguna organización”. Y me dice el procurador delegado: “Usted es inocente, pero yo necesito una prueba nueva porque esto es cosa juzgada”.

Pero usted tampoco es un angelito. Usted tiene otra condena por asesinar a un joven en El Carmen de Bolívar.

¿Que cometí un error? Sí, yo lo cometí, y yo no espero que el Estado me reponga todo el tiempo que he estado preso por la negligencia de la justicia. Pero no tuve nada que ver en el caso de Álvaro Gómez. Mire, de todo el armamento que se utilizó en la muerte de él, las balas no aparecen. ¿Quién sacó las ojivas de la Fiscalía? Que no vayan a decir que yo, porque estoy preso. Tuvo que haber sido alguien que estaba en la Fiscalía y que le convenía sacar las ojivas para que no se supiera qué clase de armamento se utilizó en la muerte de Álvaro Gómez, si fue armamento oficial o de delincuencia. Y no creo que haya sido delincuencia. Si hubiera sido así, hubieran dejado las ojivas.

Mucha investigación, pocos resultados

El 2 de noviembre de 1995 el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado fue asesinado en horas de la mañana cuando salía de dictar clases en la Universidad Sergio Arboleda, de Bogotá. El magnicidio estremeció al país y desvió la tormenta política que vivía el gobierno de Ernesto Samper por cuenta del escándalo por la narcofinanciación de la campaña presidencial.

El expediente, sin embargo, poco ha avanzado en los últimos 15 años y apenas hace poco se oyó en declaración al confeso capo Hernando Gómez, alias Rasguño, quien prendió su ventilador. Su testimonio es evaluado por la justicia, así como el del condenado ex ministro Fernando Botero Zea, quien no dudó en calificar el acontecimiento como “un crimen de Estado”.

El otro homicidio de Flórez

Natural de Sincelejo, Sucre, Héctor Paúl Flórez relató que poco después de pagar su servicio militar obligatorio en 1993, “maté a una persona, me habían dicho que era guerrillero y pensé que no había que dejarlo vivo”. La víctima era de Carmen de Bolívar (Bolívar). Por ese hecho lo condenaron también a 40 años. “Le quité la vida a una persona, no sabía en lo que me estaba metiendo, fue una locura. Pero no lo hice porque perteneciera a una banda de sicarios, lo hice por rabia. Pero la Fiscalía lo tomó como indicio y concluyó: ‘Si él es capaz de quitarle la vida a una persona, es capaz de actuar en lo otro también’ (el crimen de Álvaro Gómez)”. Según señaló, durante su paso por el Ejército la guerrilla asesinó a 21 de sus compañeros.

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