Internet y una nueva forma de pensamiento

La red fue incluida en la lista de nominados para el Premio Nobel de la Paz 2010.

Internet puede ser, después del invento de la escritura, la mayor revolución cultural del hombre. Se trata de un conjunto descentralizado de redes para la gestión de información, integradas en una sola red lógica de alcance mundial. Su corazón es una vasta memoria virtual de consulta inmediata y de capacidad impensable, que cada segundo crece en un volumen que supera con facilidad lo que un hombre estudioso puede llegar a conocer en toda su vida. Una memoria sin límites, sin titubeos, sin lapsus, sin fatiga, sin la erosión de los años. A diferencia de la humana, es una memoria fría, sin los sesgos emocionales que distorsionan, en permanente período de crecimiento y, en consecuencia, siempre joven.

Así como el microscopio y el telescopio, extensiones poderosas del fenotipo humano, ampliaron nuestra visión y nos revelaron facetas desconocidas del Universo, internet se ha convertido en una extensión de la memoria personal y, con ello, en una herramienta del pensamiento y la inteligencia. Un sabelotodo integrado por miles de millones de neuronas de estado sólido trabajando en paralelo e interconectadas por puentes transitados a la velocidad de la luz. Es en internet, las sagradas escrituras del siglo XXI, donde ahora encontraremos todas las verdades reveladas. Reveladas por la inteligencia humana, debe entenderse. Y multitud de falsedades, también, y de basura (ese es su problema). Información rápida, pulpita, que no demanda esfuerzo, al alcance de todos los cerebros, superficial, pero suficiente para una vida intelectual interesante. Y si más se requiere, será posible ahondar en ella hasta profundidades insondables. En principio, nada lo prohíbe.

El gran valor de la memoria de internet reside en su peculiar estructura. Las unidades de conocimiento acumuladas en ella están ligadas por infinidad de flechas que apuntan en todas las direcciones. Vasos comunicantes que la integran de una manera asombrosa. Por eso dicen que la información está en todas partes y en ninguna. Esa arquitectura especial nos permite viajar directamente de un ítem a otro de manera casi instantánea, independientemente de que su parentesco sea muy débil. Sin esa concatenación, la información de internet sería una masa informe de datos, desarticulados, farragosa y de poca utilidad.

Se sospecha que el cerebro humano opera de manera similar: al tiempo que memoriza algo, crea un amplio conjunto de líneas relacionales que conectan el recuerdo de múltiples maneras con una parte de las memorias ya establecidas. Por eso basta pensar en un objeto para que el sistema interno subconsciente se deslice por atajos inverosímiles a través de la maraña de datos hasta llegar al recuerdo correspondiente. El tiempo de ejecución es tan corto que tenemos la sensación de que el proceso es instantáneo. Por eso un conferencista puede hablar continuamente y con ilación sin esfuerzo aparente.

Somos devoradores de información, una raza emergente de humanos, dotados de una nueva manera de pensar. Sólo dedicaremos nuestro esfuerzo mental a aquellos problemas inéditos, pues lo ya pensado se consulta en un instante. La inteligencia se irá auxiliando de las experiencias de otros, de muchos, de legiones de cerebros. Y en internet encontraremos multitud de respuestas, con la pretensión, alcanzable en pocos años, de encontrar allí toda la sabiduría.

Sin poseer inteligencia de la humana, neuronal, de estado líquido, internet es capaz de simularla. En potencia, puede contener todas las soluciones conocidas en el momento. Y también, no cabe duda, dispondrá de algoritmos inteligentes para la solución de problemas nuevos. El análisis y la inferencia se cambiarán muchas veces por una búsqueda eficiente: en lugar de hacer inferencias, viajaremos en un solo paso de las premisas a la conclusión.

Pero podría fomentarse la pereza intelectual. Se teme que las máquinas que simulan el pensamiento terminarán haciendo que nosotros dejemos de pensar. ¡Falso! El pensamiento se irá desplazando a los sitios donde realmente se lo necesita. Un profesor de matemáticas experimentado no piensa los problemas, los consulta en su banco de memoria, los recuerda, como un dios omnisapiente, y así economiza pensamiento, al tiempo que maximiza la velocidad de operación. El cerebro disfrutará de más tiempo de ocio creativo.

Los métodos de enseñanza y el material enseñado tendrán que cambiar, y lo tienen que hacer de manera drástica. Ya la meta no será la erudición, pues basta consultarle a la red: la Gorgona de mil cabezas responderá por nosotros. Sabremos lo que saben todos los sabios juntos. El énfasis se hará en la comprensión de los conceptos fundamentales, nada de hojarasca. El propósito esencial de la educación será adiestrar el pensamiento, la creatividad, el ingenio, las variadas formas de inferencia, las destrezas operativas, sin preocuparnos por el olvido. Formación en lugar de información.

Internet es políglota, al alcance de todos los humanos, sin distinción de lenguas, aunque se privilegia el inglés, la lengua nativa del nuevo oráculo. Por eso es fácil predecir que el idioma universal, el tan soñado esperanto, por circunstancias fortuitas, será el inglés. Y los equipos de trabajo, multidisciplinarios y multinacionales se integrarán alrededor del idioma de Shakespeare: ese será el aglutinante que evitará perdernos en los laberintos de una torre de Babel incomunicada.


La gran red nos permite sacarle partido honesto al plagio, y cobra especial valor cuando se trata del plagio creativo, fértil generador de ideas: partir de lo conocido y no inventar lo ya inventado. Para eximirnos del riesgo de volver a inventar la rueda, comentó alguien. Con la ventaja de la inmediatez: nuestros aportes pueden darle la vuelta al mundo en sólo segundos, sin necesidad de padrinos influyentes, ni de mecenas, y sin necesidad de contar con la fama que dispara y propaga. Es en realidad una democracia de la producción intelectual. Nuestros humildes aportes pueden salir a la luz pública sin discriminaciones, sin dilaciones, sin complejos de inferioridad.

En particular, la escritura se ha visto potenciada, en conjunción, claro está, con su hermano siamés, el computador personal. La forma de elaborar un escrito está cambiando y seguirá haciéndolo. El ensayista consulta, selecciona, “corta y pega”, y luego modifica, aporta nuevas ideas, inventa sobre el substrato formado, luego sazona con el estilo propio. Pero, ojo, hay un peligro, el plagio desvergonzado: cortar, pegar y firmar. Sin embargo, internet, a la vez que propicia la enfermedad ofrece la medicina: existen poderosos algoritmos de búsqueda que revelan en segundos los fraudes.

Gracias a internet, disponemos ahora de un tutor infalible de gramática, ortografía y estilo, amén de diccionarios con el uso correcto de palabras y expresiones, de sinónimos y antónimos, de diccionarios en todos los idiomas, de referencias bibliográficas, y de citas, anécdotas, ilustraciones… Todo a la distancia de un clic. Seremos más versátiles, más universales, más sabios. Aunque se trate de sabiduría prestada. Pero si bien se mira, toda la sabiduría es prestada.

Podremos aprender sin profesores, pues internet se ha convertido en el gran maestro, sabio y actualizado. Un maestro sin aula, infatigable, siempre disponible. Con ventajas: podemos aprovechar las imágenes estáticas, las dinámicas de la cinematografía y la animación para aprender mirando. Ya sabemos que una imagen vale más que un mundo de palabras. De allí que la imaginación se esté magnificando de un modo antes desconocido, y con ello comienza a abrirse una compuerta mágica que nos llevará a un universo insospechado de ideas novedosas. La creatividad ha resultado hipertrofiada. Los resultados comienzan a ser asustadores.

Con internet adquirimos el don de la ubicuidad: estamos en todas partes, como las divinidades. En frente de los fenómenos más espectaculares de la naturaleza, al lado de los animales más extraños, en las profundidades marinas, en la selva inhóspita, en la Luna y en Marte, en los laboratorios, en los museos… Podemos presenciar en tiempo real lo que se hace en cada pequeña parcela del mundo, sin salir a la calle. Y las redes inalámbricas permiten que nos conectemos con el conocimiento desde nuestro escritorio, desde el bar, desde la cama, desde el avión…

La gran red ha empequeñecido el mundo. El investigador ahora puede trabar amistad con los colegas, formar grupos de discusión, argumentar, ampliar los conocimientos, lanzar ideas propias. En fin, pueden integrarse equipos virtuales de trabajo multidisciplinarios, sin importar las distancias físicas, a veces residenciados en países antípodas, sin importar el reloj ni el calendario, porque internet no tiene horarios de trabajo ni festivos. Podemos ver al interlocutor, sentir su presencia, asomarnos a su trabajo. Podemos entrar al blog de personajes importantes y aprender de ellos. Y el correo electrónico permite visitar al colega sin importunarlo cuando está ocupado, pero sin odiosas antesalas. La inteligencia se amplía por suma y complemento.

Internet crea preguntas inquietantes. Al crecer sin límites su complejidad, se pueden presentar fenómenos emergentes, imposibles de predecir. ¿Qué sorpresa nos deparará internet, red de redes? ¿Aparecerá, acaso, una nueva forma de inteligencia, sobrehumana? Y, ¿qué podremos decir de la conciencia en la máquina?

* Antonio Vélez Montoya:

Ingeniero Electricista de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín) y máster en matemáticas de la Universidad de Illinois (Estados Unidos). Es autor de los siguientes libros: ‘Álgebra moderna’ (Universidad de Antioquia, Medellín, 1989), ‘El hombre, herencia y conducta’ (Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1990, segunda edición), ‘Del big bang al Homo sapiens’ (Villegas

 

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