El vizconde, el barón y el caballero

El próximo 19 de septiembre se cumplen 31 años de la muerte de Italo Calvino, un hombre que creía ciegamente en la escritura como forma de vida.

Italo Calvino, autor de “El barón rampante” y “El caballero inexistente”, entre otras novelas.  / AFP
Italo Calvino, autor de “El barón rampante” y “El caballero inexistente”, entre otras novelas. / AFP

“Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que sólo la literatura, con sus medios específicos, puede dar”. Italo Calvino (Santiago de las Vegas (Cuba), 1923 - Siena (Italia), 1985)

En la nota final de Nuestros antepasados (Siruela, 2004), Italo Calvino responde las preguntas de un lector interesado en sus decisiones narrativas. Habla de ese acto obstinado de escribir, del laberinto de opciones de un autor, de entender las razones por las cuales se escribe y del significado de sus personajes. Leer la nota, después de terminar las tres novelas cortas que lo componen, es como tener al autor en frente contando de qué estuvo hecha su magia en este libro.

Calvino comenzaba sus historias con una imagen a la que le daba vueltas y vueltas hasta que se convencía de que tenía sentido. Por ejemplo: medio hombre a lo largo, es decir, un brazo, una pierna, medio torso, media cabeza. ¿Cómo llegó el personaje a perder su mitad?, ¿qué dice la gente del pueblo al verlo?, ¿cómo se relaciona con los demás? Al responderse y, por supuesto, sentarse a escribir, terminó El vizconde demediado (1952). Seis años más tarde, otra imagen: un niño sobre la rama de un árbol que se niega a bajar. ¿Por qué razón el niño nunca más pisa tierra?, ¿cómo logra sobrevivir en medio de las ramas?, ¿se enamora, lee, viaja? Esta imagen convertida en historia es El barón rampante (1957).

Tiempo después le llegó no una imagen, como solía pasarle, sino una idea: sólo por su fuerza de voluntad, una armadura logra hablar, moverse y existir. Entonces comenzó a pensar en los otros personajes que le servirían para darle forma a la novela: “si la armadura es la individualidad de conciencia, alguno debe ser la individualidad física, otro debe buscar ser alguien y descubrir quién es; y otro más no querer ser él mismo”. Y así aparecen Agilulfo, la armadura que “es”; Turrismundo, quien se busca a sí mismo, y Bramante, quien no quiere ser. Al salir de este nuevo laberinto, Calvino escribió El caballero inexistente (1959).

Ya tenía una vista panorámica de las tres novelas, y ahora sus preguntas no estaban relacionadas con el destino de los personajes sino con su oficio de escritor: “¿Por qué he escrito esto?, ¿qué sentido tiene este tipo de narrativa en el marco de la literatura actual?”. Se dio cuenta del “yo” presente en cada una; todas parecían ser una unidad. Y entonces, las tres reunidas conformaron Nuestros antepasados. En la nota al final del libro, Calvino escribe: “Quisiera que —las novelas— pudieran ser vistas como un árbol genealógico de los antepasados del hombre contemporáneo, en el que cada rostro oculta algún rasgo de las personas que están alrededor, de ustedes, de mí mismo”.

Escribió que, sin darse cuenta, estaba influenciado por la atmósfera de esos años de Guerra Fría y, como no aceptaba el ambiente negativo de la época, de alguna forma buscaba salir de él. Lo hizo por medio de sus personajes, que siendo fantásticos estaban muy bien atados a lo que sucedía, y sigue sucediendo, en este planeta: guerras, religiones, destierros. Cada libro por aparte tenía a su vez un contexto histórico: El vizconde demediado en el siglo XV, en la revuelta de Bohemia; El barón rampante durante la Ilustración y la Revolución francesa; El caballero inexistente en la Edad Media, junto a Carlomagno. Las tres historias fueron escritas entre 1951 y 1959, cuando “nuevas esperanzas y amarguras se alternaban”. Alternancia que apenas comienza en muchos países de Latinoamérica.

Ya sea que el vizconde represente la dualidad o la unidad, el barón la determinación o la huida del mundo, o el caballero la conquista del ser, es decisión de cada lector interpretarlo como quiera, y el autor dejó abierta la puerta para esto. De lo que Calvino estaba muy seguro era de su tema narrativo en el libro: “una persona que se fija voluntariamente una regla difícil, y la sigue hasta sus últimas consecuencias, porque sin ella no sería él mismo para él ni para los demás”. Hablaba del vizconde, del barón y del caballero, y, por qué no, de él, de la decisión extrema de escribir como oficio.

El autor estaba redactando “Consistencia”, la última de sus Lezioni americane (Seis propuestas para el próximo milenio) cuando le dio un ictus y murió. Era el 19 de septiembre de 1985. Dejó obras inolvidables como: Las ciudades invisibles o Si una noche de invierno un viajero. Al principio de sus propuestas había escrito: “Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que sólo la literatura, con sus medios específicos, puede dar”.

Durante todas las claves de carpintería de escritor, que es la nota final de Nuestros antepasados, el lector interesado en estos temas intenta responder y crear una conversación imaginaria —tan inútil como cualquier otra—, pero con el objetivo de entender las decisiones del autor sobre sus personajes. ¿Para qué? La literatura es una causa por sí misma, una forma de aferrarse al mundo. Al final lo importante no es la invasión inevitable del miedo al hacer algo, o perder quizás parte de uno mismo —demediarse— en el intento. El problema es la pérdida total, es decir, la fuerza de voluntad, la causa y la misión, y dejar la armadura vacía. Sólo siendo tan “despiadadamente” él mismo, como lo fue El barón rampante hasta su muerte, pudo dar algo a los demás.

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