Homenajes y referentes

Con la tradición y el sello moderno del mejor Hollywood, asistimos a una brillante comedia musical y romántica que le rinde culto al cine y evoca piezas melodiosas de sus varias edades de oro. Recrea igualmente la cultura urbana de Los Ángeles, el jazz del siglo XXI y ese amor proveniente de cantar y danzar en pareja. Del estilo artístico por definición a un género decididamente sentimental, fusiona algunas décadas y constituye un tarareo para el espíritu cuando La La Land propone nostalgias de tonalidades sugestivas.

Emma Stone (Mia) es una actriz que va de audición en audición en busca del papel de su vida. / Dale Robinette
Emma Stone (Mia) es una actriz que va de audición en audición en busca del papel de su vida. / Dale Robinette

En torno a la populosa ciudad de Los Ángeles (L.A.), presente desde su título en versión original, de inmediato nos transportamos a la maravillosa e irrepetible cinta que homenajea de hecho a “una ciudad de sueños” —tal como se le conocerá en las pantallas colombianas—. Avenidas y bulevares, playas, parques, cafeterías y mercados con vistas panorámicas y telones de fondo. En particular: Long Beach y Hermosa Beach, Pasadena y Chinatown, Watts Tower, el Teatro Rialto y Sunset Boulevard —entre otras ensoñadoras locaciones—.

Pero el guiño número uno es para Hollywood, la meca del cine, aquel lugar “donde las estrellas brillan más que en el firmamento”. Desde el formato Cinemascope y la paleta derivada del Technicolor años 50, a referentes iconográficos de tal década prodigiosa como el Observatorio Griffith donde transcurre la secuencia final y decisiva de Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955). Se sugiere una economía apretada, derrotista y triste, cuando pasan los años y aún se recuerdan las épocas difíciles y frustrantes que se vivieron.

Invitadas de primer nivel son las comedias musicales rememoradas por todo buen cinéfilo. Gracias a figuras inmortales que cantan y danzan como Fred Astaire, Ginger Rogers y Gene Kelly. Basta subrayar un par de clásicos del género: Cantando bajo la lluvia (Donen-Kelly, 1952) y Un americano en París (Vincente Minnelli, 1951). Si Ryan Gosling copia el tap y los movimientos corporales de Kelly, Emma Stone posee la fuerza expresiva de una comediante integral de técnica virtuosa.

Los conocedores se remontan a las cintas inmortalizadas del dúo estelar Fred & Ginger: Sombrero de copa (Top hat, 1935) y En alas de la danza (Swing time, 1936). En su banda sonora resurgen de la memoria canciones popularizadas por el vodevil y las melodías de Broadway compuestas por el ruso-americano Irving Berlin, más la dirección musical de un George Gershwin, o quizás de Max Steiner. Pero es el director escénico Vincente Minnelli quien parece estar vivo durante su proyección.

Existe una referencia mucho más precisa que se sale del molde acostumbrado por Hollywood. Son amoríos melodiosos y de contextos realistas concebidos por el realizador francés Jacques Demy: Los paraguas de Cherbourg (1964) y Las señoritas de Rochefort (1967). Hay espacio para citar los esquemas narrativos del primero: empleada de un almacén de sombrillas se enamora de un mecánico que presta servicio militar y parte a la guerra —érase la bella veinteañera Deneuve y su partenaire italiano Nino Castelnuovo—.

A partir de su rítmica obertura, se trazan las huellas del Fellini 8½ (1963): Tráfico abre la puesta en escena coreografiada de un centenar de bailarines y decenas de automóviles multicolores cuyo impacto audiovisual persistirá en nuestras memorias. Un embotellamiento, en Century y Harbor Freeway, que exalta los sentidos e invita a bailar tap encima de los automóviles. Porque El show debe seguir (All that jazz)… así lo pregonaba en 1979 el coreógrafo Bob Fosse. Reencuentros, miradas e interpretaciones pianísticas que aluden a Casablanca (1942). Amor inmediato, distante pero perdurable, desatado por atracciones recíprocas e instantáneas. Flechazos imborrables que marcan el paso del tiempo, con miradas furtivas y reencuentros perseguidos sin importar las pocas posibilidades de trazar un rutero hacia el futuro. Siempre estarán enamorados, aunque las circunstancias lo impidan: Mia —camarera con vocación de actriz— y Sebastián —pianista que sueña con abrir un club—.

En su banda sonora se imponen nuevas melodías temáticas para silbar o tararear como City of stars, Dreamers y Start a fire. Un par de estupendos intérpretes en las cúspides del estrellato: Emma Stone (de Arizona) y Ryan Gosling (de Ontario, Canadá). Mientras la primera transmite una real gama de emociones faciales particularmente en sus audiciones, el segundo canta y toca el piano con evidente naturalidad.

El jazz, cuya “influencia en el siglo XXI no se extingue”, mantiene el brillo contemporáneo y ecléctico, o de fusión, del muy inspirado compositor del neo-soul John Legend. Solos improvisados de piano en clubes nocturnos, interpretados por Gosling, nos llevan al leitmotiv favorito de Casablanca (As time goes by). Si Whiplash: música y obsesión recreaba los golpes de un baterista en busca de la perfección, ahora el director y escritor Damien Chazelle nos ofrece un vibrante entretenimiento merecedor del Óscar.