La globalización no es un monstruo

El premio Nobel de Economía habla de las necesidades del mundo para ir a la par con el desarrollo y, para ello, asegura que la prioridad no debe ser la reducción de la desigualdad sino cambiar la forma de financiación de la política.

Para Angus Deaton el crecimiento económico depende de la globalización y de la desigualdad legítima. / AFP

El nuevo año que comienza encuentra la globalización convertida en mala palabra. Para muchos, es sinónimo de una conspiración de las élites para enriquecerse a costa del resto. Según sus críticos, la globalización lleva a un aumento inexorable de la desigualdad de ingresos y riqueza: los ricos se enriquecen y los demás se quedan con nada. Un monstruo engendra al otro.

Esta idea tiene un núcleo de verdad, pero se equivoca más de lo que acierta. Y esas equivocaciones tienen consecuencias: la menor de ellas es la búsqueda del chivo expiatorio, la más preocupante es la aplicación de políticas erradas que probablemente empeoren los problemas (que son reales).

Lo primero que debemos comprender al pensar en la globalización es que esta benefició a una cantidad inmensa de personas que no forman parte de la élite global. A pesar del incesante crecimiento poblacional, la cantidad de personas pobres en todo el mundo se redujo más de mil millones en los últimos treinta años. Los beneficiarios incluyen a expobres en (entre otros países) la India, China, Vietnam, Tailandia, Malasia, Corea del Sur y México. En los países ricos, se benefician todos los grupos de ingresos, porque la globalización abarata los bienes (teléfonos inteligentes, ropa, juguetes, etc.). Las políticas que buscan revertir la globalización sólo provocarán una pérdida de ingresos reales al encarecer los bienes.

En países como Estados Unidos, el llamado a poner freno a la globalización refleja la creencia de que generó traslado de empleos hacia lugares como México o China. Pero la mayor amenaza a los empleos tradicionales no son los trabajadores de estos países, sino los robots. Por eso la producción fabril estadounidense sigue creciendo aunque el nivel de empleo del sector disminuye.

De modo que deberíamos concentrarnos en cómo manejar el cambio tecnológico veloz para que beneficie a todos; una tarea ardua, pero no imposible, para la que aranceles y guerras comerciales no serán de ninguna ayuda.

Es verdad que la globalización impulsó un aumento de la desigualdad de ingresos. Pero es mayormente digno de aplauso, no de condena. Que la desigualdad sea mala depende de cómo se produce y de qué provoca. No hay nada inherentemente malo en la desigualdad.

En la India y China, la globalización trajo consigo mayor desigualdad de ingresos, porque creó oportunidades nuevas (en el sector fabril, de servicios y de desarrollo de software) que beneficiaron a millones de personas. Pero no a todos. El progreso funciona así; tal vez preferiríamos que todos prosperen a la par, pero eso casi nunca sucede. Lamentar este tipo de desigualdad es lamentar el progreso mismo.

También en los países ricos, una parte del aumento de la desigualdad es reflejo de mejores oportunidades derivadas de la apertura a un mercado internacional. Los poseedores de talento e innovaciones excepcionales ahora tienen todo el mundo para enriquecerse. ¿Qué delito hay en ganar dinero compartiendo el talento propio con otras personas o creando cosas nuevas que benefician a todos?

Por supuesto, la desigualdad tiene su lado oscuro. Los ricos tienen influencia política desproporcionada, y a menudo pueden cambiar las reglas en beneficio propio, de sus empresas o de sus amigos. En Estados Unidos, este problema no afecta tanto a las elecciones presidenciales, que siguen siendo abiertas, sino (y mucho) al Congreso, donde nuestros “representantes” están tan limitados por la necesidad de obtener fondos que difícilmente sean electos o conserven el cargo sin apoyo de intereses adinerados.

Esto no quiere decir que los legisladores sean corruptos, sino que, como señaló Lawrence Lessig, de la Escuela de Derecho de Harvard, la institución es corrupta e incapaz de representar a la gente desprovista de la influencia que da el dinero. Pero eso no implica que la mejor solución sea reducir la desigualdad, sino que hay que cambiar la forma de financiación de la política. Que los ricos compren yates, creen fundaciones o se hagan filántropos, pero que no compren el gobierno: eso no debería estar a la venta.

Más en general, el verdadero monstruo es la desigualdad derivada de la conducta “rentista” (enriquecerse con el sudor ajeno sin contribuir nada de valor a la economía). Algunos ejemplos clásicos son los banqueros que presionan al gobierno para debilitar regulaciones y después, cuando los bancos quiebran, dejan a los contribuyentes un costoso desastre que arreglar. Los programas de rescate derivados de sus errores supusieron la entrega de sumas asombrosas de dinero público a personas que ya eran fabulosamente ricas.

Por ejemplo, en Estados Unidos, la Asociación Federal Nacional Hipotecaria y la Corporación Federal de Préstamos Hipotecarios (enormes agencias financieras con respaldo del gobierno) usaron su influencia política para que el Congreso no pudiera regularlas, mientras seguían pagando dividendos a sus accionistas privados y alimentando la crisis inmobiliaria. Asimismo, los grupos de presión del sector agrícola obtienen miles de millones de dólares en subsidios cada año; las empresas farmacéuticas tienen más incentivos para presionar al gobierno en busca de aumentos de precios o extensiones de patente sobre productos ya existentes que para desarrollar fármacos nuevos; los magnates inmobiliarios hacen cambiar el código impositivo para pagar menos.

Estas conductas producen incluso menos que nada, porque frenan el crecimiento económico. Si la forma más fácil de hacerse rico es el robo legalizado ¿para qué molestarse en innovar y crear?

Arlie Russell Hochschild, de la Universidad de California en Berkeley, ha escrito sobre la rabia que sienten ciertos grupos de personas ante el avance de otros. Esta rabia no tiene justificación cuando, por ejemplo, es la reacción de estadounidenses blancos acostumbrados al privilegio racial que ahora tienen que adaptarse a un mundo más igualitario; pero sí la tiene cuando apunta a un gobierno que enriquece a grupos de intereses especiales a costa de todos. En una economía con poco o nulo crecimiento, donde lo que gana uno sólo puede salir de lo que pierde el otro, semejante robo legalizado es inaceptable.

El crecimiento depende de la globalización y de la desigualdad legítima. No podemos ignorar a los que sufren, pero tenemos que asegurar que nuestros “remedios” no sean peores que la enfermedad. El verdadero monstruo son los rentistas que han llegado a tener tanto control del gobierno. La desigualdad que ellos forjaron es la que debe ser eliminada.

Angus Deaton, Premio Nobel de Economía 2015, es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton.Traducción: Esteban FlaminiCopyright: Project Syndicate, 2016.www.project-syndicate.org