Por: Arlene B. Tickner

Medios a medias

Es una obviedad que los medios masivos de comunicación inciden en la calidad de la democracia y del debate público. En la medida en que la televisión, la radio, la prensa y, crecientemente, el Internet y las redes sociales son la fuente principal de información acerca de la realidad, participan activamente en la comprensión y en la formación de opiniones sobre esta. Pese a la divergencia de posiciones acerca de su rol positivo o negativo, hay consenso de que los medios deben diseminar información relevante y comprehensiva que permita su actuación como perro guardián, y servir como espacios de deliberación que reflejen la diversidad de perspectivas que existen al interior de toda sociedad. Los pocos estudios comparativos existentes sugieren que aunque el ejercicio de estas funciones varía considerablemente alrededor del globo, entre mejor el desempeño de los medios, mayor la tendencia a la participación política y actuación robusta de la sociedad civil, y menor la corrupción.

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En elecciones, la influencia de los medios se deriva de varios factores, entre ellos el tiempo que dedican a la cubertura de cada candidato y la forma de cubrirlo, la visibilidad y el encuadre de distintos temas, y el modo en el que participan en los debates. Si bien el efecto concreto de estos últimos –practicados hoy en al menos 89 democracias y no democracias– sobre el voto no es del todo claro, son esenciales al proceso democrático al exponer a los votantes a las propuestas, habilidades y personalidades de los candidatos, y al cultivar sus actitudes cívicas. En casos como el de Colombia, en los que hay segunda vuelta, la literatura sugiere que los debates también afectan el voto de quienes deben seleccionar otro candidato, y el de los indecisos, conclusión similar a la que llegan los análisis de países con una sola vuelta en los que el voto es reñido, hay indecisión o la afiliación partidista es débil.

Mario Morales, columnista de El Espectador, sugiere en Razón Pública que si en la primera vuelta los medios colombianos perdieron su influencia –dado su lánguido papel en los debates– en la segunda dilapidaron su credibilidad por el sesgo evidente con el cual muchos (a lo Fox News) representaron e interactuaron con Iván Duque y Gustavo Petro. Además de afirmaciones explícitas a favor de uno y en contra de otro, el tipo de preguntas hechas a los candidatos –por un lado sobre la mamá y los gustos musicales, y por el otro sobre la declaración de renta y las alternativas productivas al fracking– así como las entonaciones (amables o agresivas) de voz y el lenguaje corporal transmitieron emociones, odios y afectos con resonancia indiscutible e indebida.

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Critica igualmente a los medios, Yolanda Reyes, en El Tiempo, por no insistir en el debate con el único candidato dispuesto a realizarlo, pese a la renuencia de Duque, cuya “astucia” al eludirlo fue hasta aplaudida. Actitud que refleja, como señaló Rodrigo Uprimny hace poco en este diario, una cultura política parroquial y de súbdito. ¿Se imaginan que un candidato en Estados Unidos, Francia, Canadá o incluso Irán, se niegue a asistir a un debate, al final del ciclo electoral, y que no pase nada? Urge una discusión sobre el desempeño a medias de los medios en Colombia.

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