Por: Gonzalo Silva Rivas
Notas al vuelo

Por los laditos

Hace poco más de tres décadas comenzó a hablarse de la serranía de Chiribiquete, exuberante y apabullante región devorada por la selva, que por cosas del azar fue divisada por el entonces director de Parques Nacionales, Carlos Castaño Uribe. Una tormenta desatada durante un recorrido previsto por el parque Amacayacú, en Leticia, obligó a la avioneta en que viajaba a desviar su rumbo hacia el sur de San José del Guaviare hasta sobrevolar un majestuoso pero desconocido paisaje que ni siquiera figuraba en la cartografía nacional.

Un par de años después, en 1989, Chiribiquete fue declarado Parque Nacional Natural, luego de investigarse sus entrañas y descubrirse una caja de sorpresas con inimaginables entresijos. En el interior de este bosque espeso, uno de los lugares más biodiversos del planeta, se nutren por millares, especies de plantas, mariposas, anfibios, peces, aves, reptiles y mamíferos, algunas aún sin documentar. Allí, donde se siguen descubriendo nuevas variedades vivas, habita el colibrí esmeralda —único en el mundo—, los venados de cola blanca, las dantas y las nutrias; y poco a poco se extinguen los jaguares y el mono churuco, un robusto y barrigudo primate de gran tamaño.

Sin embargo, el secreto mejor guardado de este enclave ambiental es su invaluable legado cultural. En muchas de sus formaciones rocosas, que emergen verticales entre la selva virgen —denominadas tepuyes—, reposa un milenario museo. En mesetas que llegan a elevarse hasta 900 metros aparecen dibujadas centenares de pinturas indígenas, algunas en alturas inaccesibles para el ser humano. Son dibujos rupestres de calidad gráfica que resisten el paso del tiempo desde hace 20.000 años, y que pueden compararse con los de la cueva de Altamira, en España, centro de uno de los principales ciclos pictóricos de la prehistoria.

Las comisiones de investigación han detectado en los últimos años la presencia de pinturas recientes, elaboradas por comunidades indígenas que habitan en la zona y que llegan hasta sus profundidades para celebrar rituales chamánicos. El santuario, localizado a nivel de la línea ecuatorial, es el lugar más sagrado de su territorio. Estas comunidades, que pueden sobrepasar la decena, carecen de contacto con la civilización y para respetarles su aislamiento existen claras prohibiciones de cruzar sus fronteras.

La desafiante reserva, ubicada entre los departamentos de Guaviare y Caquetá, acaba de ser declarada Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por la Unesco, tributo a una de las maravillas patrimoniales con carácter mixto más importantes del mundo. Abarca 4,3 millones de ha, donde conviven cuatro ecosistemas diferentes surgidos en la era del paleozoico, que han sido delimitadas por el Gobierno como área protegida.

Chiribiquete estuvo históricamente oculto y su soledad y olvido nacional de alguna manera lo mantuvieron blindado de la depredación. Aunque su nivel de deforestación es menor al diez por ciento, enfrenta la amenaza de los cultivos ilícitos, sumada a las presiones que generan la explotación minera y la ampliación de la frontera agrícola y ganadera. En los años 80 del siglo pasado, el llamado Cartel de Medellín se apropió de sus linderos y en medio de pistas de aterrizaje ilegales construyó el mayor laboratorio para el procesamiento de pasta de coca del país, conocido como Tranquilandia.

Los narcotraficantes perdieron el control de la zona y dieron paso a las Farc, que trazaron entre la jungla sus rutas de conexión y bajo el fragor de la guerra incidieron, paradójicamente, en su conservación, alejando a la delincuencia común y a los colonizadores humanos. Tras el Acuerdo de Paz, el consiguiente retiro de la guerrilla y el reconocimiento hecho por la Unesco, el Gobierno asume el enorme compromiso de cuidar y resguardar este paraíso natural y cultural, y queda con la responsabilidad de ejercer la gobernanza y proveer una política pública de desarrollo a las comunidades de la periferia, a fin de asegurar las condiciones que les permitan convertirse en guardianes de sus propios tesoros.

Chiribiquete, en el que Bogotá cabría una veintena de veces, es una tentación que inspira al turismo de aventura, pero existen válidas razones para prohibir su uso con esta finalidad. Sin embargo, por ser un patrimonio material e inmaterial que nos pertenece a todos, podría planificarse su acceso sostenible por las veredas y resguardos colindantes a través de una infraestructura básica y segura para ecoturismo y la autorización de sobrevuelos comerciales, como sucede con el Cañón del Colorado, en Estados Unidos, o las Líneas de Nazca, en las pampas peruanas de Jamana, evitando así su afectación. 

Ojalá que, para dimensionar su majestuosidad, los colombianos pudiéramos tener el derecho y la oportunidad de acercarnos y conocerlo a simple vista, aunque sea por los laditos.

[email protected]

@Gsilvar5

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gonzalo Silva Rivas

Providencial calentao

Hacer el fracking

Por partida doble

La crema al pastel

Por naturaleza