Por: Arlene B. Tickner

Surrealpolitik

La realpolitik tiene origen en los escritos de clásicos como Maquiavelo y Bismarck, y goza de un status centenario en la práctica de las relaciones internacionales.  Reza que el actuar de los estados debe obedecer a intereses nacionales prácticos y egoístas por encima de cualquier consideración ideológica o ética, que el poder duro constituye el vehículo idóneo para defender a éstos, y que las alianzas son necesarias pero efímeras, y de allí que no deben confundirse por amistad.  Si bien la visión de Donald Trump –de un mundo salvaje y competitivo en el que no hay punto intermedio entre ganar y perder, y los países deben valerse de todos los medios a su alcance para lograr ventaja– parecería inspirarse en la misma tradición, su comportamiento sugiere una doctrina bien distinta que podría denominarse la surrealpolitik.  

Como indica su nombre, la política exterior en ésta adquiere un fuerte carácter alucinado, del que sobran ejemplos recientes.  El presidente estadounidense ha tildado a los aliados históricos de la Unión Europea de adversarios y en el caso de la OTAN, de delincuentes (porque no pagan lo que deben), a socios estratégicos como Gran Bretaña de incompetentes (por ignorar las recomendaciones de Trump sobre el Brexit), y a vecinos neurálgicos como Canadá y México de deshonestos, y de violadores y narcotraficantes, respectivamente.  Mientras tanto, con rivales o enemigos como Corea del Norte y Rusia, no escatima elogios.

En su rueda de prensa con Vladimir Putin en Helsinki, Trump hizo algo aún más inimaginable: defendió al Kremlin por encima de su propio país, en el que el fiscal especial Robert Mueller acaba de levantar cargos contra 12 oficiales de la inteligencia rusa en relación con el hackeo de las elecciones presidenciales de 2016, y a cuya “tontería” y “estupidez” el mandatario estadounidense ha responsabilizado por el mal estado de las relaciones con Rusia.

El desdén abierto que Trump ha mostrado hacia el orden internacional liberal y las instituciones, normas y reglas que Estados Unidos ha promovido desde finales de la segunda guerra mundial – tcon algunas excepciones como George W. Bush– también obra en abierta contravía de los intereses políticos, económicos y de seguridad de ese país en el mundo.  Desde el retiro del acuerdo de París sobre cambio climático y el nuclear con Irán, hasta la imposición de aranceles al hierro y aluminio provenientes de Europa, Canadá y México, y los ataques constantes a la alianza transatlántica y la Unión Europea, la Casa Blanca parece priorizar aquellas medidas que socaven la influencia y credibilidad estadounidenses en lugar de potenciarlas.  

Pese a lo anterior, la surrealpolitik no elude el “deber ser” internacional, sino que promueve antivalores como la supremacía blanca.   En su entrevista con The Sun, y después de despotricar contra la OTAN y criticar a la primera ministra británca, Theresa May, Trump acusó a los líderes europeos de destruir su cultura e identidad al dejar entrar a millones de migrantes en un claro gesto de identificación con sus bases blancas, racistas y xenófobas en Estados Unidos y los movimientos de extrema derecha en Europa.  

En últimas, y a diferencia de la realpolitik, no se trata de cultivar el interés nacional colectivo ni la estabilidad internacional de la que éste es función, sino el ego individual y los ratings

 

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