Por: Mario Morales
El país de las maravillas

Fabricando el teflón

Flaco favor le hacemos al país y a la dignidad de la Presidencia si insistimos, de entrada y cada vez que hay una crisis, en blindarla con teflón.

Ya la receta está patentada. Piense o haga que piensa como el presidente de turno. Excúlpelo a priori de toda responsabilidad. Asuma que no está enterado de lo que pasa en su entorno y que vive en una burbuja. Deduzca que todo lo malo proviene por vía conspirativa y por supuesto, a sus espaldas. Victimícelo cada vez que haya un escándalo y luego infantilícelo en el lenguaje y en sus actuaciones…

Por ese camino pasó de agache Pastrana a pesar de que, en el fondo, se sabía que no estaba preparado para la primera magistratura. Con la misma fórmula Ernesto Samper no solo se escabulló de sus obligaciones, sino que en una voltereta de mago limpió su nombre y ahí sigue, dando lora.

Pero la técnica se perfeccionó con Uribe, no es sino revisar la prensa de entonces; políticos y líderes de opinión, desde el principio, lo exoneraban de toda culpa y conocimiento de los escándalos que ocurrían a su alrededor. El teflón no lo puso él, sino que ayudó a construirlo cada opositor que partía de la base de que él no estaba al tanto y que su deber patriótico era informarle públicamente. Y pensar que se le dice “presidente eterno”, como si a él le molestara.

La historia se repite, tristemente. No son los copartidarios, sino sus críticos, que parten de la dudosa premisa de que en el partido de gobierno hay una doble agenda y que el pobrecito e inexperto de Duque, como la campesina engañada en los culebrones, va a ser el último en darse cuenta.

Sin proponérselo, la argumentación antiséptica, las formas caricaturescas y la manera de nombrarlo le van dando ese aire de víctima propiciatoria al que tenemos que rodear. Hay que preguntarse por sus aptitudes o por sus valores. Por lo primero, si no sabe o no puede manejar su partido; y, por lo segundo, si está al tanto de la estrategia. Y uno no sabe qué es más grave.

 

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