Por: Arlene B. Tickner

El viacrucis de la Iglesia católica

Como ocurre con muchos otros gobiernos, la Santa Sede está consumida por una crisis múltiple que involucra escándalos sexuales, corrupción y luchas intensas por el poder, y que resalta la vía crucis actual de la iglesia católica. 

Desde hace 15 años, cuando estalló la primera ola de denuncias sobre el acoso y la pederastia entre el clérigo, ésta se encuentra en cuidados intensivos morales.  Además de un sinnúmero de relatos espeluznantes que han salido a la luz pública sobre abusos y violaciones de niños y niñas –el más reciente involucra a 300 sacerdotes y 1,000 víctimas solo en Pennsylvania– la complicidad de las autoridades eclesiásticas y los intentos por acallar a las víctimas, han carcomido la autoridad espiritual eclesiástica.

Frente a lo que es un crimen, no solo un pecado, los sobrevivientes de los abusos exigen transparencia, sanciones y restitución, derechos que corresponden casi a una comisión de la verdad.  Pese a la promesa de cero tolerancia, el pedido de perdón y la creación de la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, el papa Francisco se ha quedado corto frente a dichos clamores. Incluso, cuando el depredador sea de sus apegos ideológicos –como ocurrió en Chile este año con un obispo que ocultaba las ilegalidades clericales cometidas en ese país– ha censurado a las víctimas por calumnia.  Es esta la acusación hecha por el arzobispo ultraconservador, Carlo Mario Viganò. 

En una carta de 11 páginas, pide la renuncia del Sumo Pontifice por el encubrimiento de actos similares del cardenal estadounidense, Theodore McCarrick, quien supuestamente fue sancionado por Benedicto XVI y luego reinstaurado y promovido por Francisco, aunque el Papa revocó su título en junio de este año.

Quienes conocen los intrigulis de la Santa Sede sugieren que no hay pruebas de lo anterior y que se trata de una jugada política y mediática por parte de Viganò, quien pertenece a la misma facción que intentó remover a Francisco del poder por permitir que los divorciados que vuelven a casarse reciban el sacramento. Se especula que la manipulación del caso McCarrick se debe a un intento por frenar al Papa antes de que reúna una mayoría liberal en el colegio electoral que pueda elegir un sucesor parecido.

En ese sentido, no es gratuito que además de acusar a Francisco de “engañoso” la carta saque a relucir las “redes homosexuales” que hay en el Vaticano. Además de manifestar su apatía por liderar las guerras culturales que típicamente ha encabezado la iglesia católica en contra del aborto, los métodos anticonceptivos y el matrimonio gay, el Papa ha sido relativamente tolerante frente a la homosexualidad.

La incapacidad de llegar a términos con la sexualidad constituye una tercera y última fuente de crisis.  El hecho de que la iglesia católica condene la homosexualidad entre sus 1,2 mil millones de feligreses pero tolere los actos homosexuales entre el clérigo –que no es lo mismo que la pederastia–constituye una hipocresía mayúscula.  Además de salir de este “closet clerical”, la Santa Sede está en mora de abandonar el oscurantismo frente el celibato (que era opcional durante los primeros 1,000 años de su existencia) y la participación de las mujeres.

 

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