Por: Columnista invitado

Violencias gratuitas

Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro *

Hace un par de días, el diario francés Le Figaro publicó por segunda vez este año un alarmante artículo sobre el incremento de las denominadas “violencias gratuitas” en Francia. Se trata de aquellos comportamientos impulsivos que, por razones irrisorias, terminan desencadenando actos de violencia física, cuyas consecuencias pueden ser permanentes o mortales. Los ejemplos de este tipo de violencias son tan diversos como aterradores: un joven deja a otro en coma tras golpearlo con unas muletas por haber defendido una pareja de homosexuales que eran objeto de burla; un hombre casi mata a palazos a otro por haberle pitado al no respetar una señal de tránsito; unos adolescentes cogen a golpes a un compañero de colegio como parte de un “juego” de recreo. Más que las estadísticas presentadas por el periódico y la evidente tendencia a resolver los conflictos de forma violenta, vale la pena reflexionar sobre las posibles causas de esta creciente ola de agresividad sin límite e irracional.

Es inquietante el hecho de que este tipo de comportamientos estén sucediendo en un país como Francia, donde en principio hay buenas condiciones de calidad de vida y se respeta no sólo la libertad del otro, sino también su integridad. En general, cuando se produce un conflicto cotidiano, la sociedad francesa tiene la capacidad de darle a todo su justa medida antes de irse a los puños. Por esta razón, el tema ha dado de qué hablar en los últimos meses y lo expuesto por Le Figaro parece ser sólo la punta del iceberg. Sociólogos, filósofos, periodistas y otros profesionales han intentado entender este fenómeno sin poder, al menos hasta ahora, dar en el clavo. Se dice que el mundo se ha vuelto cada vez más salvaje como si lo vivido durante el siglo XX en Europa no hubiera sido suficiente. Se habla de la existencia de un mundo más angustiante y de una presión social y profesional cada vez más fuerte. Se menciona la presencia de un sistema económico que se aprovecha de los individuos y los hace consumir sin mesura hasta el punto de crear en ellos una dependencia casi patológica por los objetos. Así, y pese a que la tasa de homicidios ha ido decreciendo en Francia, el día a día parece ser un escenario ideal para convertir el hecho más banal en un verdadero campo de batalla, cuyo fin último es afectar la integridad del otro.

La misma confusión generada por la dificultad de saber qué está ocasionando estas acciones pone en evidencia una inocultable ausencia de principios y la creencia de que todo, o casi todo, es posible. La “existencia” de esta ausencia y de esta creencia tiene a mi parecer un principal sospechoso: las redes sociales, y para ser más preciso, el uso incorrecto de las mismas. La proliferación masiva del Internet ha sido tan benéfica como nociva para nuestro día a día. En el caso de las “violencias gratuitas”, que de “gratuitas” no tienen nada, se trata de la ansiedad que pueden provocar las redes sociales en el diario vivir: el no haber recibido una respuesta o una respuesta inmediata; el haber recibido una respuesta no deseada; el no haber conseguido localizar a alguien o algo; el no querer responder o el responder de una; el recibir mensajes, fotos y archivos todo el tiempo; el no poder abrirlos de inmediato; el abrirlos de inmediato y no poder trabajar en ellos... la lista es larga y demuestra el trepidante ritmo de una vida paralela que no sólo nos está alejando de todo lo que parece realmente importante, sino también nos mantiene en un estado virtual de alerta permanente, de velocidad anónima que tiende a chocar con lo que está pasando a nuestro alrededor.

En este sentido, no sorprende el video que circula paradójicamente por estos medios sobre lo postizos y postinudos, y quizás sin darnos cuenta, potencialmente violentos que podemos llegar a ser a través y por culpa de las redes sociales (muchas veces al amparo de la astucia aparente y del afán de recibir aprobación o cautivar seguidores para poder “ser”). Mi intención no es diabolizar las redes sociales sino hacer un llamado para que su uso sea reflexivo y para evitar que, como lo señala Carolin Emcke en su libro Contra el odio, “el nuevo placer de odiar libremente se normalice”. Es necesario que seamos capaces de darnos cuenta hasta dónde el celular se ha convertido en una desagradable extensión de nuestro brazo (al punto por ejemplo de preferir salir desnudos a no tener un celular sin Internet); ese mismo brazo que utilizan muchos para destilar odio, ponerse a pelear por cualquier cosa y manipular a las personas por medio de tweets, whatsapps, instagrams o lo que sea. Menos es más, y en el caso de estas herramientas, es posible que si moderamos su uso, viviremos más tranquilos y estaremos menos expuestos a hacernos daño.

* Consultor e investigador en educación, University of Education, Freiburg (Alemania)

 

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