Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Nos viven

Nos viven la vida mientras nosotros seguimos convencidos de que la vivimos, sencillamente porque abrimos los ojos, respiramos y podemos caminar. Nos llenan de reglas y leyes bajo el pretexto del bien común, cuando en el fondo es el bien de unos cuantos. Un día, cinco señores muy serios deciden cuándo y dónde podemos amar o fumar o hablar, y al día siguiente, otros cinco deciden lo contrario; unos y otros, amparados en estudios que dicen de antemano lo que ellos quieren que digan. Y discutimos sobre ese asunto, o sobre el exguerrillero que se posesionó en la Cámara, o sobre el periodista que renunció, y nos odiamos por esos asuntos, y nos desvivimos jugando el juego que otros quieren que juguemos, hablando de lo que quieren que hablemos, mientras esos aprueban otras reglas, que generalmente tienen que ver con más impuestos o más prohibiciones.

Nos viven la vida desde los nuevos totalitarismos: lo políticamente correcto. No mires, no digas esto, no leas a aquel, no cantes al de más allá, y de tantos no, olvidamos nuestro juego de la vida, tomar, soñar, putear o patear piedritas al borde de un arroyo, jugar a las escondidas al beso robado o, simplemente, jugar a la nada. Nos viven la vida, y para vivirnos, nos atiborran de necesidades-aparatos-tecnología de punta y mil inventos más, todos con una pantalla desde donde nos disparan con más reglas y más condiciones, sin que allí apliquen condiciones y restricciones, como dicen los comerciales. Nos viven con mediciones, que nos hacen cada vez más explotables y explotados, y cada vez menos auténticos, y con cámaras de vigilancia en la calle, en el trabajo, en el café y en la casa, para cerciorarse de que cumplimos sus órdenes.

Nos viven la vida desde que nacemos, matriculándonos en cuanto curso hay de cuanta cosa pongan de moda, postergando para siempre la emoción de ir aprendiendo, y dejándonos atados a una escuela, por supuesto. Y tanto estudio, tanto curso, tanto diploma, nos volvió perros amaestrados que creen que hay una verdad, una sola verdad, y que el juego de la vida se juega con manuales que dicen cómo vivir, cómo amar, cómo dejar de amar, cómo cantar y cómo bailar. Nos viven la vida, y nosotros inclinamos la cabeza, cuando nos imponen sus alegrías, sus sensaciones y sus fiestas. O mejor, cuando nos las venden, porque hoy todo se vende y todo se compra: fútbol, música, televisión, patria, amistad, y un largo reguero de etcéteras. Pagamos para que nos idioticen y nos creemos libres porque podemos pagar.

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2019-06-15T19:04:35-05:00

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