Ramiro Osorio

Ramiro Osorio está, en efecto, detrás de algunos de los proyectos artísticos más benéficos que se han realizado aquí en los últimos decenios.

El primero de mayo de este año, Día del Trabajo, regresó a Colombia Ramiro Osorio, un gran trabajador de la cultura. Apenas una semana antes, el 24 de abril, se había casado en España con una pianista y concertista, y tres semanas después, el 24 de mayo, estaba inaugurando el nuevo Teatro Mayor de Bogotá. Llegaba, entonces, con varios motivos para estar contento: un nuevo amor a los 58 años, el añorado regreso al país donde nació y un nuevo reto apasionante: poner en marcha los dos teatros del Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo.

Gracias a una iniciativa de Catalina Ramírez hemos podido recuperar, para bien de la música y las artes escénicas del país, a una persona que muchos consideran como el más competente de los gestores culturales que ha tenido Colombia. Ramiro Osorio está, en efecto, detrás de algunos de los proyectos artísticos más benéficos que se han realizado aquí en los últimos decenios: la creación del Ministerio de Cultura (él fue el primer encargado de esta cartera, en el gobierno de Samper, y uno de sus más sólidos inspiradores, desde la antigua Colcultura); la fundación del Festival Iberoamericano de Teatro (del cual Fanny Mikey era el corazón, y Ramiro Osorio el cerebro) y algunas de las becas y estímulos que el ministerio diseñó para artistas plásticos, músicos, escritores, cineastas y teatreros colombianos.

El regreso de Ramiro Osorio confirma lo que ya se sabía: que con él al frente, los proyectos que siempre tienen dificultad de realizarse (la eterna penuria del teatro y las orquestas como órdenes mendicantes), como por arte de magia se vuelven posibles. Por eso él es uno de los grandes personajes de la cultura en Colombia en este 2010. Lo asombroso es lo siguiente: con menos de medio año al frente de este proyecto cultural, Ramiro Osorio ha conseguido ya traer al país a algunos de los artistas más reconocidos del mundo: la cantante Jessye Norman, el director Daniel Barenboim y su Orquesta de Israel y Palestina, la bailaora María Pagés, el virtuoso Cyprien Katsaris, entre muchos otros artistas colombianos e internacionales. El año musical tendrá además un “finale allegro con tutti” cuando se presente, la próxima semana, ese extraño y maravilloso fenómeno de la música contemporánea que es la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana, dirigida por el astro ascendente de los directores del mundo: Gustavo Dudamel. Y la programación de 2011 ya está también diseñada y llena de sorpresas.

En dónde reside la clave del éxito de este promotor cultural es un misterio. “Lo típico de él —dice Sandro Romero— es que le vaya bien. En el aspecto empresarial del teatro, donde casi todos los otros fracasan, él tiene éxito. Si supiéramos cómo lo hace, ya habría muchos como él, y no los hay”. Quizás algo que lo explica es que Osorio empezó desde muy abajo en el teatro, haciendo los oficios más humildes: barrendero, taquillero, mandadero. Luego, oficios simples de tramoya, papeles secundarios, y poco a poco encargos de dirección y de producción. Esto hace que él trate a todas las personas por igual, con un gran respeto por lo que hacen, ya sea lo más alto o lo más humilde. Y ese buen trato produce confianza. En un mundo donde hay tantas rencillas y envidias, el nombre de Ramiro Osorio produce un aprecio unánime. “Es alguien que se hace querer y se hace respetar sin imponerse”, dice alguien que ha trabajado con él.

Para Carlos José Reyes, aunque los teatros del Centro Cultural Santo Domingo son obras arquitectónicas excelsas (un gran proyecto de Daniel Bermúdez), un sitio así, por su ubicación y por las dificultades de mantenerlo abierto (con buenos espectáculos y bastante público) podría fácilmente convertirse en un elefante blanco. En manos de Osorio, en cambio, es una maravilla permanente, un asombro que ocurre semana tras semana. Y en todos los espectáculos, a la hora que sea y en el día que sea, de lunes a domingo, Ramiro Osorio está siempre presente, supervisando hasta el último detalle. “En este teatro los artistas son sagrados”, dice. “El esfuerzo vale la pena porque ese encuentro único e irrepetible entre los artistas y los espectadores debe transformar y enriquecer la vida. Mi obligación es que ese momento sea único, porque sólo así, después de haber presenciado la obra de arte, todos pueden salir convertidos —los artistas y el público— en mejores seres humanos”.

Ramiro Osorio todo lo hace con entusiasmo pues no acepta ningún encargo que no lo apasione. Hoy siente que ha llegado a un momento de plenitud de su vida. Ambiciones económicas o políticas no tiene. Toda su experiencia vital y profesional está volcada a hacer un gran Teatro, que sea autosuficiente mediante la colaboración de tres vertientes: el Estado, el público y los patrocinios privados. Si logra resolver esta ecuación, cada una aportando el 33%, habrá creado otra empresa cultural sólida para el país. Y un modelo para el mundo. Este es su reto, repetir lo que siempre ha hecho: dejar lo que recibe mucho mejor de como lo encontró.