A dónde van los desaparecidos

A las seis de la mañana del 21 de abril de 1993 Esperanza no pudo esperar más. Había pasado una de las peores noches de su vida. No había amanecido con su esposo y eso no era común. No había otra mujer. No se había ido de juerga. No era cosa de cada noche, ni de cada fin de semana. Nunca había pasado.

Eduardo, su marido, era taxista y desmovilizado del M-19. Al término de la jornada laboral llegaba puntual. Siempre llamaba. La noche anterior no lo había hecho y ello se había convertido en un mal presagio para esperanza.

Sin pensarlo dos veces, cuando la luz del día llegó a la ventana desde donde toda la noche había esperado ver llegar a su esposo, salió a buscarlo. Comenzó por clínicas y hospitales, pasó por medicina legal y finalmente instauró las denuncias pertinentes ante las autoridades policiales.

La respuesta siempre fue la misma. En tono irónico los agentes encargados de recibir la queja le respondían los mismo: "señora, eso dele unos días que de pronto vuelve" y luego le preguntaban con ¿no será que se aburrió y se fue con otra?. Finalmente, sin que nada pudiera hacer declararon su caso como el de una "desaparición voluntaria".

Investigando por su cuenta sobre el paradero de Eduardo, encontraba datos importantes que la llevaban hacia él. Guardando la ilusión de volverlo a ver, uno de esos datos la condujeron a la plaza de Lourdes, uno de los sitios más emblemáticos de Bogotá y que lleva el nombre de la iglesia que lo domina.

Allí vieron a Eduardo por última vez. Según Esperanza, a su esposo, unos hombres que venían en una camioneta azul, se lo llevaron en frente de los miles de transeúntes, lustra botas, fotógrafos, teatreros y vendedores ambulantes. Que a cualquier hora del día hacen pate del paisaje de ese sector de Chapinero, donde inclusive existe un Centro de Atención Inmediata (CAI) de la Policía. Eso fue lo más cerca de lo que para ella es la verdad de la desaparición de su compañero.

A Esperanza, luego de un eterno ir y venir, de un lado a otro, le dijeron que quienes se habían llevado a su marido habían sido personas registradas como miembros del F-2 (seguridad del Estado en ese entonces) quienes que se lo llevaron.

A los pocos días, Eduardo apareció. Más bien apareció su cadáver. Estaba en Medicina Legal, el cuerpo presentaba signos de tortura y cuatro disparos en la cabeza. Lo más paradójico es que el diagnóstico de los forenses fue: "muerte natural"

La historia de Eduardo no es única y la de esperanza mucho menos. Como ese hay decenas de casos de maridos, hijos, hermanos, amigos que algún día salieron de su casa y nunca volvieron. Es como si se los hubiera devorado la ciudad.

Según fuentes oficiales hablan de que cada mes por lo menos 100 familias se quedan esperando el regreso de un ser querido.

Algunos casos son catalogados como desaparición voluntaria, en otros como forzada. Son muchos, tal vez demasiados, en los que no se llega siquiera a determinar qué paso. Pero al fin y al cabo son desaparecidos.

En el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) de la Fiscalía, registra 400 casos similares cada semestre.

Los datos que tienen los familiares son mucho más angustiantes que los oficiales. La Asociación de Familiares de Detenidos-desaparecidos dice que al año se registran no menos de 15.000 casos, únicamente de desaparición forzada.

Gloria Gómez, coordinadora de ASFADDES, la sigla que los identifica, dice que sólo existe una desaparición y es la forzada, ya que la "ausencia voluntaria", como no debe ser considerada como tal.

"La desaparición forzada se comienza a conocer en Colombia en la década de los 70 como una práctica represiva para eliminar opositores políticos, militantes de izquierda, líderes estudiantiles. Esas eran desapariciones selectivas.

En los 80 ya se vuelven colectivas y comienzan a verse involucradas personas que no tenían nada que ver con la izquierda, con algún tipo organización social o algo parecido.

Desde finales de los 90 hasta hoy es utilizada como una práctica para dominar, exterminar y producir terror social", dice Gómez.

Maria del Pilar González, coordinadora del grupo de identificación y búsqueda de personas desaparecidas del CTI, dice que abundan los casos en que los familiares buscan a personas ausentes por miedo al castigo, por delitos, violencia intrafamiliar, vacaciones, o simplemente por problemas de memoria.

Víctor Reyes, director de Sociología de la Universidad Nacional, denomina la desaparición voluntaria como un deseo de romper los lazos, de estar solo y señala que eso es muy común en las grades urbes.

Rubiela nunca pensó que el 27 de mayo del año pasado sería la última vez que vería a Gilberto Arias, su esposo, un hombre que trabajaba como comerciante vendiendo lotes. Desapareció en Soacha a eso de las nueve de la mañana. Hasta el día de hoy no ha regresado a su casa.

En la búsqueda de su esposo ha sido amenazada y convidada a dejar el asunto en el olvido. Ella se niega, pero dice que "coincidencialmente" desde que comenzó las averiguaciones han muerto cuatro personas que de una u otra manera tenían que ver con el círculo de amigos de su marido.

En Ibagué, doña Ana Isabel Fierro, madre de José Díaz Fierro, sufre por su desaparición, pero aún conserva la esperanza de volverlo a ver. Trabajaba en una ferretería y era desmovilizado del M-19. A los 27 años, como todos los desparecidos, salió de su casa, el 30 de septiembre de 1993, y no ha regresado.

Cada día se pregunta, ¿por qué se lo llevaron?, ¿dónde está?, y ¿quiénes se lo llevaron?

Cuenta doña Ana que unos campesinos vieron cuando a José lo subían a una camioneta.

Sin embargo, el caso fue cerrado dos años después por falta de testigos. Doña Ana manifiesta que sí hay quien vio el hecho, pero nadie dice nada por miedo.

Los casos de desapariciones no se cierran, sostiene Maria del Pilar González del CTI. Un caso sólo se puede cerrar cuando la persona aparece, así sea muerta.

Si aparece viva se interroga sobre los motivos de la desaparición para judicializar el caso. Si aparece muerta, se investiga como fue la muerte.

En Río Negro, Antioquia, Alba Nelly Galeano, una mujer emprendedora y líder comunitaria ha sido víctima de amenazas por andar defendiendo sus derechos y los de su comunidad. Asegura que por eso le quitaron a su hijo.

Alba no encuentra las palabras para hablar de su hijo, quien desapareció en su casa el 21 de enero del año 2000, a las once y media de la noche. Era bachiller recién graduado, que, como buen hijo de una líder había sido personero estudiantil y había participado junto a ella en un paro sobre desviación de fondos en su colegio.

Alba cuenta que todas las personas que participaron en el paro fueron fotografiadas. Unos días después se llevaron a un joven, con el mismo nombre de su hijo, y que apareció torturado. Ella dice que quienes se lo llevaron lo hicieron porque pensaron que era su hijo.

Apenas unos días después, a las once de la noche, unos hombres armaos tumbaron la puerta de su casa y se levaron al muchacho.

La desesperación y la angustia por encontrar a su hijo la llevaron a la Policía, en donde que fue humillada. Tres meses después, el 16 de abril, encontró en un potrero el cuerpo de su hijo y el de otras personas de su comunidad que nunca habían regresado a su casa.

Estas mujeres saben, como dice Gloria Gómez, que sus familiares seguramente nunca van a volver, pero tercamente los siguen esperando. Ahí está su plato sobre la mesa, su cama tendida y su ropa lista... y así se quedarán.

La pregunta es y seguirá siendo siempre la misma, la que se hace Rubén Blades el panameño cantante de salsa que ahora es ministro de Cultura y que por allá a finales de los años 80 decía:

¿Adónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
¿Y cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que los trae el pensamiento.
¿Cómo se le habla al desaparecido?
Con la emoción apretando por dentro.

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