La hora del afectograma

Un niño estudia 17.000 horas para convertirse en bachiller. Pero según los expertos, esto equivale al 8% de su felicidad. El 80% depende de los afectos. ¿Hora de enseñarles a querer?

Durante estos primeros cuatro meses del año se han suicidado, en todo el país, 161 niños y jóvenes entre 8 y 29 años de edad. Una cifra escalofriante que tiene a educadores, padres de familia y autoridades con los nervios de punta, pues a este paso rápidamente se van a superar los índices registrados en 2007: un suicidio cada tres días.

Este fenómeno, al que se suman la agresividad y los acosos físicos a la salida del colegio, durante los descansos e incluso a través de correos electrónicos, se ha convertido en un reto para un grupo de psiquiatras, psicoanalistas y psicólogos, quienes emprendieron la tarea de investigar sus causas y formular una estrategia para contrarrestarlo.

Hace cinco años, Miguel de Zubiría, psicólogo y presidente de la Liga Colombiana contra el Suicidio; Guillermo Carvajal, psicoanalista y ex presidente de la Asociación Latinoamericana de Psicoanálisis, junto al psicólogo clínico, hoy senador de la República, Carlos Julio González, entre otros, empezaron a percibir que algo estaba sucediendo con la juventud. Cada vez atendían más pacientes desmotivados, irrespetuosos, apáticos, que habían intentado quitarse la vida en más de una ocasión. Pacientes que tenían en común su poca destreza para relacionarse afectivamente con los demás, establecer lazos afectivos y baja autoestima.

Al mismo tiempo notaban el miedo, la angustia e ignorancia en los padres, quienes no entendían lo que sucedía con sus hijos. Un fenómeno que corría paralelo con el afán de los colegios por subir a toda costa el rendimiento académico de sus estudiantes.

Las cifras oficiales respaldaban sus observaciones en los consultorios. La depresión se disparaba y el suicidio, según el Estudio Nacional de Salud Mental, se consolidaba como la cuarta causa de muerte en Colombia entre jóvenes de 12 a 15 años. Las cifras que arrojaba la Organización Mundial de la Salud sobre depresión en adolescentes colombianos tampoco eran alentadoras.

Luego de investigar durante meses, este grupo de expertos encontró que el problema estaba relacionado con el mundo sentimental y afectivo de los niños y jóvenes. “Se volvió más importante enseñarles y evaluarlos en biología, cálculo y trigonometría, que en la forma como interactúan con otros seres humanos”, explica Miguel de Zubiría.

Y agrega que esta situación ha generado que 7 de cada 10 niños sufran de incompetencia afectiva. Alarmados, porque de acuerdo con sus investigaciones los afectos proporcionan el 80% de la felicidad y bienestar de las personas, mientras que las 17.000 horas que un niño estudia desde primero de primaria hasta graduarse como bachiller sólo representan el 8%, decidieron tomar cartas en el asunto.

Después de largas jornadas de trabajo, discusiones y foros con padres, docentes y estudiantes, elaboraron un proyecto de ley por medio del cual se crea la Política Pública en Desarrollo y Competencias Afectivas en Colombia. El documento, que cuenta con el respaldo de varios congresistas de la Comisión Sexta y el interés del Ministerio de Educación, será radicado por el senador Carlos Julio González el 20 de julio.

Su objetivo es que en todos los colegios del país se evalúen el desarrollo afectivo y las emociones de los estudiantes (incluyendo preescolar), se capacite a los profesores en áreas de desarrollo humano y se involucre a los padres en el proceso. Para ello, proponen la implementación de un sistema de evaluación llamado Afectograma. Éste consiste en un conjunto de preguntas que se deben hacer a los alumnos, al igual que un examen académico y mostrar a sus papás en la entrega de notas, la relación con los padres, profesores, amigos, novios y hermanos.


Los resultados son una ‘radiografía’ emocional del niño o adolescente. Es decir, “muestran qué tanto quiere a los otros, a sí mismo y que tanto siente que los otros lo quieren a él”, aclara De Zubiría, creador del método. Además, los afectogramas permiten determinar si un estudiante está en riesgo de suicidarse, sufre de depresión o lo aqueja la soledad. Problemáticas difíciles de detectar, pues muchas veces se camuflan detrás de excelentes calificaciones y ambientes familiares aparentemente funcionales, felices y con una muy buena posición socieconómica.

Según los expertos, estas ventajas y comodidades se han convertido en un inconveniente, pues al tener todo lo que desean a la mano y de manera inmediata, los adolescentes no aprenden a sufrir ni a tolerar la frustración. Casos de menores que quitan la vida porque no logran ingresar a un equipo deportivo o porque la persona que les gustaba no les puso atención, son cada vez más frecuentes.

“Es importante que estos adolescentes aprendan a tener una novia o novio, porque es un factor de protección psicológica en estos casos”, comenta De Zubiría, quien en un foro reciente con 500 estudiantes entre 10 y 18 años, todos con síntomas de depresión severa y pensamientos suicidas, se sorprendió al constatar que sólo uno de esos 500 estaba involucrado en una relación afectiva.

El gran paso

Las preocupaciones de estos expertos comienzan a ocupar un lugar privilegiado en la agenda pública luego de diversos episodios difundidos por los medios de comunicación a lo largo de esta semana. El suicidio de un estudiante del Colegio Mayor de San Bartolomé se sumó al caso de un joven de 14 años que se ahorcó con el cable del teléfono en su casa al norte de Bogotá y al de un niño que se quitó la vida en Neiva después de salir de clases. Al margen de estas situaciones dramáticas, todos los días se registran comportamientos agresivos como el del estudiante de la institución educativa Carlos Pizarro, quien apuñaló por la espalda a un compañero por pertenecer al grupo de los Emos (identificados por vestir colores oscuros y compartir la filosofía de no ser felices).

Así lo reconoce el senador Carlos Julio González: “Por primera vez se va a legislar sobre este tipo de temas en el Congreso. Es urgente que en la educación haya un balance entre lo pedagógico y lo afectivo. Sólo así lograremos que los jóvenes bachilleres no sigan siendo proclives a la depresión y al suicidio”.

Entretanto, diferentes colegios del país comenzaron a organizar conferencias sobre el manejo de las emociones. Algunos incluso solicitaron a la Liga Colombiana Contra el Suicidio que hiciera evaluaciones para determinar qué estudiantes están deprimidos o tienen pensamientos suicidas.

Por su parte, el psicoanalista Guillermo Carvajal recomienda a los padres que pierdan el miedo de castigar a sus hijos; a los maestros, que intenten abandonar el modelo represivo del pasado para escuchar a sus alumnos y al Estado, que asuma la


responsabilidad y comience a investigar el mundo sentimental de los jóvenes e infantes. “Sólo si logramos entenderlo podemos prevenir sus comportamientos desbordados”.

“No pudo soportar que lo rechazaran y se suicidó”

Uno de los compañeros de curso del adolescente de 16 años que el pasado lunes se quitó la vida, al lanzarse del cuarto piso del Colegio Mayor de San Bartolomé de Bogotá, le contó a El Espectador lo que sucedió ese día:

“Él era muy buen estudiante, pero no tenía muchos amigos. Se la pasaba solo la mayor parte del tiempo. Cuando estaba en sexto le contó a un compañero que iba a escribir la historia de su vida y del amor que sentía por Laidy y que, una vez lo terminara, se mataba. Pero ese comentario pasó inadvertido para nosotros. Nunca le pusimos atención, nunca lo escuchamos...

Desde ese año siempre llevaba a todas partes un cuaderno en el que escribía de Laidy. Lo cuidaba como si fuera un tesoro. Pero el lunes en una de las clases de la mañana, dos compañeros se lo cogieron y lo escondieron. Más tarde, cuando se dio cuenta de que el cuaderno había desaparecido, se puso muy nervioso.

En la siguiente clase se enteró de que las páginas que había guardado con tanto secreto estaban en manos de Laidy. Entonces, se sentó a escribirle una carta. Mientras tanto, ella les decía a sus amigos que se sentía asustada, que en ese cuaderno sólo hablaba de los dos como si fueran novios y que parecía que se había obsesionado con un amor imposible.

Después de la clase de filosofía todos comenzamos a salir del salón, ubicado frente a uno de los balcones del cuarto piso que da al patio central, para nuestras casas. Él se acercó a Laidy, le entregó la carta y le dijo: ‘En el cuaderno que usted tiene está la razón por la que me mato y en mi celular también. Ojalá pueda terminar de escribir lo que yo no pude’.

Y se paró en la barda del balcón. Laidy salió corriendo a buscar un profesor. Cuando llegaron ya era demasiado tarde. Ambos bajaron corriendo a tomarle el pulso, pero el profesor estaba muy nervioso, así que a otro le tocó hacerlo. ‘Todavía tiene pulso’, gritaron y rápidamente llamaron una ambulancia. Antes de que llegara volvieron a revisarlo. Ya no respiraba.

Se sintió un pánico terrible. Laidy está destrozada. No ha vuelto al colegio ni quiere pasar al teléfono. Siente mucha culpa por lo que pasó. La hermana del niño que murió también está muy afectada, pues justo estaba en el patio central cuando todo ocurrió. Se querían mucho, incluso él decía que ella era su mejor amiga.


Este miércoles fue el sepelio en la Catedral. Todos estamos muy impresionados, pues él no es el único que anda solo en el colegio. Pero posiblemente siempre necesitó, más que cualquiera, que alguien lo oyera. Y nunca lo hicimos”.

“El Estado tiene que responder”

En su tranquilo y amplio consultorio al norte de Bogotá, el reconocido psicoanalista de niños y adolescentes Guillermo Carvajal se reunió con El Espectador para hablar sobre la importancia de que educadores y padres comprendan el mundo sentimental de los jóvenes, las razones por las que los suicidios han aumentado y el papel que debe desempeñar el colegio para evitar que se sientan cada vez más solos, apáticos y desmotivados.

Carvajal fue presidente de la Asociación Latinoamericana de Psicoanálisis, fundador de la Academia Colombiana de Pedagogía y Educación, asesor del Gobierno de El Salvador para la elaboración del Código de la Infancia y secretario de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis.

¿Qué es lo que está pasando con la juventud?

Tenemos unos adolescentes que son libremente tratados por sus padres —que temen castigarlos— y reprimidos por una escuela que no se preocupa por su formación y desarrollo como personas. Son jóvenes y niños que viven tres realidades y por eso se portan con los papás de una manera, con los profesores de otra y entre ellos de una forma completamente diferente, que es la que aún no logramos comprender.


¿Por qué se origina esto?


El tema es sencillo. Hace 50 años los problemas afectivos se solucionaban a palo. Era un modelo represivo, la educación estaba en sintonía con éste y funcionaba. Eso cambió dramáticamente. Se empezó a hablar de felicidad, amor y autoestima y se intentó cambiar la represión y el castigo por un modelo amoroso. Pero los padres están asustados, no saben cómo actuar y prefirieron dejarle la responsabilidad al colegio, que se quedó en el modelo del pasado.

¿Qué se debe hacer?

Hay un caos terrible. Niños y adolescentes están en riesgo de hacerse daño, de suicidarse. Son personas confundidas que no toleran la frustración y que se convirtieron en carne de cañón para matarse. El Estado debe asumir la responsabilidad, pues este tema ha sido invisible a la política pública. Se deben investigar los vínculos, emociones y afectos de los niños y jóvenes para entender sus comportamientos desbordados y prevenir el suicidio entre otras cosas.

¿Los afectogramas son el mecanismo apropiado?

La escuela no está preparada para asumir el tema, por eso es importante establecer instrumentos que permitan entender el mundo sentimental de los adolescentes. La escuela, los padres y el Estado deben asumir ese reto.

Señales de incompetencia afectiva

La relación con los hermanos no es buena.

Se le dificulta comunicarse con sus padres.

Es altanero en la casa y el colegio.

No recibe llamadas telefónicas de amigos o compañeros.

Prefiere pasar la mayor parte del tiempo solo.

No tiene novio o novia.

Le gusta más navegar en internet o divertirse con videojuegos que interactuar con otros.

No pertenece a ningún equipo deportivo.

Nunca lleva un amigo a la casa.

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