Si duele, dígalo

Los ejecutivos tienen derecho a la vida privada, pero cuando se trata de salud, un poco menos. 

América Latina no tiene un Steve Jobs. No es que no haya gente creativa en la región, sino que prácticamente no hay empresas cuya identidad esté tan vinculada a una sola persona, como el caso de Jobs y Apple. La razón es que, por lo general, las grandes empresas de la región, incluso las que cotizan en bolsa, están relacionadas con una familia que, si bien puede no tener todas las acciones, maneja el control por medio de un paquete de títulos preferentes u otro arreglo. Las nuevas generaciones van de a poco asumiendo tareas más importantes y cuando el patriarca sufre algún problema de salud que le impide seguir a la cabeza, existe un proceso de sucesión en pie que garantiza la continuidad del negocio.

Pero eso no significa que el caso de Steve Jobs y su bullada salida temporal por problemas de salud de la empresa que ayudó a fundar no esté siendo seguido de cerca por expertos en temas de gobierno corporativo en América Latina. Acá también se discute si Jobs debería haber divulgado o no sus problemas de salud a sus accionistas, o si es un tema personal. Y si hubo o no manipulación de mercado.

"Una persona como Steve Jobs no tiene vida privada", dice Heloísa Bedricks, directora del Instituto Brasileño de Gobierno Corporativo. "Si hablas de Jobs y de Apple, estás hablando de la misma cosa".

"Es un tema completamente opinable", rebate Jorge Medina, country manager para la consultora Ernst & Young en Perú y experto en temas de gobierno corporativo. "En ninguna parte de América Latina la ley exige divulgar información sobre el estado de salud de los grandes ejecutivos. Exige divulgar temas que puedan influir en el valor de las acciones, pero por otro lado tienes el tema del derecho a la privacidad de las personas, defendida hasta en las constituciones".

"Si la persona es clave para el manejo de la empresa, se debe divulgar su alejamiento, pero sin entrar en detalles morbosos o invasivos", comenta Medina, quien explica que ha conversado sobre el tema con otros expertos de gobierno corporativo en la región y que aparentemente no existe consenso sobre si se deben informar los temas de salud. "Si estás en Nueva York o Londres, lo más probable es que todo el mercado te va a contestar que sí, y yo estaría de acuerdo con eso. Pero acá no es el caso, porque la mayoría de las empresas son parte de matrices familiares que no están abiertas al público y por lo tanto la urgencia de la información no es la misma".

Un factor que pesa en la discusión es el secretismo con que Steve Jobs ha manejado los temas de salud en el pasado. En 2003 le diagnosticaron un cáncer pancreático y en 2004 fue operado para remover el tumor. Sin embargo, no reveló esa información hasta 2005.

Bedricks, de IBGC, explica que más que la divulgación el problema ha sido no tener en pie un claro plan de sucesión, algo que el directorio de Apple debería haber anunciado cuando supieron los primeros problemas de salud de Jobs en 2005. Pero no basta con identificar a la persona que tomará el puesto; hay que hacer más que eso.

"No basta con decir que el sucesor de la persona clave es tal o cual", explica Jesús González, socio a cargo del área de gobierno corporativo de KPMG en México. "Debe ser más un proceso, uno en el cual el posible sucesor es con el tiempo identificado y admirado por los distintos departamentos de la empresa y el mercado. Cuando es nada más un sobre con un nombre, el mercado puede castigar a la empresa".

O si no, puede ocurrir como el caso de la empresa brasileña Ferbasa, que ha estado envuelta por meses en una lucha intestina por el poder desde que su fundador, José Carvalho, tuvo que dejar la conducción tras ser diagnosticado con Alzheimer. Sus herederos, agrupados en la Fundación José Carvalho, han estado envueltos en un conflicto con la alta administración y otros accionistas de la empresa, el que ha llevado a abiertos actos de insubordinación entre distintos niveles de ejecutivos y discusiones ventiladas en la prensa. O sea, un pésimo caso de gobierno corporativo.

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