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hace 4 horas

El estigma de las mujeres que compiten como hombres

A propósito de la polémica con la atleta sudafricana Caster Semenya; científicos dicen que los genes o cromosomas no definen la identidad sexual de una persona.

El País de España público un artículo en el que se cuenta el drama de algunas deportistas a lo largo de la historia que se han enfrentado a exámenes médicos para determinar su identidad sexual.

Varias mujeres, con apariencia física  similar a la de un hombre, han perdido medallas deportivas por haberse comprobado, tras exámenes de laboratorio, irregularidades en sus cromosomas.

La ciencia dice que los hombres deben tener cromosomas X-Y y por su parte, la mujeres XX. Sin embargo, los científicos insisten en que "puede haber individuos con dos X que desarrollen caracteres masculinos, y otros con un X y un Y que nunca los tengan. No obstante, señalan que también hay personas que son XXY”.

El artículo cuenta la historia de Stella Walsh, una mujer que murió en 1980 a causa de una bala perdida y que en la autopsia los médicos descubrieran que aunque viviera como mujer, tenía genitales masculinos.

Sin embargo, en 1932 nadie dudó de su feminidad cuando, compitiendo con el equipo polaco, Walsh se convirtió en la primera mujer que bajaba de los 12 segundos al ganar los 100 metros en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, ni tampoco en el Berlín de 1936, cuando ganó la plata.

Walsh no fue sometida a ningún examen médico y jamás sufrió por la pérdida de una medalla olímpica, como el caso de la india Santhi Soundarajar, desposeída de su medalla de los 800 metros de los Juegos Asiáticos de 2006 al comprobarse posteriormente que en realidad era hombre.

En los juegos de Montreal 76, todas las mujeres debieron someterse a un reconocimiento físico y a un análisis de ADN que detectaba si entre sus 23 parejas de cromosomas había alguna Y, señal de masculinidad. El objetivo era evitar que hombres disfrazados de mujeres participaran en las pruebas femeninas, donde contarían con ventaja dada su mayor fuerza natural.

La primera víctima fue la polaca Ewa Klolukowska, plusmarquista mundial de los 100 metros en 1965, cazada por el test de cromosomas y obligada a retirarse en 1967.

María José Martínez Patiño, actualmente catedrática del INEF de Pontevedra, a quien, en 1986 -tenía 24 años y era plusmarquista española de 60 metros vallas-, se le detectó un cromosoma Y en un control. La IAAF le retiró la licencia, aunque posteriormente se revisó su caso y se le devolvió la licencia al considerar que no tenía ninguna ventaja para competir. Pero Patiño se retiró después de sufrir graves crisis al ver cómo su intimidad se aireaba en los medios.

La checa Zdenka Koubkova, plusmarquista mundial de 800 metros, es una hermafrodita que no superó un examen ginecológico en 1934. Se le prohibió competir con mujeres pero la humillación mayor la sufrió cuando unas fotos de su anomalía aparecieron ilustrando un libro de medicina.

La ciclista escocés Robert Millar, el rey de la montaña del Tour de 1984, compitió como hombre sintiéndose mujer. En 2003 cambió de sexo. Ahora se llama Philippa York,se hizo el cambio de sexo cuando se retiró, y no intentó competir después como mujer.

La golfista Mianne Bagger, nació en Dinamarca en 1966, pero biológicamente era un hombre. En 1995 se sometió a una operación de reasignación de sexo. En 1998, volvió al golf como amateur. Pero en 2003 pidió competir en los circuitos profesionales femeninos. Lo consiguió en 2004. El revuelo duró poco, porque se trata de un deporte no olímpico -todavía-, y, sobre todo, porque al final no era tan buena, y no supuso una amenaza para las mejores.

Hoy en día, Caster Semenya, la atleta surafricana por la que todo el revuelo se ha montado, se ha tenido que practicar controles antidopaje en Berlín.

La familia de la deportista cuenta indignada, en la prensa surafricana, siempre ha sido una niña. Ella se considera mujer, aunque dicen sus amigas que no le gustan los hombres, con los que lo único que hace es jugar al fútbol. En la escuela, dice su profesor, quien no se percató de que era chica hasta que cumplió 11 años, prefería vestir el uniforme de los chicos, los pantalones grises, en vez de la falda marrón de las chicas. Pero siempre ha vivido como mujer. Como mujer que se siente diferente, acostumbrada desde niña a las burlas y escarnios de los demás niños de su pueblo, en la remota provincia de Limpopo.

Los exámenes a los que se está sometiendo Semenya, a quien, para protegerla, han prohibido todo contacto con la prensa, pasan, primero, por determinar si tiene las características primarias de su sexo -vagina, ovarios-, y las secundarias -ausencia de pelo facial y pectoral, pechos funcionales-. Después pasan a analizar si fisiológicamente (sus hormonas) su organismo funciona como el de una mujer; posteriormente por el estudio de sus cromosomas y de su SRY, el gen de la masculinidad, y, finalmente, por un estudio psicológico, su identidad sexual.

 

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