Buscando a Dios en el cerebro

Monjes tibetanos, monjas carmelitas y pacientes con tumores cerebrales ofrecen pistas a la ciencia sobre las rutas de la religiosidad entre las neuronas.

Santa Teresa de Jesús, en el siglo XVI, consignó en poemas y breves relatos cada detalle de sus experiencias místicas:

“Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”.

Privados de la posibilidad de escanear el cerebro de Santa Teresa, dos neurofisiólogos canadienses, Mario Beauregard y Vincent Paquette, decidieron en 2004 tocar las puertas de un convento de monjas carmelitas, herederas de la tradición fundada por la santa española. Querían asomarse al interior de sus cerebros durante una de estas experiencias religiosas.

Utilizando la Resonancia Magnética Funcional tomaron fotografías al cerebro de 15 monjas mientras oraban y buscaban un instante de fusión con Dios. La edad del grupo variaba entre los 23 y 64 años y el tiempo de pertenencia a la comunidad iba desde los dos años hasta casi cuatro décadas.

Los resultados mostraron que existía un “patrón místico” en las ondas cerebrales que afectaba a diferentes áreas: corteza órbitofrontal, zonas del sistema límbico (que controla emociones) y áreas parietales en los dos hemisferios.

“Los resultados sugieren que estas experiencias son complejas y multidimensionales, implican cambios en la percepción (visual), en la cognición (representación del yo) y la emoción (paz, disfrute, amor incondicional)”, concluyeron los expertos. Otros, un poco más arriesgados, conjeturaron que el patrón de activación cerebral era similar al de mujeres enamoradas ante imágenes fotográficas de su amado.

La curiosidad de los científicos por buscar a Dios entre los más de dos billones de neuronas que conforman nuestro cerebro por supuesto no se detuvo ahí. A otro grupo, liderado por el famoso neurólogo Richard J. Davidson, de la Universidad de California, y quien ha recibido todo el apoyo del Dalai Lama, se le ocurrió poblar las calvas cabezas de monjes tibetanos con electrodos.

Lo que se observó en los monjes que entraban en meditación profunda y recreaban un estado de amor por las criaturas del mundo fue un aumento en las frecuencias eléctricas entre 25 y 42 Hz (frecuencias gamma), que en otros experimentos se han relacionado con estados de conciencia muy focalizados. El experimento sirvió para comprobar que las técnicas de meditación podían dar lugar a modificaciones estructurales en algunas regiones del cerebro. Los monjes más experimentados solían tener áreas de la corteza cerebral (el área con mayor evolución del cerebro) más desarrolladas.

Más recientemente, en febrero de este año, un grupo de cirujanos italianos comprobó, luego de operar diferentes tipos de tumores en el cerebro de 88 pacientes, que el grado de espiritualidad variaba luego del procedimiento quirúrgico. Entre aquellos con tumores ubicados en lóbulos parietales, las mismas zonas observadas en monjes tibetanos y monjas, los sentimientos de trascendencia se modulaban al extirpar el tumor.

¿Significan todas estas pruebas que Dios es un artilugio de nuestro cerebro o apenas una débil prueba de la conexión entre el espíritu y la materia? Adolf Tobeña, psiquiatra de la Universidad Autónoma de Barcelona, opina que “existen datos más que suficientes para engarzar la proclividad religiosa con singularidades del funcionamiento cerebral”.

Por su parte, Bruce Hood, de la Universidad de Bristol, cree que “nuestros cerebros están diseñados para detectar patrones y orden en el ambiente” y la superstición surgió como una respuesta crucial para sobrevivir y relacionar fenómenos donde la causa y el efecto no eran tan claros.

Más allá de que Dios exista o no, Jordan Grafman, del Instituto Nacional de Salud en Estados Unidos, cree que el punto central es que estas áreas cerebrales relacionadas con Dios son las mismas que promueven los lazos sociales entre humanos. La empatía, la comunicación simbólica y la regulación de las emociones, en otras palabras, la inteligencia social, son mayores entre los religiosos. Grafman sospecha que las creencias religiosas han sido útiles a lo largo de la evolución para moldear el cerebro.

Tenzin Gyatso, el 14º Dalai Lama, no rehuye el debate con la ciencia y se preguntaba hace un tiempo: ¿no es posible una causalidad de dos vías, es decir, que además de que el cerebro suscite pensamientos, sentimientos y otras actividades cognitivas que conforman lo que llamamos mente, algunos aspectos de ésta pueden influir también en el cerebro y producir cambios físicos en la materia que la creó?

Argumentaba el líder espiritual ante sus amigos neurólogos que “en aquel entonces creía, y todavía lo hago, que aún no existe una base científica para una afirmación tan categórica. La idea de que todos los procesos mentales son necesariamente procesos físicos es una suposición metafísica y no un hecho científico”.

Anatomía y religión

Cerebro religioso

En septiembre de 2009 un grupo de neurocientíficos comandados por Dimitrios Kapogiannis, del National Institute of Aging en Estados Unidos, comparó los cerebros de 40 adultos voluntarios que reportaban diferentes grados de religiosidad. En aquellos que experimentaban una íntima relación con Dios se observó un mayor volumen en el Giro Medial Temporal.

Cerebro de no-creyentes

Utilizando imágenes neurofuncionales, que permiten relacionar áreas del cerebro con funciones específicas, Kapogiannis y su equipo detectaron que aquellos hombres que referían ser más ateos presentaban un mayor volumen en áreas distintas a los religiosos como se observa en la imagen (área del Precuneus y el Surco Calcarino).

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