Así se cultivan las flores que le dan vida al Chanel No 5

Grasse es un pequeño pueblo del sur de Francia en donde crecen las rosas de mayo, una variedad muy particular de estas flores le dan vida al, quizá, el perfume más famoso de todos.

 “La región que no conoce límites”. La muerte. Tal vez. En todo caso, algo permanente, sin relativismos ni coincidencias. Las opciones son siempre. Y siempre comienza en una mañana de mayo y se los siguientes 21 días. Hasta ahí. Después viene un año más y la cosa se repite. Siempre.

En un mundo entregado a la juiciosa tarea de la extinción, el ritual se convierte en una forma de resistencia, una silenciosa defensa contra la nada. Por eso es muy importante levantarse temprano en la mañana para recoger las flores cuando llega mayo porque en mayo el sol pega duro al medio día y las rosas se van mejor a la eternidad del perfume cuando aún llevan algo de alba en el alma.

La sabiduría de la repetición está en las manos del señor Mul. Un diccionario le llamaría técnica al procedimiento. Un diccionario diría que es un procedimiento. Pero lo del señor Mul es más un estado del alma pleno de datos: la rosa ha de ser arrancada de cierta manera del tallo porque si no se arruinan sus pétalos y con los pétalos arruinados no se puede trabajar; cada planta debe ser injertada de una sola forma para asegurar que su olor siga siendo el de siempre; el cultivo se recoge en los mismos días todos los años; se planta en el mismo lugar porque el suelo y el viento y la luz y el agua deben producir una y otra vez rosas casi idénticas. Una serie de porqués que responden a un qué sencillo e íntimo. “¿Qué son las rosas? Bueno, las rosas son todo”. Dice y señala al aire y después al centro de su pecho. Un estado del alma.

Las palabras vienen de un libro sabio: “Tal vez sea cierto que todos los oficios, pasado el punto en que la vanidad o la codicia enturbian la verdad de las cosas, empiezan a acercarse y a convertirse en una sola palpitación que ni siquiera necesita nombre”. Si hay que ponerle nombre éste sería tradición e iría al lado de Chanel y Mul.

En el fondo de la sociedad entre la gran corporación y esta familia del sur de Francia hay la misma terca urgencia de llegar siempre al mismo resultado. Una compulsión que, traducida en un gran negocio, ha logrado retener una cierta belleza elemental: el perfume más vendido en el planeta, cuya fórmula no ha cambiado desde 1921, es un éxito en buena parte gracias al cuidado casi obsesivo de una familia que cultiva las rosas (y los jazmines) de donde brota el icónico Chanel No 5.

“Todo está escrito, pero nos gobierna el azar”, dice un poema. Y en el caos fue que el pueblo de Grasse encontró su verdadera vocación y con ésta también los Mul. En el comienzo de las cosas este pequeño pueblo francés curaba pieles, un oficio quizá lucrativo, aunque decididamente apestoso. Para mejorar el olor de sus productos, los artesanos locales experimentaron con el mirto y, bueno, en la eterna contradicción de la vida, Grasse pasó de producir cueros a perfumes. “Paradojas: no hay buenos y malos, pero hay bien y mal. No existe el amor, pero existen los amantes”, finaliza el poema.

El aire de Grasse se puebla de rosas en mayo y jazmines en septiembre. Nada de grandilocuencia en esa frase. Más que penetrante, inolvidable. Las rosas dejan una quemadura en los sentidos, como un disturbio en el corazón que parece no aplacarse con la distancia o los días, que suele sobrevivir a los límites naturales de las cosas al ser enfrascadas en pequeñas botellas hechas para irse a la cama, en todas las formas posibles de la expresión.

Al lado del cultivo de los Mul se encuentra una instalación no muy grande, no muy pequeña. En ella se procesan las plantas y se convierten los pétalos en algo líquido, que luego es transformado en una especie de cera, que una vez más volverá a ser líquida. Todo muy eficiente. Todo parte de lo necesario para lograr un perfume icónico.

Pero la belleza de la rosa, lejos de los laboratorios y la destilación y la condensación inducida, está en los campos de la familia Mul. Y este es quizá uno de los mayores activos de una marca y un producto que apuntan a la perfección: la existencia de cierta forma de poesía sembrada en la tierra del sur de Francia. Ya lo dijeron en una película: “Medicina, derecho, ingeniería, todas estas son empresas nobles y necesarias para sostener la vida. Pero la poesía, la belleza, el romance, el amor: éstas son las cosas por las que vivimos”.

Datos:

-En la planta de procesamiento, al lado del cultivo de rosas, el primer paso es la extracción a través de solvente, un proceso en el cual se vierten 250 kilos de flores en cada tanda. El resultado de esta etapa es el concreto.

-El concreto resultante de la extracción a través de solvente es una cera con un olor supremamente concentrado, incluso molesto por su intensidad. Se requieren 400 kilos de flores por cada kilogramo de concreto.

-Después del concreto se produce el absoluto, un líquido obtenido a través de un proceso que puede demorarse tres días. Este producto es enviado a un laboratorio, en donde se emplea para la fabricación del perfume.