Bienvenido a Dallas, Señor Presidente

Fueron tres tiros secos, rápidos, que rompieron el buen clima de noviembre hacia las 12:30 del medio día y en menos de seis segundos.

Tanto el Presidente como sus colaboradores más cercanos hubiesen preferido no ir a Dallas, una ciudad donde se ahincaban sus críticos y opositores más extremistas. Un mes antes, en octubre, su embajador encargado ante la ONU había sido golpeado en manifestación pública. Los ánimos hervían y la provocación derechista se sentía en el olor de la mañana. Habían colocado carteles en las paredes de la ciudad en los que aparecía Kennedy como un bandolero común, con la leyenda “se busca”.

Ante la visita inminente de Kennedy los principales diarios de Texas titulaban con un sarcástico “Bienvenido, Señor Presidente”, para más adelante desarrollar toda una andanada de ataques más fundamentados en el odio que en la más simple y diáfana objetividad. Jacqueline Kennedy, su esposa, lo recordaría después aquella mañana antes de emprender el viaje, leyendo la prensa de Dallas, con una sonrisa cuando le dijo: “Nos dirigimos a un país chiflado”.

En los dos mil días efímeros que duró su gobierno el joven Presidente logró meterse con dos de los monopolios más evasivos: reguló los precios de los grandes productores de acero y enderezó el cobro de impuestos a los petroleros en el momento en que decidió borrar la diferencia que había entre las ganancias repatriadas y las que se invertían en el exterior. A los grandes capos de la mafia, varios con fuerte control en Dallas y Chicago, les declaró una guerra tempestuosa desde sus primeros días de mandato.

Eran los años de actividad conspiratoria descarada: se habían intensificado los ataques contra Fidel Castro y varios mandatarios empezaban a figurar en los radares de la muerte. John F Kennedy tenía cuarenta y seis años y era un hombre con buen sentido del humor, risueño, amante de los caballos y los libros; sin embargo aquel 22 de noviembre padecía la cierta tensión de sus días difíciles: Públicamente lo tildaban de blandengue y de ser colaborador del comunismo internacional, le reprochaban en especial la falta de “mano dura” hacia Cuba y sus misiles costeros. La crisis de octubre había quedado atrás hacía un año, pero después de aquella fatídica mañana de noviembre Jackie recordó a su esposo, que saliendo de la coyuntura turbulenta le dijo: “Bueno, si alguien alguna vez van a dispararme, este sería el día en que deberían hacerlo”.

Lee Harvey Oswald era un joven de 24 años que se había distinguido en el cuerpo de Infantería de Marina Estados Unidos por la precisión y rapidez de su buen tiro: era un
reconocido tirador de élite que sin embargo, para el año 63, pasaba sus días trabajando en la Texas School Book Depositary, el depósito de libros de Texas. Desde la adolescencia había sentido una vocación hacia la igualdad y a diario se recluía en las lecturas repetitivas de las obras de Marx, de ahí su interés por vivir, sin suerte, el resto de su vida en la Unión Soviética o en Cuba. Aunque no había concluido sus estudios, Oswald se había convertido en una especie de autodidacta empedernido que no quería una vida llena de trabajos forzosos; de Hitler había aprendido a creer en la fuerza de las convicciones que demuestran que un sujeto, estando en el punto más recóndito de la escala social, puede llegar a ser el centro mismo del poder, de proponérselo.

Las calles estaban abarrotadas. Al menos quinientas personas esperaban un momento para ver la caravana de carros descapotados en la que, como en un sueño, viajaba un héroe de guerra, sonriente, que ahora portaba la distinción de Presidente del país más poderoso del mundo.
La historia dice que Lee Harvey Oswald se levantó temprano aquel día, besó a su esposa que aún dormía y le dejó su anillo de matrimonio al lado de la cama. Escribió una carta en la que hacía una relación minuciosa de los servicios públicos pagados a la fecha y le dejaba setenta dólares para que cubriera los gastos de los próximos dos meses, luego se marchó para siempre al depósito de libros en que trabajaba para cumplirle la cita al destino.

El sol había secado los pocos vestigios de la lluvia de la mañana y el día era caluroso. La caravana presidencial atravesaría el centro hacia el mercado con un Kennedy vestido de traje entero y peinado impecable acompañado de su esposa, que llevaba un vestido rosado ceñido de dos piezas y sombrerito redondo. El Lincon continental negro brillaba bajo el sol plateado que alumbraba la Plaza Dealey. Viajaban a veinte kilómetros por hora y llevaban seis minutos de retraso. El gobernador de Texas, John Connally, iba acompañado de su esposa Nelly, ambos sentados en la mitad del vehículo. Adelante los dos oficiales del Servicio Secreto William R. Creer, y Roy H. Kellerman y atrás el Presidente Kennedy con su esposa Jackie. Las premoniciones lúgubres parecían haberse secado a los rayos del medio día, y Nelly Conally le dijo en broma al Presidente: “Señor Presidente, con certeza no puede decir que Dallas no le quiere”, y soltó una risa discreta.

A las 12:30 del veintidós de noviembre del 63, los tres tiros secos del fusil de cerrojo Mannlicher Carcano de 6.5 milímetros rompieron la tranquilidad de buen paseo en menos de seis segundos. El primero falló y los dos que siguieron impactaron con decisión en la humanidad del presidente, siendo mortífero el tercero, el tiro que terminó de configurar la tragedia de aquel viernes lejano. Lo que vino después todos lo saben y al mismo tiempo nadie lo conoce. Oswald fue capturado el mismo día en una sala de cine y asesinado dos días más tarde por el dueño del Club de striptease Carrusel, mientras era llevado al juzgado. El asesino justificó el asesinato como un acto de solidaridad con la viuda del Presidente. Los vecinos Oswald dirían después que era un hombre de buen corazón, un juguetón con los niños del barrio que tuvo la sin suerte de una infancia traumática.

El drama sucedió hace cincuenta años pero el misterio sigue enquistado en la historia como un mal tumor. No son pocos los que no creen en la versión de un solitario marxista en problemas y con ambiciones desmedidas que decide asesinar al hombre más importante del país en un Estado de extrema derecha, donde era odiado por magnates del petróleo y políticos locales. Otros, expertos en el tiro de larga distancia confesaron el grado de dificultad que suponen los tres disparos certeros en menos de seis segundos que acabaron sin más ni más con la vida del buen demócrata. Era un lector entregado, un encantado de la música Nat King Cole, un héroe de guerra enamorado de las mujeres que dentro de poco cumpliría cuarenta y siete años.

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