La casa de las dos chismosas

Luego de un año sabático que se alargó hasta 20 meses, Tola y Maruja vuelven por fin a escena.

Carlos Mario Gallego, Tola, frente a su nueva casa. A la derecha en uno de los cuartos, junto al teatrino. / Andrés Torres - El Espectador

Los colombianos saben qué tipo de humor hacen Tola y Maruja. Lo que no sabían es qué se habían hecho desde 2012 cuando en su columna dominical de El Espectador, “No nos consta”, anunciaron un año sabático, que alargaron a 20 meses que terminan hoy. Pues, aparte de callejiar y esperar bus bajo sus sombrillas, con sus pañoletas y sus bolsos anticuados, las comadres más divertidas del país se dedicaron a buscar casa propia en Bogotá.

Tienen todo listo para inaugurarla el 1º de noviembre en el barrio “La soledá”, con una decoración irreverente como su humor político, aunque en un vecindario tradicional como ellas. El primer visitante invitado a la Casa Tola y Maruja fue El Espectador. El primer piso está casi listo, un gran espacio en el que habrá un teatrino con capacidad para 90 personas, donde cualquier ciudadano, desde don Juanma, pasando por uribitos, pachitos, hasta ivancepedas, joseodulios, piedás y tirochenkos, podrán ser testigos de variados espectáculos, desde obras de teatro hasta conferencias “magistrales” de humoristas. Echamos pal segundo piso, que será usado como “museo de la caricatura”. La primera exposición está ni pintada: los personajes del Monólogo que el escritor y columnista Antonio Caballero publica en la revista Semana desde hace años. En el mismo “inquilinato” las alegres comadres harán una parodia de la historia nacional llamada “Patriotas: desde Manuelita Sáenz a Virginia Vallejo”.

Quien las ve: encorvaditas, taimadas; a la espera de que el país y sus personajes de fábula den “papaya”. Tola —en la vida real el paisa Carlos Mario Gallego—, la más lengüilarga, la que manda, la que cree saber mucho de todo, va lanzando las últimas noticias y preguntando cosas. Maruja, la interlocutora, más desinformada e ingenua, responde sin desentonar. Ambas, supuestas defensoras del establecimiento y las buenas costumbres, están más felices y más venenosas que nunca porque consiguieron, por fin, dónde meter la cabeza, porque no están en edad de seguir en el asfalto, taconeando de andén en andén, eludiendo bolardos mientras poner a rodar sus chismes.

Completan 22 años esperando un bus que aún no llega y siguen ahí, en ese paradero ficticio —que puede ser representado, también, en radio o en papel—, haciendo lo mismo: ingeniando otra forma de ver la actualidad nacional, de encontrarle el chiste. Burlándose del poder. ¿Dónde andaban? Unos dicen que en las playas de la laguna de Guatavita, otros que en el crucero Monarch que hizo famoso aquella abnegada magistrada. De pronto se levantaron la bata en Miami. Dicen que vuelven ahora porque, a pesar de lo refrescantes que fueron para ellas esas vacaciones que se tomaron desde diciembre de 2011, es el momento preciso para asomar de nuevo sus impertinentes narices: las elecciones de 2014 ya son noticia. No hay mejor momento para el humor, mucho más cuando la cosa política se encuentra en un estado tan volátil como ahora, en una guerra de personalismos y de crisis internas dentro de los partidos más fuertes. Papaya puesta…

Esperan, por ejemplo, que Francisco Santos resulte candidato de su partido, el Centro Democrático, porque, dice Carlos Gallego, esto es fundamental para su oficio: “Que Pachito quede sería mucho mejor... para los humoristas”. Volverá con chistes como este: “El Voltiarepismo es una filosofía que aprendimos de Juan Manuel Santos y yo de ese famoso filósofo: Voltier”.

La píldora del éxito de estas tías es la presunta ingenuidad que las caracteriza en escena. Desde allí exponen el país que tienen metido en sus mentes antioqueñas, conservadoras y tacañas. “El Partido Conservador es un viejito que siempre se monta al bus de la victoria y siempre logra que le den ‘puesto’. Por eso mismo es que la gente las quiere”, dice Gallego. Detrás de cada chisme contado, de cada giro coloquial en las conversaciones, está escondido el sarcasmo, lo que les da para comer, “comiendo del prójimo” desde cuando se conocieron hace ya muchos años. Ese es su estilo de vida.

Lo más particular de esta pareja (que hoy es una franquicia andante) es que empezó hace dos décadas como un relleno humorístico de 15 minutos, como un acto de improvisación que a los ojos de la audiencia resultó ser genial. Al principio eran Sergio Valencia (antes Maruja) y Carlos Gallego imitando en una cafetería a dos señoras paisas que hablaban de las cosas que pasaban en el país. Pero les daban más seriedad a otros proyectos humorísticos.

Su revista Frivolidad sólo había sacado cinco números, cada uno de ellos reportando pérdidas para los bolsillos de ambos. El impulso, sin embargo, dio para que hicieran una parodia llamada “Los 10 más pobres del mundo”, de la revista ficticia Infortune, en contraposición al conteo de ricos que había sacado ese mismo año la publicación estadounidense Fortune.

Para el lanzamiento de un libro de caricaturas de Gallego decidieron personificar esa lista. Pero la escena pedía una hora y cuarto: así que, con lo que tenían, llenaron los últimos minutos con la presentación, improvisada muchas veces en la cafetería de la Universidad de Antioquia, de las dos mujeres mayores. Gustó. De repente esta salida de último minuto se volvió el acto más fuerte entre todos los que tenían planeados.

Algo sencillo: dos señoras, sombrilla en mano, pañoleta en la cabeza y cartera apretada contra el torso, fueron a dar luego al programa regional Recórcholis, el mismo que significó la llegada del famoso Vargasvil a la pantalla chica. Y de allí, como en salto con garrocha, a Sábados Felices, un escenario nacional, dueño en ese entonces de prácticamente toda la audiencia televisiva.

El formato ha sido el mismo siempre. Cuando le hablan a Mico (el seudónimo de Gallego como caricaturista) de por qué no se ve renovación de sus dos personajes, dice que sólo es posible lograrla a través de los temas: la actualidad política, las redes sociales, la cotidianidad de un colombiano yendo a pedir visa a los Estados Unidos. Cosas así. Por ejemplo, cuando armaron el programa de gobierno de la guerrilla: “seguiremos con el secuestro, el boleteo y la coca, que son nuestras tres locomotoras de la prosperidad”. “En cuanto a salud, se intensificarán las campañas de vacunación entre los ricos y para descongestionar los hospitales aplicaremos la eutanasia entre los pobres, gratis”. “Sobre nuestra balanza comercial puedo anticiparles que estamos a un cacho de firmar con el gobierno venezolano un TLC (Tratado con Los Chusmeros) para venderles uranio y ellos nos pagarían con reinas”.

Él, Gallego, el creador, no puede cambiar la esencia que representan estas dos viejas dentro del pensamiento colectivo: “Ellas montan en bus. No las vas a poner de pronto en salas rococó”, dice riéndose.

El formato, en fin, tuvo éxito dentro del complicado mundo del humor político. Para Gallego se trata simplemente de “coger la noticia y torcerle el pescuezo”. —¿Supites Tola que el presidente de Ecuador, Correa del sur, le propuso a Uribe que se sometan al detetor de mentiras?

— Nuu… Álvaro no se le mide a ese aparato… De pronto lo funde.

Hasta encarnan en el expresidente para decir: “hermoso Alvaricoque: Señor, vos que chuzás mis pensamientos sos testigo de mi inocencia…”.

La clave: hablar de un hecho cierto que sale en los medios e interpretarlo de una forma que redunde  en la risa de la audiencia. Para él ese no es un campo fuerte en Colombia, debido a que hay muy poco. Tanto en la prensa escrita como en la radio y mucho más en la televisión. Pese a ser altamente politizada (porque harto se habla en los corrillos de lo que va pasando en este país), la sociedad colombiana, a juicio de Gallego, prefiere otro tipo de humor: el picante. El de relaciones de pareja y de burla de la cotidianidad, que tanto éxito ha tenido en los escenarios nacionales. Incluso, rajando de ellas mismas:

—Tola, ¿vites que en Medellín a una mujer le robaron el pelo, la trenza?

— Figurate, parece que fueron unos traficantes de fauna: vendedores de piojos… Yo por eso nunca me quito la pañueleta.

— Pero Maruja, a vos quién te va a querer robar esas greñas… Tal vez algún fabricante de mechas pa globo.

En eso les ayudan personajes secundarios que ya andan rondando la casa: sus amados Ananías y Perucho; Cindy Rosalba, la que hizo el año rural en Puerto Asís y quiere salir viringa en Sojo porque estudió modelaje en la Academia de Madán Rochy; y nietos como Chayán Darío o Kevin Alcides, el de Maryuri.

Con tanto colado local y tanto lagarto nacional, de pronto ofrecen “viudo de pescao al mercurio…” o una marranada, como la que hicieron una vez aquí en Bogotá: 

—Cerramos la carrera 30, y matamos el berriondo marrano y en esas llegó la policía y…

— Tola, esa historia ya me la has contao: que la Fiscalía le hizo levantamiento al marrano y se lo llevaron pa la morgue.

Tola se despide y le pone tranca a la puerta mientras repasa sus “letanías” y termina de arreglar todo para volver a la escena el próximo viernes 1º de noviembre, con licencia para reírse hasta de los difuntos.

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