Cátedra: Habilidades para la vida

Daniel Rivero, fundador del grupo educativo Monterrosales habla sobre las lecciones en el ámbito educativo que deja esta pandemia. La tecnología y la labor de los docentes, dos grandes ganadores.

Este confinamiento ha permitido el reconocimiento al valor de la tecnología y su aporte al mundo y al bienestar. Cortesía

A propósito de la coyuntura educativa generada por la pandemia del coronavirus vale la pena detenerse a analizar la relevancia de aspectos innovadores en los modelos académicos. Varias semanas después de un cambio abrupto en las rutinas escolares podemos confirmar que resulta indispensable fortalecer diversos aspectos de la formación pedagógica en primaria y secundaria y que por fortuna habíamos venido implementando desde hace más de tres años.

Se dice como frase de cajón que la única constante es el cambio, pero una cuestión es la teoría y otra bien distinta es vernos enfrentados a cambiar los esquemas de trabajo en casa y en el colegio sin previo aviso, como forma de batallar contra un enemigo invisible que genera ansiedad y estrés debido a que puede ser mortal.

Estas situaciones extremas permiten destacar la importancia de modelos educativos flexibles en los cuales se valora la diferencia de los estudiantes. Analizando los efectos del coronavirus en nuestra labor diaria de docencia, comprobamos una vez más que innovar en materia educativa tiene beneficios, no solo para el estudiante, sino para profesores y los núcleos familiares.

Se pueden adaptar todas las materias a la modalidad virtual, no obstante, se hace evidente la necesidad de robustecer la cátedra de habilidades para la vida, la cual implica el fortalecimiento de habilidades para reinventarnos cuando la situación lo amerita y disminuir la tolerancia a la frustración o el abandono de las tareas cuando las consideramos inalcanzables.

El concepto de profesor hermano que apoya la formación socioemocional en la singularidad de cada estudiante es una práctica muy interesante que permite el acompañamiento permanente basándonos en las fortalezas de los estudiantes y no en intentar de manera permanente en corregir lo que en otros ámbitos se estigmatiza como debilidad de un alumno. La transición de la modalidad presencial a la virtual lo confirma.

Centrarnos en la inteligencia socio emocional de los estudiantes, promover su autoconfianza y habilidad para innovar resulta fundamental para fomentar el espíritu de adaptación al cambio, en una coyuntura como esta en la cual no tuvimos manera de prepararnos con anticipación.  Los estudiantes requieren desarrollar habilidades de autogestión, aprender a manejar de manera eficiente el tiempo, trabajar con su mente de manera abierta y creativa.

No me cabe la menor duda que hay dos ganadores con este confinamiento. De una parte, el reconocimiento al valor de la tecnologia y su aporte al mundo y al bienestar y, de otra parte, el respeto por la transcendental labor de un docente, que muchas veces no es suficientemente valorada por los padres, ni por los propios estudiantes.

El profesor es un formador al que es necesario estimular, reconocer y actualizar frente a los desafíos de un mundo que cambió desde el 31 de diciembre cuando se declaró el primer caso de COVID-19 en China. El resto ya es parte de nuestra historia cotidiana que se ha visto obligada a reinventarse, a sintetizar los procesos educativos, sin simplificarlos y comprender que el modelo pedagógico es interdisciplinario y tiene mucho más de una forma de hacerlo bien.

En el modo flexible, así debemos trabajar hoy y siempre, sin perder el norte de los valores y las habilidades personales que estamos en obligación de promover en nuestras instituciones de enseñanza básica primaria y secundaria, con el fin de construir un mundo mejor donde prime el bien común y aprendamos a gestionar el autocuidado intelectual, físico y emocional.

*Fundador del grupo educativo Monterrosales.

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Daniel Rivero*

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