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Colombia ya produjo una vacuna de alta calidad el siglo pasado

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La importación de vacunas era costosa y demorada. Además, había muchas dificultades para el abastecimiento y la conservación en los climas del país. Por eso era importante hacer esfuerzos para producir la vacuna localmente

La viruela llegó a lo que hoy es Colombia en 1558. Azotó al país por 406 años con epidemias periódicas cada veinte años, algunas con duración de tres años. La esperanza de una vacuna alentaba las expectativas de la población desde el descubrimiento de Edward Jenner en Inglaterra, durante 1796, pero era un asunto complejo: no era una tecnología completamente acabada, sino una promesa.

La importación de vacunas era costosa y demorada. Además, había muchas dificultades para el abastecimiento y la conservación en los climas del país. Por eso era importante hacer esfuerzos para producir la vacuna localmente, pero no se contaba con los laboratorios, el presupuesto ni personal idóneo para desarrollar dicho proceso.

En 1897 Jorge Lleras Parra soñaba con fabricar la vacuna contra la viruela. Aprendió mucho sobre el virus gracias a las enseñanzas de su maestro Claude Vericel. Cuando la Junta Central de Higiene lo nombró director del Parque de Vacunación, encontró la oportunidad que esperaba; el joven director —graduado en 1896 en la Escuela Veterinaria adscrita a la Facultad de Medicina y Ciencias Naturales— comprendió el momento político y sanitario, también su responsabilidad histórica, al iniciar la producción de la vacuna contra la viruela de los humanos, empleando modelos animales. La Junta Central de Higiene había hecho una apuesta estratégica: implementar un proyecto con cobertura nacional apoyado en un único laboratorio central.

Asumió el reto, comenzó su labor de investigador con escasos recursos presupuestales e infraestructurales que afinaron su espíritu autodidacta; era el ambiente ideal para forzar la innovación y la creatividad. Inició la producción continua y suficiente de vacuna contra la viruela mediante la inoculación de terneras, eliminando así la vacunación brazo a brazo. Habló y escribió poco, pero trabajó mucho.

Lleras Parra diseñó su propio instrumental y algunos equipos: escarificadores, curetas, molinos eléctricos para las pulpas vacunales y máquinas neumáticas para el llenado de los recipientes de la vacuna en condiciones de esterilidad. La rigurosidad e innovación caracterizaron su trabajo para lograr una vacuna de alta calidad bacteriológica, proceso en el que tuvo que adaptar los escasos recursos locales mediante originales protocolos para la obtención de la vacuna en glicerina y la pulverizada, diseñada para solucionar el problema de los climas cálidos y los viajes largos, manteniendo su viabilidad a 35 grados de temperatura por 45 días; por esos tiempos no se disponía de cadenas de frío.

Siempre sostuvo que su vacuna estaba preparada con virus horsepox y no cowpox, y los historiadores de la medicina y los virólogos moleculares lo confirmaron a comienzos del presente año, al analizar la vacuna colombiana de 1920.

Por la calidad de sus invenciones y los aportes al conocimiento y a los avances en la obtención de una vacuna de calidad superior, que contribuyó a la erradicación de la enfermedad en el país en 1962, Jorge Lleras Parra se convirtió en uno de los científicos colombianos más importantes para la salud pública del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.

*Ph. D. Profesor de la Universidad de La Salle, investigador emérito y miembro de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina.

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