¿Cómo se imagina a los aeropuertos después de esto?

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El Espectador, en alianza con el Aeropuerto Internacional El Dorado, publica hoy la columna del antropólogo Wilder Guerra, bajo el lema ¿Cómo se imagina el aeropuerto después de esto?

La humanidad navega en aguas agitadas por la dificultad y la incertidumbre. Antes de recuperar el contacto social nos preguntamos ¿qué cambios se reflejarán afuera? De forma inevitable nos sentimos como el personaje de Borges que se encuentra en un puerto marítimo del mundo antiguo y en el ineludible desasosiego que siente antes de abordar una nave nos describe las milenarias y aleatorias reglas que rigen la lotería en Babilonia ciudad, que, según él, “no es otra cosa que un infinito juego de azares”.

Ese desasosiego del personaje nos recuerda que, pese a lo reciente de la aviación y la edificación de los espacios conexos con esa actividad, los aeródromos son eso: puertos, que al igual que los marítimos a lo largo del tiempo han servido para transportar artefactos, ideas, personas y con ellas las epidemias. En las normas que regulan sus espacios y flujos han quedado las marcas notorias de eventos de impacto universal y de las transformaciones económicas y culturales, aunque los riesgos de esos hechos ocurridos en el pasado no ocupen hoy el primer lugar en la agenda de las amenazas. Basta evocar las restricciones y procedimientos adicionales que se incorporaron después de los atentados del once de septiembre. La revisión exhaustiva de nuestros equipajes y cuerpos a través de máquinas de detección o el simple hecho de tener que despojarnos de abrigos, cinturones y zapatos en presencia de otros nos recuerda la embarazosa persistencia de un temor invencible.

Una pregunta inevitable es ¿cuándo podremos afirmar que estamos en un después del COVID-19? Presionados por las dramáticas cifras de los indicadores económicos y el estado financiero de las aerolíneas, agencias de viaje y hoteles, los gobiernos se disponen a levantar las restricciones para su apertura, de tal manera que, sin duda, volaremos antes de que el mundo disponga de una vacuna o un tratamiento universalmente aprobado para combatir el coronavirus. Muchos sueñan con una vuelta súbita a la “normalidad”, cualquier cosa que ello signifique, pero hay un relativo consenso en que saldremos a una “normalidad” diferente. Viajaremos inicialmente con preferencia a lugares más cercanos a nuestra geografía, a nuestra memoria y a nuestros afectos.

Ese momento marcará un contraste con las medidas de seguridad de la década pasada en donde se buscaba proteger a los aeropuertos, pasajeros y aeronaves de un riesgo proveniente del exterior. Hoy, el riesgo puede estar dentro de los aeropuertos pues tanto ellos, como otros espacios de transporte público, serán considerados como áreas de alto riesgo. Esto llevará a que un segmento de los viajeros, como personas mayores o con comorbilidades, sea muy prudente y posponga sus viajes para tiempos más seguros. Las videoconferencias serán una opción más familiar y económica para muchas empresas que reducirán sus viajes de negocios durante un tiempo aún indeterminado. Esta crisis, sin embargo, generará oportunidades y no se debe subestimar las capacidades del sector. Este tiene el reto de aprovechar la tecnología, repensar el proceso de viaje, descentralizarlo, para agilizar sus servicios y reducir el tiempo de estadía en los aeropuertos con el fin de minimizar la posibilidad de contagio. El riesgo de esto es, como ya ha ocurrido, el de emplear medidas invasivas de control sanitario y utilizar la pandemia para una limitación de la libertad de los ciudadanos

Los aeropuertos fueron percibidos inicialmente como espacios sociofugos que tendían a mantener a las personas apartadas unas de otras o como no lugares. Sin embargo, gradualmente se transformaron y dieron albergue a otros negocios como librerías, restaurantes y cafés que de alguna manera los hicieron más sensibles a la interacción social. Es probable que al reabrir operaciones el ingreso solo se permita a los viajeros. Dado que habrá también distanciamiento obligatorio ¿cómo evitar que se vuelva a la percepción inicial?

Ello no será necesariamente una pérdida. Vivimos una desaceleración transitoria del ritmo de muchas actividades humanas y del flujo incesante de imágenes a las que estábamos acostumbrados. Quizás nuestra breve estadía en los aeropuertos nos permita sentir el aroma del tiempo como lo ha propuesto el filósofo coreano Byung Chul Han para quien los días dividen el tiempo, le dan ritmo y, en consecuencia, funcionan como los fragmentos de un relato que tiene un sentido. Él considera que debemos cerrar los ojos, detenernos para contemplar el mundo y esto permitirá que la imagen de este nos hable en el silencio.

*Consultor. Columnista de El Heraldo. Doctor, Magister en antropología y antropólogo de la Universidad de los Andes.

Contenido desarrollado en alianza con el aeropuerto El Dorado

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