Opinión

Coronavirus y resignación: Pensamientos desde casa, día 1

Primero de una serie de textos para invitar a los lectores de El Espectador a explorar significados de las meditaciones diarias que deja la cuarentena nacional.

Facsímil del primer cuento publicado por Gabriel García Márquez en El Espectador, en septiembre de 1947. / Archivo

Admitir, ojalá con sana impotencia, situaciones imprevisibles y hasta inimaginables pueden hacer más fuerte al ser humano. Pienso en ello luego de leer “El periodismo sitiado”, uno de los textos clásicos que nos dejó don Guillermo Cano Isaza, el director del diario El Espectador asesinado en 1986 por la mafia del narcotráfico, tal vez el peor virus social de la historia de Colombia. (Le puede interesar: Cartas secretas entre Gabo y Guillermo Cano).

En ese artículo publicado el 30 de mayo de 1958, e incluido en el libro Tinta indeleble (sello editorial Aguilar), dejó constancia de su experiencia frente a la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, una de las peores épocas de censura junto a la impuesta por el narcoterrorismo de los años 80. Se preguntó por qué la historia de nuestro país ha estado marcada por los estados de excepción y concluyó: “Si como a ciudadano me ha correspondido, por mandato de la edad, pertenecer a la generación llamada del estado de sitio, como periodista me ha tocado formar en las filas de la generación del periodismo sitiado”. Y en el oficio diario de informar y opinar durante esos trances, no supo qué admiró más, “si la consagración y el valor de los periodistas o la fidelidad y resignación de los lectores. Los primeros no abandonaron un solo día su misión de decir la verdad, o por lo menos de intentar decirla. Y los segundos no dejaron ni a la mañana ni a la tarde de demostrar su solidaridad con la prensa, adquiriéndola a sabiendas de que era nada o casi nada lo que podría decirles”.

Una realidad similar es la que enfrentamos hoy ante la pandemia del coronavirus, nosotros como informadores, ustedes como receptores. Resignación compartida, porque como reporteros quisiéramos estar más en la calle, siendo testigos y comunicadores plenos, no maniatados por las recomendaciones de salud individual y colectiva propias de un histórico estado de cuarentena nacional. Para los periodistas de El Espectador es un estado de resignación, porque aunque este miércoles 25 de marzo fue el primer día de encierro a causa del Covid-19, ya llevábamos ocho días en ese plan, trabajando desde la casa, haciendo el máximo esfuerzo para informar sin violar las normas empezando por el sentido común.

Oportunidad para pensar sin dramatismos: No es la “desesperación sin fondo” que soporta Primo Levi en el campo de concentración nazi que describe en Si esto es un hombre, pero sí puede ser la “resignación consciente” en la que el escritor italiano se basó para armar la novela y aportar, sin saberlo, una obra de arte, de memoria colectiva.

Referencias inspiradoras para asumir una situación extrema en el sentido más positivo y creativo posibles. Ya lo dijo en su reciente columna de El Espectador William Ospina: “Esta sociedad ultrainformada y ultraglobalizada nos está brindando esa experiencia nueva de compartir la curiosidad, el miedo y la fragilidad de toda la humanidad… Dicen que lo que no nos destruye nos hace más fuertes. Esa inminencia del desastre pone también un toque de magia aciaga en lo que parecía controlado, un sabor de alucinación en los días, suelta una ráfaga de locura sobre todo lo establecido, un destello de Dios en la prosa del mundo”.

Si queremos interpretar bien el mensaje y aprender de él, en un país de resignaciones históricas ahora podemos redefinir el término y superar su significado. Recordemos que fue una de las palabras a las que Gabriel García Márquez le buscó más sentidos desde su primer cuento, "La tercera resignación" -historia metafísica en el límite entre la vida y la muerte publicada en El Espectador en 1947-, hasta su emblemática novela Cien años de soledad, donde sus personajes luchan para no dejarse vencer por la “postrada resignación”, sabiendo que lo peor que le puede pasar a un ser humano es morirse de ese virus.

@NelsonFredyPadi / npadilla @elespectador.com

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Nelson Fredy Padilla

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