Dos cartas por jugar contra la guerrilla

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Quebrar el control que todavía mantienen las Farc sobre ciertas comunidades rurales y consolidar una política de seguridad fronteriza.

La muerte del máximo líder de las Farc, Alfonso Cano, representa un enorme éxito de la política de seguridad del presidente Santos. Para entender su significación, es necesario poner en contexto esta operación que ha decapitado la cúpula de la guerrilla. En realidad, se trata de la última baja de un miembro del Secretariado de las Farc después de que en los pasados años fuesen abatidos Raúl Reyes, Iván Ríos y Mono Jojoy.

De este modo, la Fuerza Pública confirma que puede alcanzar cualquier blanco dentro del territorio nacional, por remoto que sea su escondite. Se trata de una capacidad que comenzó a ser construida por la administración Uribe y ha sido definitivamente perfeccionada bajo el presente gobierno. Un esfuerzo integrado de inteligencia humana y técnica ubica el blanco, que posteriormente es neutralizado por una combinación de bombardeos de precisión y operaciones de fuerzas especiales. El sistema ha demostrado tener una efectividad demoledora para neutralizar el liderazgo de guerrillas y bandas criminales.

Desde luego, la muerte de Cano crea una oportunidad operacional para las Fuerza Militares. Inevitablemente, el vacío dejado por el líder de las Farc paralizará por algún tiempo la estructura de mando y control de la organización. Como consecuencia, los frentes guerrilleros permanecerán aislados y sin órdenes. Bajo tales circunstancias, si las Fuerzas Militares están en condiciones de escalar la presión, introduciendo más unidades en la región e intensificando su ritmo operacional, podrían provocar una ruptura estratégica y el colapso de algunas estructuras del grupo armado. En este sentido, si los próximos días presentan un incremento sustancial en las bajas, capturas y desmovilizaciones de miembros de las Farc, se podría afirmar que la muerte de Cano no solamente supone un duro golpe a la cabeza del grupo terrorista, sino que además ha debilitado de forma radical la presencia guerrillera en el corredor del Pacífico.

En cualquier caso, esta ventana de oportunidad para explotar el éxito que supone la muerte del líder de las Farc no va a durar mucho. Con toda seguridad, la cúpula de la organización era plenamente consciente de las elevadas probabilidades de que su jefe fuese dado de baja y en consecuencia ya tiene prevista la línea de sucesión. Entre los miembros del Secretariado mejor situados para reemplazar a Cano, está Timoleón Jiménez, Timochenko, cuya imagen saltó a la fama por ser el responsable de anunciar públicamente la muerte del fundador del grupo, Pedro Antonio Marín, Tirofijo, en el año 2008. Ciertamente, tampoco se puede descartar que Iván Márquez reemplace al caído. Sin embargo, dicha posibilidad choca con el pobre historial militar de un cabecilla que lidera un bloque como el Caribe, con una capacidad armada muy mermada.

Pese a lo que algunos optimistas han corrido a anunciar, es poco probable que la muerte de Cano abra la puerta a un proceso de negociación en el corto plazo. Por un lado, Timochenko es ampliamente conocido por sus posiciones radicales y no parece que vaya a dar un paso que equivaldría a reconocer que la organización no ha podido superar la muerte de su líder. Por otra parte, la aureola de flexibilidad que algunos observadores atribuyen a Márquez está por demostrarse. Pero incluso si dicho talante fuese cierto, parece extremadamente difícil que un líder con una escasa reputación militar entre los combatientes rasos tenga la capacidad para forzar una ruptura política dentro de la organización, cambiar sus principios fundacionales y conducirle a la mesa de conversaciones.

Así las cosas, lo que parece seguro es que la muerte de Cano conducirá a un cambio en el comportamiento estratégico de las Farc. Ahora, los líderes de la organización saben más allá de cualquier duda que operar desde el interior del territorio colombiano equivale a enfrentar la captura o la muerte en un plazo más o menos largo. En consecuencia, probablemente optarán por permanecer en los países vecinos, donde están a salvo de las acciones de Fuerza Pública colombiana. Desde allí, a cambio de un escaso riesgo personal, tratarán de mantener su campaña terrorista dentro del país. Para ello, buscarán apoyarse en las redes de milicias que operan ocultas entre la población en regiones como la Macarena, el Cauca, Arauca o Catatumbo. Estas estructuras clandestinas serán las responsables de continuar reclutando, adoctrinando y empujando a la violencia a centenares de jóvenes para mantener activa una guerra que la organización ya ha perdido hace tiempo.

Este intento de la cúpula guerrillera de “teledirigir” la guerra desde el exterior no está exento de riesgos y dificultades. Para empezar, los cabecillas de las Farc perderán toda credibilidad entre sus militantes en la medida en que permanecen en el exterior mientras son otros los que toman los riesgos frente a un aparato militar y policial crecientemente efectivo. Por otra parte, la falta de líderes guerrilleros en el país hará cada vez más difícil para el Secretariado mantener el control de sus estructuras armadas. Bajo tales circunstancias, se incrementará la posibilidad de que se produzcan disensiones o incluso rendiciones masivas entre los guerrilleros que permanezcan en territorio colombiano. Sin embargo, pese a todos los problemas señalados, resulta indiscutible que el aprovechamiento de las fronteras puede permitir a las Farc prolongar sustancialmente la guerra.

Frente a tal perspectiva, el Estado colombiano tiene dos cartas que jugar para cerrar definitivamente el margen de maniobra de una organización terrorista que agoniza. Por un lado, una estrategia destinada a quebrar el sutil control que todavía mantienen las Farc sobre ciertas comunidades rurales de las que extraen nuevos reclutas y entre las que ocultan a sus milicianos. Por otra parte, una sólida política de seguridad fronteriza que incremente los riesgos de los terroristas basados en el exterior que busquen penetrar en el territorio nacional para realizar acciones armadas. Un esfuerzo sostenido en estas dos líneas de acción puede conducir a la definitiva derrota de la guerrilla.

Entretanto, el golpe asestado a las Farc con la baja de su máximo líder debería ser evaluado de forma equilibrada. Sin duda, representa un éxito decisivo que debe devolver a los observadores más escépticos y la sociedad en su conjunto la confianza en que el terror puede ser derrotado. Pero, al mismo tiempo, es importante evitar caer en el triunfalismo de anunciar el final de la guerrilla. La ruta hacia una Colombia en paz está trazada y el paso dado con la muerte de Cano es importante, pero el camino todavía puede ser largo.

* Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y consultor en temas de seguridad. Twitter: @roman_d_ortiz

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