El derecho a ser nadie

Entre la vigilancia de los estados y la audacia del mercadeo, el anonimato pasó a ser un derecho en vía de extinción.

/ Heidy Amaya
/ Heidy Amaya

Hubo una época en la que los 15 minutos de fama eran deseables, un propósito de vida incluso. Cuestionable tal vez, pero ahí estaba: en un mundo de desconocidos, muchos buscaron ser conocidos. El anonimato era por esos días una especie de enfermedad, una situación lamentable que estaba en contravía de cualquier aspiración social. Eso de ser como todos, claro, no permitía ser alguien.

En ese mundo, los canales eran pocos. La distribución del contenido, la circulación de la vida mediática, el estrellato y la posibilidad de ser un Nombre (así, con mayúsculas) era un tema en manos de algunos con el dinero suficiente para comprar antenas y cámaras y construir oficinas y así cruzar el vasto umbral entre el olvido y la recordación.

Por esos días algunas cosas eran diferentes. Los países se iban a la guerra y algunos hombres no envejecían tanto y morían lejos de los suyos. Y el campo ardía de tanto en tanto con el furor de la política y la guerra civil era quizá la mejor salida histórica para saldar los desacuerdos entre un color y el otro.

Pero a todo esto se le comenzó a llamar barbarie y la humanidad se pensó más alta y noble. Y se promulgaron discursos, se firmaron tratados y la palabra comenzó a ser escrita con mayúsculas. Humanidad, un experimento que comenzó a reinventarse a través del bienestar de las cosas, una idea no del todo novedosa, pero que puesta en marcha en una escala desconocida dio comienzo a una era del más. “Más: grado comparativo de demasiado”, escribió Ambrose Bierce.

En algún punto del camino, mientras el mundo jugaba al holocausto nuclear, el silicio y la ley de Moore hicieron lo propio y comenzaron a demoler el costo y el tamaño, dos variables de cierto carácter monopólico, y así los canales dejaron de ser propiedad de unos pocos y todos comenzamos a pasar los días conectados al Cable (también con mayúsculas, por supuesto).

La fama y la riqueza rápida dejaron de ser un terreno exclusivo de las loterías para comenzar a ser posibilidad, distante quizá, pero verosímil al menos. Y en el camino, todos se convirtieron en estrellas para una audiencia global.

El anonimato pasó de ser una enfermedad social a una especie en vía de extinción, un bien que se entrega dócilmente al ordenar un domicilio por teléfono, adquirir un celular, abrir un perfil en Facebook. A veces ni siquiera requiere una acción. Un derecho que se pierde pasivamente. El poder de la base de datos es contarle a las corporaciones quién es cada uno. Decirles su sexo, sus inclinaciones políticas, su comportamiento financiero y si quisiera aceptar un crédito de un banco con el que jamás ha tenido relaciones, pero que igual posee su nombre, número de teléfono y su número de identificación.

Pasa en los mejores lugares, propiedad de la gente de bien. Pasa en el sitio web de The Wall Street Journal, que envía la dirección electrónica de sus usuarios, sin su conocimiento, a siete compañías diferentes para fines de mercadeo. Lo mismo sucede con la versión web de la cadena NBC. Cuando las personas se registran en el portal de Reuters, la empresa comparte el email de éstas con cinco compañías; los datos son de la Universidad de Stanford.

En otros lugares, sitios de citas en línea principalmente, la información que es compartida es aún mayor y suele incluir datos relacionados con el nivel de educación, la localización, cantidad de ingresos, etnicidad, código postal. Un dato preocupante porque, sólo en Estados Unidos, una de cada ocho parejas que se casan se conocieron en línea.

El anonimato puede ser un asunto de vida o muerte, el escudo que protege la disidencia en una sociedad intolerante, la última salvaguarda ante el peso de la mayoría. Una sociedad en la que activistas de comunidades minoritarias (LGBTI, por ejemplo) son rutinariamente acosados o en la que la oposición política del gobierno es espiada. Anonimato y libertad de expresión son dos asuntos que, bajo cierta presión, van de la mano.

Un bien preciado no sólo en los escenarios clásicos de la represión: Irán, Corea del Norte, China incluso (por sólo nombrar algunos). Algunas denuncias señalan que el gobierno australiano ha adelantado conversaciones secretas con las empresas que proveen internet para obligarlas a retener los datos de navegación de sus usuarios durante años. En Corea del Sur, las autoridades han estado trabajando desde 2003 en el desarrollo de un sistema que permita identificar a blogueros y usuarios de redes sociales por su nombre real. Arabia Saudita pretende implantar una suerte de licencia oficial para aquellos que quieran montar un blog. Un cable de Wikileaks reveló que el gobierno paraguayo buscó la colaboración de Estados Unidos para mejorar sus técnicas de interceptación de comunicaciones.

El interés de los poderes por el quehacer en línea de los ciudadanos ha permitido que la red sea hoy un territorio ampliamente controlado. Te veo, sé quién eres y qué haces. Tan sólo en el segundo semestre del año pasado, Google y Twitter registraron más de 22 mil pedidos oficiales para revelar información de sus usuarios. Un experimento de la Universidad de Cambridge y Microsoft logró identificar con un 88% de exactitud cuándo una persona es homosexual, analizando su información de Facebook, incluso cuando el usuario no ha hecho pública su orientación sexual; la red social tiene hoy más de mil millones de usuarios activos. ¿Qué pasa cuando estos datos son revelados en un país en donde este hecho está tipificado como delito?