El hogar ¿una tarea femenina?

La socióloga Eleonor Faur acaba de lanzar un libro con el que pretende sensibilizar el trabajo que realizan las mujeres al interior del hogar.

Eleonor Faur. /Cortesía

Eleonor Faur, de origen argentino, tiene una estrecha relación con Colombia. Durante cuatro años fue coordinadora del área de derechos de las mujeres de las oficinas de UNICEF en Colombia (1995-1999), donde estudió el comportamiento de la estructura familiar en el país. Su cercanía a este proceso, sumado especialmente a sus experiencias e investigaciones en Argentina, hizo que se interesara por el cuidado y la protección infantil.

 En entrevista con El Espectador, habló de su último libro ‘El cuidado infantil en el siglo XXI, mujeres malabaristas en una sociedad desigual', publicado por Siglo XXI editores.

¿Qué abarca su estudio?

Mi investigación analiza el contexto argentino contemporáneo. Abordé la temática del cuidado infantil, comprendiéndolo como una actividad vital para el bienestar humano y también como parte esencial de una organización social y política en la que intervienen no sólo personas y familias, sino también instituciones públicas y privadas como el Estado, el mercado, y la comunidad. Desde esta perspectiva, me interesó analizar la interacción entre las formas en que las familias resuelven el cuidado de sus niños y niñas y los recursos de los que disponen.

 ¿Por qué se interesó por el cuidado?

Considero que el ‘cuidado’ es una categoría por demás interesante para dar cuenta del estado de la cultura, de la sociedad y de las formas en que se valora, o no, la promoción de derechos universales en un contexto determinado.

¿Qué tanto se continúa subvalorando el trabajo de las mujeres en el hogar?

La provisión de cuidados muestra una fuerte desigualdad de género. Dentro y fuera del hogar, se inscribe como una práctica con una desproporcionada participación femenina, cualquiera sea su edad, su posición en el hogar, su nivel educativo y su condición de actividad. Cuando se trata de cuidado infantil, se introduce, además, un fuerte sesgo maternalista, que presupone a la madre como “la cuidadora ideal”. Esta noción no sólo es infundada desde el punto de vista empírico, sino que también, es insostenible. El problema de fondo es que esta asignación de responsabilidades domésticas persiste aun cuando la matriz societal se ha transformado profundamente.

El cambio, en realidad no fue sustancial…

Las familias cambiaron, las mujeres ingresaron masivamente al mercado de trabajo, se ampliaron derechos en distintos ámbitos y, sin embargo, la división de responsabilidades domésticas y de cuidado entre géneros no muestra transformaciones de similar magnitud. Este escenario invita a desandar estereotipos arraigados, como la concepción de las mujeres y, en especial, de las madres, no como sujetos de derechos sino como instrumentos, o recursos de tiempos elásticos y disponibles para el bienestar de la infancia de forma incondicional.

Entonces aún hoy con parejas que se forman profesionalmente, ¿sigue siendo la mujer la que cuida los niños la mayor parte del tiempo?

Así lo indican las encuestas de uso del tiempo que se realizaron en distintos países, entre ellos Colombia. La encuesta recientemente publicada en Argentina logró cuantificar las disparidades en la participación de hombres y mujeres en el trabajo doméstico no remunerado, así como también la diferencia en cantidad de horas promedio asignadas por unos y otras a este tipo de actividades. Allí se observa que nueve de cada diez mujeres participan en tareas domésticas no remuneradas, destinando un promedio de 6,4 horas diarias. En el caso de los hombres, la participación no alcanza al 60% de éstos y el tiempo dedicado es, en promedio, de 3,4 horas por día. Los datos son contundentes. A pesar de las transformaciones atravesadas en las familias y en el mundo del trabajo y de la actividad política, las mujeres continúan siendo las principales responsables de las tareas de cuidado familiar y de las tareas domésticas, cualquiera sea su edad, su posición en el hogar, o su nivel educativo. Las brechas en el reparto de tareas domésticas y de cuidado sobrevivieron al resto de las transformaciones sociales.

¿Y esto sucede en todas las clases sociales?

Las investigaciones cualitativas complementan los datos de las encuestas, permitiéndonos dar cuenta de que esta situación presenta, además, notables diferencias según clase social. Mientras los sectores medios y altos logran trasladar una parte de estas responsabilidades al mercado, contratando empleadas domésticas o servicios educativos y de cuidado, para los hogares más pobres esta opción es mucho más remota, y dependen en su mayor parte de los servicios públicos o de las redes familiares y comunitarias. Este hecho tiende a profundizar las brechas no sólo de género, sino también sociales.

¿Qué papel juega entonces la masculinidad en el escenario del cuidado de los hijos hoy?

Es más frecuente ver a padres paseando con sus hijos, jugando con ellos o buscándolos en la escuela. Se trata de indicios favorables, aunque todavía no llegan a reflejar un reparto igualitario ni en los tiempos de dedicación, ni tampoco a la hora de cambiar pañales, lavar la ropa de los chicos o preparar sus alimentos, entre otras tareas, aunque siempre podremos encontrar excepciones frente a este patrón extendido.

Por otra parte, en las entrevistas realizadas como parte de mi investigación, encontré hombres, en particular entre los sectores populares, que todavía piden a sus compañeras que no trabajen, suponiendo que es mejor si se quedan atendiendo a los chicos. Otros, en cambio, naturalizan el trabajo de las mujeres, aunque muchos agregan: “siempre que ellas no descuiden sus responsabilidades familiares”, subrayando así que la responsabilidad de los hijos se delimita, para ellos, como una tarea femenina.

¿Qué tanto juega el factor económico y racional en esta dinámica?

Hay una diferencia en la forma en la que se concibe la posibilidad de compatibilizar el trabajo remunerado y el de cuidado en distintos sectores sociales. En los sectores medios y de mayor poder adquisitivo, la fisura del modelo de varón que provee los recursos y la mujer ama de casa es mayor porque las oportunidades de inserción en el modelo de trabajo para las mujeres educadas es mucho más favorable. Además, al contar con mejores niveles de ingresos, se puede desfamilizarizar el cuidado de una manera más efectiva, pagando por el servicio.

¿En qué sectores sociales es más visible el maternalismo?

R: En los sectores populares, está en diálogo con la dificultad de esas mujeres de contar con un empleo formal, con ingresos adecuados y servicios que permitan que los niños tengan cuidado gratuito fuera del hogar. El costo de oportunidad de permanecer en el mercado de trabajo no siempre compensa la mercantilización del cuidado en estos sectores.

¿Y qué sucede en la clase media?

Es necesario dejar atrás el sesgo de clase que se observa cuando, por un lado, se enaltece la imagen de la súper mujer de clase media que puede trabajar, cuidar a los chicos, tener una familia, como si fuera fruto de su propio esfuerzo y no de una cadena de condiciones que la sustentan, y, como contrapunto, se redifica una visión maternalista de las mujeres pobres.

¿Las madres confían en los jardines infantiles o prefieren cuidar a los niños en su casa?

Hay distintas perspectivas al respecto. Buena parte de las entrevistadas opina que el jardín de infantes es el mejor lugar para dejar a los niños mientras dure la jornada laboral, valoran el hecho de que los niños aprenden, además de ser atendidos por profesionales. Es así que en ciertas jurisdicciones, como la ciudad de Buenos Aires, la demanda de jardines gratuitos y de doble jornada excede su oferta, sobre todo para aquellos niños menores de 3 años. Por otra parte, hay mujeres que temen dejar a los chicos en un jardín mientras no puedan hablar. El temor se asocia, principalmente, a la posibilidad de que los niños puedan padecer algún tipo de abuso o maltrato por parte de sus docentes, incluso en colegios religiosos. La visibilidad que se otorgó a este tipo de situaciones resulta crucial para entender estos temores. Y pone al descubierto la pregunta sobre cuáles son los controles necesarios en este tipo de instituciones.

¿Por qué es importante el cuidado de los niños desde temprana edad?

El cuidado es vital para el bienestar, para la salud, para la construcción de subjetividades y, en general, para el desarrollo humano desde la primera infancia. No sólo para los niños, también para las personas mayores, y para quienes están enfermos. Nadie puede sobrevivir sin ser cuidado. El lazo social se construye a partir de vínculos de cuidado.

¿El cuidado de los hijos y el éxito profesional van en direcciones opuestas en una sociedad de consumo y flexibilización del trabajo como en la que vivimos hoy?

Un tema central es hacer visible que, aunque las familias han sido históricamente las principales responsables del cuidado, no son las únicas instituciones que proveen o pueden proveer cuidados. Entender al cuidado como un elemento central del bienestar humano nos permitiría superar la falsa dicotomía entre el desarrollo profesional y el cuidado, sobre todo, cuando pensamos en la situación de las mujeres.